¿Qué está pasando?
Las secciones finales de Eclesiastés pueden parecer un poco desconectadas entre sí. Pero eso es una característica de los libros de sabiduría, no un defecto de su sistema. La sabiduría rara vez nos llega en un paquete bien ordenado. Se gana a tropezones, a través de momentos de sufrimiento y de décadas de relaciones. El libro de Eclesiastés refleja la manera en que adquirimos sabiduría en nuestra propia vida. Tenlo presente mientras lees. Pero fíjate también en las preocupaciones centrales del Maestro: la imposibilidad de conocer el futuro y la certeza de la muerte.
El Maestro dice que sabemos muy poco acerca de lo que vendrá (Eclesiastés 6:12). No sabemos —y mucho menos controlamos— el día en que moriremos (Eclesiastés 8:7-8). Y no sabemos qué sucede después de morir (Eclesiastés 6:12).
Incluso si dejamos a un lado estas incógnitas evidentes, el Maestro nos confronta con la cantidad incognoscible de información sobre el mundo que Dios ha hecho. Ninguna cantidad de investigación, de lectura o de búsquedas en Google nos dará un conocimiento exhaustivo de nosotros mismos ni del universo (Eclesiastés 8:17). Siempre habrá preguntas que la ciencia no puede responder, como: “¿Cuándo comienza la conciencia?” (Eclesiastés 11:5).
En lugar de agotarse buscando respuestas que no pueden conocer, los sabios centran su atención en lo único que saben con certeza: la muerte. “El corazón de los sabios está en la casa del luto, pero el corazón de los necios está en la casa de la fiesta” (Eclesiastés 7:4). La muerte es la única constante. Y la muerte llega igual para el justo y para el pecador (Eclesiastés 7:2).
El Maestro sabe que el mundo no debería ser así. Pero al exponer el absurdo, lo incognoscible y la muerte como constantes, también está describiendo con exactitud el mundo después de la maldición de Dios. El Maestro dice que la única esperanza en un mundo incierto y absurdo se encuentra en saber que vamos a morir (Eclesiastés 9:3).
¿Dónde está el evangelio?
Damos por sentado que, si sabemos más acerca del mundo y acumulamos más experiencias de vida, nuestra vida será mejor. Pero el Maestro dice que cuanta más experiencia, conocimiento y sabiduría obtenemos, más insatisfecha, decepcionada y descontenta se vuelve nuestra vida. Ninguna cantidad de conocimiento puede borrar la incertidumbre, predecir nuestro futuro o decirnos qué sucede después de morir.
Por eso el Maestro cree que la mejor vida se encuentra en meditar en la certeza de la muerte.
Y justo aquí es donde vemos a Jesús. Jesús fue un hombre que meditó en la muerte. Se nos dice que Jesús nació para morir por nuestros pecados (1 Timoteo 1:15). Y Jesús vivió su vida a la sombra de su muerte. Hablaba de ella con frecuencia (Marcos 8:31). El Apóstol Pablo dice que toda la historia y toda la Escritura profetizaron que Jesús tenía que morir (1 Corintios 15:3). Jesús incluso experimentó la supuesta certeza de la muerte al pasar tres días en una tumba.
Pero Jesús no solo entiende la muerte; Jesús sabe qué sucede después de la muerte. A diferencia de la suma de todo el conocimiento que acumulamos, Jesús sí puede predecir el futuro. Y cuando meditamos en la muerte de Jesús, cuando hacemos de su tumba y de su cruz nuestra certeza, podemos conocer nuestro futuro y lo que viene después de la muerte: la vida eterna. Cuando Jesús entra en la casa del luto, nosotros obtenemos acceso a su casa de fiesta y alegría.
El Apóstol Pablo dice que cuando nos unimos a la muerte de Jesús por medio de nuestro bautismo, también nos unimos a su vida y quedamos unidos a su resurrección (Romanos 6:4-5). Para los que temen a Dios, lo incognoscible y la muerte no son constantes. La certeza de la vida eterna sí lo es. Jesús, haciendo eco del Maestro, lo dijo así: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mateo 10:39). Lo que la suma del conocimiento de toda la humanidad viva no puede ofrecer ni predecir se ofrece gratuitamente en la muerte de Jesús.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que revela que la vida verdadera se encuentra en la muerte. Y que puedas ver a Jesús como aquel que entró en la casa del luto para que nosotros pudiéramos entrar en su casa de fiesta.

