¿Qué está pasando?
Israel debía ser un faro de la justicia, la paz y la bondad de Dios, e invitar al mundo a unirse al Reino de Dios (Génesis 12:1-3). Sin embargo, mientras Judá es amenazada por ejércitos invasores, su rey ha abandonado este llamado divino a cambio de la riqueza, la protección y el estatus que pueden ofrecer los tratados con otras naciones. El profeta Isaías les dice a los líderes de Judá que deben dejar de considerar alianzas con las naciones de Filistea y Moab, y en cambio confiar en que Dios salvará a su nación. Aunque Filistea y Moab se enorgullecen de la riqueza y el poder de sus naciones, Isaías advierte que Dios las humillará. Judá sería insensata si confiara en poderes condenados.
Aunque Filistea está segura de que puede derrotar cualquier cosa que los asirios le lancen, Isaías advierte que esa confianza está mal fundada. La familia real asiria se volverá más fuerte, no más débil, con cada generación. Y como una serpiente que se enrosca lentamente, está preparando un ataque mortal contra ellos (Isaías 14:29-31). El exceso de confianza de Filistea pronto quedará al descubierto. Aceptar un tratado con Filistea es insensato y miope. La única esperanza de la afligida Judá es Dios (Isaías 14:32).
De igual manera, una alianza con Moab no le ofrecerá a Judá ninguna seguridad adicional. Moab se enorgullece de la seguridad y la riqueza que su agricultura le ha traído (Isaías 16:6-7). Pero Isaías promete que el gran viñedo de Moab será destrozado en el plazo de tres años (Isaías 16:8-14). De arriba abajo, Moab quedará devastada (Isaías 15:1). Rápidamente, ciudad tras ciudad caerá, y sus habitantes huirán al desierto solo para ser cazados por leones (Isaías 15:2-9). La orgullosa Moab pronto caerá. En lugar de confiar neciamente en una nación condenada, Judá debe poner su confianza en Dios.
Sin embargo, a diferencia de sus profecías contra Filistea, Isaías se lamenta por la caída de Moab. En lugar de regodearse, Isaías le dice a Judá que reciba a todo moabita que busque asilo (Isaías 16:1-4). Es probable que este cambio de tono se deba a que el rey más grande de Israel, David, era en parte moabita. Es también la razón por la que Isaías profetiza de inmediato que Dios pronto levantará un nuevo rey davídico para gobernar al pueblo de Dios para siempre (Isaías 16:5). La esperanza de Judá no está en una alianza con Moab. Más bien, Judá y Moab comparten una misma esperanza. La única manera en que cualquiera de las dos naciones será salvada es confiando en Dios. El mundo no salvará al pueblo de Dios, pero el Rey del pueblo de Dios salvará al mundo.
¿Dónde está el evangelio?
Como Judá, todos somos tentados a hacer alianzas con poderes condenados. Creemos que, al unirnos a personas poderosas o a partidos políticos, nuestras vidas serían mejores, nuestras familias estarían más protegidas y nuestras iglesias estarían más seguras. Sin embargo, ninguna persona ni ningún partido durará para siempre, y Dios humillará a todo poder que prometa dar lo que solo él puede garantizar. Es insensato confiar en los poderes de este mundo; nuestra esperanza debe descansar en Dios y en el Rey que él promete enviar.
El Rey del que profetizó Isaías es Jesús. Él es el descendiente de David, en parte moabita, que humilla el orgullo de los poderes del mundo y salva a quienes confían en Dios (Mateo 1:1, Hechos 2:24-28). En su orgullo, el imperio de Roma creyó que era más poderoso que Dios. En una demostración de dominio, condenó a muerte al Rey escogido por Dios. Sin embargo, Jesús humilló el poder y el orgullo de Roma al resucitar de entre los muertos (1 Juan 3:8; Colosenses 2:15). Aunque los imperios y las naciones todavía puedan tener tronos de oro y ejércitos enormes, la resurrección de Jesús vuelve su poder irrelevante e impotente (Hechos 4:12; 1 Corintios 3:19). Jesús ahora se sienta en un trono en el Cielo, donde ningún reino ni rey puede derribarlo. Es insensato confiar en poderes condenados para tener vidas mejores, más protegidas y más seguras. Los poderes de este mundo no salvarán al pueblo de Dios, pero el Rey del pueblo de Dios salvará al mundo. Solo confiando en Jesús seremos salvados nosotros y nuestro mundo, y solo así el pueblo de Dios podrá experimentar una vida de paz y seguridad para siempre.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios en quien se puede confiar. Y que veas que Jesús es el Rey prometido de Dios que vino a salvar a su pueblo.

