¿Qué está pasando?
Jesús envía a setenta y dos nuevos discípulos (Lucas 10:1). Ese número remite a Génesis 10, donde se enumeran setenta naciones después de la caída de la Torre de Babel. Es la manera que tiene Lucas de señalar que la buena noticia del Reino de Dios es para todas las naciones, no solo para Israel.
A diferencia de Santiago y Juan, que querían pedir en oración que cayera fuego sobre una ciudad samaritana, Jesús promete que serán las ciudades judías las que enfrenten un destino peor que el de Sodoma, aquella ciudad extranjera (Lucas 10:13).
Los setenta y dos regresan gozosos porque incluso los demonios obedecen el nombre de Jesús pronunciado por sus labios (Lucas 10:17). Jesús los llama a alegrarse aún más porque ellos, como representantes simbólicos de naciones antes hostiles, ahora están escritos en el libro de la vida de Dios (Lucas 10:20). Cualquiera que ame a Dios y ame a su prójimo será inscrito allí, no solo los judíos.
Pero un experto en la ley, queriendo justificar su lugar privilegiado en el libro de la vida de Dios, le pide a Jesús que aclare quién es su prójimo. Espera que Jesús responda algo como: «Tu familia, tus amigos y tus compatriotas israelitas» (Lucas 10:29). Siendo experto en la ley, tenía pruebas de sobra para cada caso. En cambio, Jesús responde con una historia.
Unos ladrones dejan a un hombre medio muerto al borde del camino. Un sacerdote y un levita no se comportan como prójimos, en contraste con la generosidad y la compasión de un samaritano (Lucas 10:33). Los samaritanos eran marginados religiosos y étnicos. Esa es parte de la razón por la que Santiago y Juan estaban tan dispuestos a incendiar una de sus aldeas. Así que, cuando Jesús presenta a un miembro de una minoría despreciada como el héroe, está revelando que los ciudadanos del Reino de Dios pueden venir de cualquier parte. ¡Cualquiera que ame a Dios y a su prójimo puede entrar!
Por eso nuestro pasaje termina con dos mujeres: una que va y viene inquieta y otra que se sienta a escuchar las palabras de Jesús (Lucas 10:39-40). Sentada a los pies de Jesús, María reconoció lo que Marta, el experto en la ley y tantas ciudades judías no reconocieron. Jesús no era solo un maestro de la palabra de Dios, sino la Palabra de Dios misma. Sentarse a los pies de Jesús era amar a Dios, y escuchar las palabras de Jesús era honrarlo, tal como el samaritano amó a su prójimo.
¿Dónde está el evangelio?
Esta es una buena noticia para todos nosotros, seamos judíos, gentiles o samaritanos. Jesús no exige las pruebas de la A a la Z de buenas obras que el experto en la ley tenía preparadas. Jesús no exige nuestro servicio, como el que Marta ofrecía con inquietud. Jesús no exige pureza de sangre ni linaje religioso. Lo que Jesús exige es que elijamos sentarnos, escuchar y obedecerlo.
Podemos alegrarnos porque todos los nombres y todas las naciones están escritos en el Cielo sobre esa base, y no sobre la base de nuestro propio ajetreo o de nuestra propia rectitud. Ninguna persona y ninguna nación queda fuera del alcance del poder salvador de Jesús (Lucas 10:22).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que salva a todas las naciones. Y que veas a Jesús como aquel que invita a todos a sentarse a sus pies y escuchar su buena noticia.

