¿Qué está pasando?
El nuevo rey Darío reorganiza el sistema político de Babilonia en 120 provincias, con planes de poner a Daniel como primer ministro sobre ellas (Daniel 6:1, 3). Pero algunos de los otros gobernantes sienten envidia de la influencia de Daniel en el nuevo gobierno y conspiran para derribarlo (Daniel 6:4-5).
No tienen motivos para acusar a Daniel, así que le tienden una trampa. Apelando a la vanidad de Darío, le dicen que todos sus políticos han acordado por unanimidad una nueva ley (Daniel 6:6). Durante 30 días, el reino deberá orar solamente en el nombre de Darío (Daniel 6:7a). Darío será el único mediador entre los dioses y su pueblo. Y si alguien no obedece, pasará por un “juicio por leones” (Daniel 6:7b). Esto es necesario porque es imposible probar en nombre de quién estás orando. Se necesita una prueba “objetiva”. Si alguna vez se sospecha que alguien es desleal, simplemente lo arrojan al foso de los leones. Si los leones no se comen al sospechoso, es inocente. Pero si se lo comen, es “evidentemente” culpable. Halagado, Darío acepta sin notar que el recién ascendido Daniel no está entre estos conspiradores (Daniel 6:8-9).
Cuando Daniel se entera del decreto, su primera reacción es orar, no a Darío, sino en dirección a Jerusalén (Daniel 6:10). Los funcionarios espían la oración de Daniel e inmediatamente van al rey (Daniel 6:11-12). Su plan ha funcionado. Darío está atrapado por su vanidad y no tiene poder para absolver a Daniel (Daniel 6:15). Daniel es arrojado a los leones, se hace rodar una piedra sobre su tumba, y la nación espera el juicio de los leones (Daniel 6:16-17).
Darío no puede dormir; está enojado con sus gobernadores conspiradores y a la vez angustiado por Daniel (Daniel 6:18). Pero Daniel duerme como un rey de las fieras, porque es Dios y no un león quien es el juez de Daniel. Daniel tenía razón al confiar en Dios y orar a él (Daniel 2:23). Daniel es inocente, así que Dios cierra la boca de los leones y hace que el juicio de los conspiradores se vuelva contra ellos, y Daniel es levantado de su tumba (Daniel 6:22-23). Entonces el rey arroja a los gobernadores a su propio juicio manipulado, y los leones los declaran culpables (Daniel 6:24). Después Darío escribe un nuevo edicto, llamando a todo el reino a adorar al Dios de Daniel (Daniel 6:26-27).
¿Dónde está el evangelio?
Igual que los conspiradores envidiosos en Daniel, los fariseos envidiosos quieren que Jesús sea destrozado a manos de los romanos (Mateo 26:3). Los fariseos organizan un juicio falso que lleva a un veredicto manipulado de “culpable” (Mateo 26:59). Y se hace rodar una piedra sobre la tumba de Jesús (Mateo 27:60). Pero la sepultura solo puede consumir a los culpables. Y tal como los leones no pudieron devorar a Daniel, la muerte no puede consumir a Jesús. El juicio por muerte se revierte, y Jesús se levanta de la tumba porque no es posible que la sepultura lo juzgue (Hechos 2:24).
Es un detalle significativo que Daniel orara “en dirección a Jerusalén” (Daniel 6:10). Jerusalén era donde estaba el templo de Dios y donde los sacerdotes ofrecían sacrificios para que los culpables pudieran ser declarados inocentes (Levítico 16:30). Pero cuando Daniel estaba en Babilonia, el templo había sido destruido. No había sacerdotes ni sacrificios. Eso significa que Daniel oraba en dirección a una ciudad futura, un templo futuro, un sacerdote futuro y un sacrificio futuro, y confiaba en ellos, los cuales lo probarían inocente y lo vindicarían delante de sus enemigos. Daniel oraba en dirección a Jesús, aunque no conociera su nombre. Es en el nombre de Jesús que tanto Daniel como nosotros hallaremos rescate de nuestros acusadores, seremos declarados inocentes y veremos a nuestros opresores comparecer ante la justicia (1 Timoteo 2:5). Es en el nombre de Jesús que la sepultura no nos declarará culpables. Y es en el nombre de Jesús que la sepultura jamás nos consumirá.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que declara inocente a su pueblo. Y que veas a Jesús como el templo, el sacerdote, el sacrificio y el único nombre al que necesitas orar.


