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devocional

Isaías 6

Carbón encendido del altar

En Isaías 6 vemos que Jesús es nuestro sacrificio purificador, quien nos hace santos como Dios.

¿Qué está sucediendo?

En los primeros capítulos de la Biblia aprendemos que el pueblo de Dios debía ser un faro de la justicia, la belleza y la bondad de Dios para el mundo (Génesis 12:1-3). Dios les dijo tanto a los primeros seres humanos como a Abraham que, por medio de su «semilla» o descendencia, el mundo sería bendecido y conocería la paz (Génesis 3:16; 12:7). Pero los hijos de Abraham han llenado a Israel de rebelión, maldad y corrupción (Isaías 1:1-5). En los días de Isaías, la impureza y la inmundicia de Israel han avanzado tanto que Dios dice que Israel y su gente deben ser destruidos y llevados al exilio (Isaías 2:1-5; 4:2-4). Sin embargo, por medio del exilio, Israel será limpiado de su maldad y recuperará su misión hacia el mundo. 

El rey de Israel acaba de morir, y así termina su reinado de 52 años. Mientras el trono de Israel está vacío, al profeta Isaías se le concede una visión de Dios, el Rey verdadero de Israel, en su sala del trono (Isaías 6:1). La visión abruma a Isaías. Dios está rodeado de seres espirituales que cantan que Dios es «santo» y declaran que su presencia cubre toda la Tierra (Isaías 6:2-3). Aquí, la palabra «santo» probablemente se refiere a la perfección moral de Dios y a la pureza de su justicia. La santidad de Dios contrasta de forma marcada con la maldad y la corrupción de Israel. Ante la declaración de los seres de que Dios es santo, Isaías cae al suelo. En la presencia de la pureza moral y la justicia perfecta de Dios, reconoce que él es un hombre impuro de un pueblo impuro, y declara que debería morir (Isaías 6:4-5). El destino de Isaías está por completo en las manos de Dios, así como el destino de Israel, que se ha quedado sin rey, está en la mano de Dios. Pero Dios no destruye a Isaías. En cambio, uno de los seres espirituales toma un trozo de carbón de un altar usado para los sacrificios y lo pone sobre los labios de Isaías. Entonces el ser espiritual declara que, por medio de la quema del carbón, la culpa de Isaías ha sido quitada y su impureza ha sido lavada (Isaías 6:6).

Luego, por primera vez, Dios habla. Dios pregunta a los presentes quién estaría dispuesto a ser enviado a Israel en una misión (Isaías 6:8). Isaías se ofrece de inmediato. Dios dice que Isaías será su portavoz ante un Israel impuro, pero que su ministerio de predicación ensordecería oídos, cegaría ojos y endurecería corazones (Isaías 6:9-10). Abrumado por este mandato, Isaías pregunta por cuánto tiempo debe predicar así. La respuesta de Dios no es consoladora. Isaías debe seguir predicando hasta que las ciudades de Israel sean destruidas y su gente sea llevada al exilio (Isaías 6:11-12). Solo cuando Israel llegue a ser como un bosque calcinado habrá limpieza y sanidad. Solo después de esta quema brotará de la tierra una «santa semilla», y comenzará la restauración del pueblo de Dios (Isaías 6:13).

¿Dónde está el evangelio?

Israel debe seguir el ejemplo de Isaías. Isaías fue confrontado por un Dios santo; reconoció su impureza en su presencia, fue purificado por medio de la quema y fue enviado en su misión. De manera desgarradora, Israel primero debe volverse aún más sordo, ciego y endurecido, para que sus ciudades sean quemadas y su gente sea llevada al exilio. Pero, así como Isaías fue comisionado después de su quema, Israel será comisionado de nuevo después de la suya. Después del exilio brotará una semilla que ha sido hecha santa, justa y pura, como su Dios, y comenzará una nueva era para el pueblo de Dios. La semilla real de las profecías de Isaías es Jesús (Mateo 1:1). 

El poder purificador de Jesús fue evidente a lo largo de toda su vida. Cuando Jesús tocaba a los leprosos, quedaban limpios, y cuando tocaba a los muertos, resucitaban (Mateo 8:1-4; 9:18-36). Cuando Jesús tocaba a los que sufrían enfermedades crónicas, se marchaban purificados (Lucas 8:43-48). E incluso los moralmente corruptos y los espiritualmente orgullosos fueron perdonados y recibieron la promesa de un lugar en el Reino de Dios. Muchos de aquellos a quienes purificó y sanó comenzaron de inmediato a proclamar (como Israel debía hacerlo) que la justicia, la belleza y la bondad de Dios habían llegado por fin y que todos debían seguir a Jesús (Lucas 8:26-39). Como el carbón que purificó a Isaías, Jesús purificó a quienes lo rodeaban.

Pero el acto supremo de purificación de Jesús ocurrió en su muerte. El carbón de la visión de Isaías no era un carbón cualquiera; había sido tomado del altar de los sacrificios. La pureza de Isaías no le fue concedida sin más; tuvo un costo. Isaías nunca menciona qué se sacrificó por su pureza, pero nosotros sabemos que Jesús fue sacrificado por la nuestra (1 Juan 1:7-9). Por medio de su destrucción, todos somos purificados de nuestra maldad y restaurados a nuestro llamado. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que purifica a su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que murió como nuestro sacrificio para hacernos santos. 

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