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devocional

Efesios 2-3

El misterio del evangelio

En Efesios 2-3 vemos que, mientras el mundo quiere dividir a su gente, en Cristo el Espíritu unifica a todas las personas.

¿Qué está pasando?

La iglesia de Éfeso está compuesta tanto por judíos como por gentiles, personas nacidas en culturas paganas que ahora siguen a Jesús. Las diferencias culturales entre estos dos grupos son profundas. Pero más importante aún, los judíos creen que solo sus leyes y su templo les dan acceso a Dios. Por eso Pablo le ruega a su iglesia que recuerde la unidad que tienen en Jesús.

Sí, los gentiles son pecadores y están muertos en sus transgresiones, pero los judíos también lo están (Efesios 2:1). Todos, incluidos los judíos, se han descalificado a sí mismos del acceso a Dios por su desobediencia (Efesios 2:2). Pero Dios, en su gran misericordia, nos ha dado vida por su gracia (Efesios 2:4-5). Los judíos no pueden jactarse de su vínculo histórico con Dios, como tampoco los gentiles pueden jactarse de sus buenas obras (Efesios 2:8-9). Todos son uno: uno en la muerte, pero también uno en Cristo y uno en la resurrección (Efesios 2:11-22).

Para Pablo, el evangelio nivela el terreno entre toda la humanidad. Los judíos habían construido muros literales en su templo y habían hecho leyes para mantener a los gentiles fuera (Efesios 2:15a). Pero Jesús es un templo nuevo, y ha derribado los muros antiguos (Efesios 2:14). Por su cuerpo tenemos acceso a Dios, y por su cruz nos ha hecho uno (Efesios 2:16). Todos, sin importar nuestro linaje, podemos ser ciudadanos de su Reino por medio de la fe (Efesios 2:19). Y mejor todavía: Jesús nos ha hecho templos, y el Espíritu que antes reposaba detrás de un muro ahora vive en nosotros (Efesios 2:22).

Pablo dice que este plan para que judíos y gentiles sean el templo y el Reino unidos de Dios ha sido un misterio escondido desde el Antiguo Testamento (Efesios 3:6). Y explicar ese misterio y predicarlo a los gentiles, que antes habían sido excluidos, es ahora la misión de su vida, cueste lo que cueste (Efesios 3:8-9). Pablo dice que su encarcelamiento y su sufrimiento valen la pena si en el proceso la Iglesia de Dios queda unida (Efesios 3:13).

Luego Pablo interrumpe su carta con otra oración al Padre común de toda familia en la tierra. Ora para que el Espíritu fortalezca la fe de los efesios en Jesús (Efesios 3:16), y para que el Espíritu les abra los ojos para ver el amor intenso, inmenso e insondablemente profundo de Dios por todas las personas (Efesios 3:18-19).

¿Dónde está el evangelio?

En el Antiguo Testamento, la presencia del Espíritu de Dios era lo que separaba al pueblo de Dios de los gentiles. El templo de Jerusalén y el arca del Pacto eran ambos símbolos de la presencia permanente de Dios y del lugar privilegiado de Israel entre las naciones (Números 10:33-36). En cierto sentido, nada ha cambiado. El Espíritu de Dios sigue apartando hoy al pueblo de Dios. Solo que ahora Dios no habita en un templo hecho por manos humanas, sino dentro de su propia creación (1 Corintios 3:16). ¡Dios vive en ti y en mí!

Esta es una buena noticia, porque el pueblo y la presencia de Dios ya no están limitados a un lugar o a una nación. La nueva familia de Dios ya no se distingue por una frontera física o étnica, sino solo por la fe (Efesios 2:8-9). ¡Dondequiera que vayamos podemos proclamar el profundo misterio de que Dios es nuestro Padre común y ha salvado a todas las personas por medio de su Hijo!

En un mundo lleno de divisiones de clase, raza y género, Pablo nos señala el plan misterioso de Dios para la unidad (Efesios 3:6). Mientras el mundo quiere dividir a su gente, el Espíritu en Cristo unifica a todas las personas. En Cristo hay una sola nación, sin fronteras, formada por personas de toda tribu, lengua e idioma (Apocalipsis 7:9). Todas las personas, sean esclavas o libres, hombres o mujeres, judías o gentiles, quedan unidas en una sola familia, bajo un solo Padre de todos (Efesios 3:15).

Y por el Espíritu de Dios, el poder para unir un mundo dividido ahora vive en

nosotros. Como Pablo dice en otro lugar, ahora somos ministros de reconciliación (2 Corintios 5:18). Somos agentes de unidad, con el poder del Espíritu, en un mundo dividido. En Cristo, Dios ha traído salvación a todos, y ahora estamos llenos de ese mismo poder reconciliador, colaborando con Dios para ver al mundo unido bajo él.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que ofrece salvación a todas las personas. Y que veas a Jesús como aquel que murió para derribar nuestras divisiones y unirnos a él.

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