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devocional

Ester 8-10

Un final moralmente ambiguo

En Ester 8-10 vemos que la mejor noticia que ofrece un libro moralmente ambiguo como Ester es que Dios no está limitado en su poder para hacer el bien y para salvar, incluso cuando todo el pueblo hace lo malo.

¿Qué está pasando?

En los últimos capítulos de Ester deberíamos sentirnos aliviados e inquietos a la vez. El pueblo de Dios en Persia está a punto de ser salvado mediante una serie de dramáticos giros, pero varios detalles del relato son preocupantes.

Amán está muerto, pero su edicto que ordenaba el exterminio de los judíos sigue vigente (Ester 8:2). La reina Ester le pide al rey que revoque el edicto, y Jerjes les da a Ester y a Mardoqueo el poder para hacerlo (Ester 8:8). Ellos escriben una revocación palabra por palabra del edicto de Amán, permitiendo a los judíos defenderse y vengarse de sus enemigos el día 13 del mes de adar (Ester 8:11, 13). Pero Mardoqueo, en lugar de mostrar solidaridad con su pueblo, sale del palacio de Jerjes vestido como un rey persa (Ester 8:15). Sin embargo, cuando se difunde la noticia del giro entre Amán y Mardoqueo, persas de todo el imperio de Jerjes se hacen judíos y muestran solidaridad adorando al Dios de Israel (Ester 8:17).

Y cuando llega el día 13 de adar, los enemigos que esperaban destruir a los judíos son ellos mismos destruidos (Ester 9:1). Aunque el edicto de Mardoqueo lo permitía, se nos dice que los judíos no tomaron botín. Esta no es una guerra de venganza, sino una guerra que revierte el pecado del primer rey de Israel, Saúl. En directa contradicción con los mandamientos de Dios, Saúl le perdonó la vida al antepasado de los hijos de Amán y saqueó su tierra (1 Samuel 15:9). Al ascender los judíos al poder en Persia, tienen cuidado de no repetir los mismos pecados del reino de Saúl. Pero vale la pena notar que Dios no ha aprobado ni ordenado esta nueva guerra.

Además, Ester pide un día extra de venganza en la capital persa y que los cadáveres de los hijos de Amán sean expuestos públicamente —empalados en árboles— junto a su padre (Ester 9:13). Mardoqueo entonces formaliza esta celebración con un banquete igual a los banquetes persas con los que comenzó la historia de Ester (Ester 9:20-21). La fiesta se llama Purim por las suertes que Amán usó; ¡ya no son objetos de muerte, sino de vida y victoria (Ester 9:26)! Pero, al igual que la guerra no autorizada, Purim es la única fiesta judía en las Escrituras que no fue establecida directamente por Dios. De manera aleccionadora, el libro termina con Jerjes todavía en su trono (Ester 10:1-2) y con Mardoqueo elevado al puesto de poder que Amán usó para tramar la destrucción de los judíos (Ester 10:3).

¿Dónde está el evangelio?

Ester y Mardoqueo son héroes, pero sus acciones a menudo resultan inquietantes. Ester esconde su identidad judía y abandona las leyes judías (Ester 2:10). Ambos se visten con los atuendos del imperio persa y llevan nombres derivados de dioses persas (Ester 2:9; Ester 8:15). Ningún dilema moral les cruza por la mente cuando Ester entra en la habitación del rey para «complacerlo» (Ester 2:15-16). Ester pide que los cuerpos de los hijos de Amán sean avergonzados públicamente después de un día de venganza no provocada. Y Mardoqueo, actuando como hasta ahora solo Dios lo ha hecho en las Escrituras, establece una fiesta para todo el reino. A toda esta ambigüedad moral se suma que, mientras nuestros héroes actúan como persas, los persas empiezan a adorar como judíos.

De manera desgarradora, el mundo de Ester es un mundo que reconocemos: un mundo donde Dios parece guardar silencio, y un mundo donde quienes tienen el poder de actuar en nombre de Dios a menudo actúan como los gobernantes que los oprimen. Pertenecemos a un mundo donde las iglesias que llevan a las personas a empezar a actuar como Jesús son las mismas iglesias que actúan como el abusivo Jerjes.

Pero la mejor noticia que ofrece un libro moralmente ambiguo como Ester es que Dios no está limitado en su poder para hacer el bien y para salvar, incluso cuando todo el pueblo hace lo malo. Y la muerte de Jesús demuestra lo mismo. Antes de que Jesús muriera, los líderes de Israel lo querían muerto. Las élites de Roma fueron cobardes. La multitud tenía sed de sangre. Y a pesar de todas las buenas obras y milagros que los discípulos de Jesús habían visto y realizado ellos mismos, todos lo traicionaron, lo negaron o lo abandonaron. Pero, igual que en los sucesos de Ester, el poder de Dios no fue limitado por las acciones de estos hombres y mujeres (Hechos 2:23). Al contrario, el mal, el caos y la ambigüedad moral proveyeron el escenario para la resurrección y para la prueba de que Dios puede revertir la muerte y convertirla en una eternidad de victoria y vida.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que no está limitado por el mal humano. Y que puedas ver a Jesús como aquel que muere para revertir la muerte en vida.

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