¿Qué está pasando?
Israel está en el exilio, arrancado de su hogar y de su propósito, preguntándose si algún día regresará o cumplirá aquello a lo que Dios lo ha llamado. Fueron escogidos para bendecir a las naciones como siervo de Dios (Génesis 12:1-3), pero en cambio se convirtieron en una maldición. Así que Dios los exilió a Babilonia, una tierra de ídolos y opresión. Sin embargo, incluso en el exilio, Dios habla palabras de consuelo a su pueblo.
Dios le dice a Israel que su propósito no ha cambiado. Siguen siendo su siervo, y traerán bendición a las naciones, aun en el exilio. Esta bendición no vendrá por medio de conquistas militares ni de poder político. Vendrá en silencio, como el sol que se levanta y vence la noche. Dios llama a Israel a hacer esto reflejando su carácter, obedeciendo sus mandamientos y mostrando compasión. De este modo, los ojos ciegos verán, los cautivos quedarán libres y las naciones serán atraídas a la luz de Dios (Isaías 42:6-7).
Pero Israel es incapaz de ser el siervo de Dios en el mundo. En lugar de bendecir a las naciones, las despojó. En lugar de traer luz, tropezó en la oscuridad. En lugar de abrir los ojos de los ciegos, se volvió ciego él mismo (Isaías 42:18-20). Así que Dios hará amanecer su luz entre las naciones mostrando su bondad a su pueblo ciego y sordo. Ante un mundo que observa, rescatará a su pueblo y lo traerá de vuelta a casa. Las naciones verán que solo Dios los llevó al exilio y que solo Dios puede sacarlos de él (Isaías 42:23-25; 43:5-9).
Dios promete un nuevo Éxodo (Isaías 43:14-19). Así como una vez libró a Israel de Egipto, los librará de Babilonia (Isaías 43:1-2). En Egipto, Dios rescató a Israel entregando al poderoso imperio egipcio a cambio de la libertad de su pueblo pequeño y esclavizado. Ahora Dios hará lo mismo con Babilonia. El imperio más fuerte de la Tierra caerá para que el pueblo débil y exiliado de Dios se levante. ¿Por qué? Porque son suyos (Isaías 43:3-4). Le pertenecen. Dios pagará cualquier precio por el pueblo que ama.
Dios le recuerda a Israel que han sido suyos desde el principio (Isaías 44:1). Él los creó, los llamó y puso su amor en ellos, no porque fueran fuertes, sino porque eran suyos. Y aunque ellos lo han olvidado y abandonado, Dios nunca los abandonará (Isaías 43:22-25). Derramará su Espíritu sobre ellos y los transformará en el siervo que siempre estuvieron destinados a ser. Las naciones verán el poder de Dios obrando en su pueblo, y desde los confines de la Tierra reclamarán a Dios como suyo (Isaías 44:3-5). Israel y las naciones dejarán atrás sus ídolos sordos y ciegos para seguir al Dios que los salvó cuando ellos estaban sordos y ciegos. Dejarán de fabricar dioses falsos que no pueden salvar, para seguir al Dios verdadero que los hizo y sí los salva (Isaías 44:9-20).
¿Dónde está el evangelio?
Israel no logró ser el siervo de Dios en el mundo. Pero en Jesús, Dios mismo vendría como siervo para cumplir lo que ellos no pudieron. Jesús es el siervo lleno del Espíritu que trae luz a las naciones y bendición al mundo (Mateo 12:18-21). Jesús no vino como un guerrero conquistador, sino como un siervo sereno. Como el sol que se levanta en silencio, el ministerio de Jesús expulsó los poderes de la oscuridad a su alrededor (Mateo 4:23-24). Jesús declaró que había venido a abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos y rescatar a la gente de la oscuridad (Lucas 4:18). A diferencia de Israel, Jesús no tropezó en la oscuridad: él era la luz. No saqueó a las naciones: se entregó por ellas mediante un nuevo y mayor Éxodo. En Jesús, Dios rescató al mundo, no entregando naciones, sino entregando a su propio Hijo (Juan 3:16). En el pasado, Dios compró a su pueblo entregando los tesoros de Egipto y de Babilonia. Pero ahora Dios nos ha comprado entregando el tesoro supremo: su Hijo Jesús.
Este es el corazón del evangelio: Dios pagará cualquier precio por el pueblo que ama (Romanos 8:32). Ama a Israel no porque fueran fuertes, sino porque eran suyos. Y nos ama no por nuestra fuerza ni por nuestra debilidad, sino porque somos suyos. Por medio de Jesús, Dios nos compra y nos saca de nuestro exilio, y nos convierte en un pueblo que refleja su luz y comparte su bendición con el mundo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que escoge a su pueblo, no por su fuerza, sino por su amor. Y oro para que veas a Jesús como el siervo perfecto que dio su vida para comprarnos del exilio y hacernos suyos para siempre.

