¿Qué está pasando?
Los fariseos acusan a Jesús de actuar por poder demoníaco, pero Jesús señala lo que realmente ocurre en sus corazones. Algunos lo acusan de expulsar demonios con el poder de los demonios (Lucas 11:15). Pero Jesús muestra lo absurdo que sería que un príncipe destruyera su propio reino (Lucas 11:18).
Los exorcismos de Jesús no son prueba de conspiraciones satánicas, sino evidencia de que el Reino de Dios ha llegado con Jesús y sus seguidores. Así como el Faraón quedó desarmado por el «dedo de Dios» (Éxodo 8:19) e Israel despojó a los egipcios al salir de su esclavitud, así la venida del Reino de Dios trae rescate a cualquiera que esté esclavizado por poderes demoníacos. Esta clase de liberación está disponible para todo el que oye la palabra de Dios y la obedece (Lucas 11:28).
No todos los que oyeron a Jesús le creyeron. Querían ver más señales antes de comprometerse. Pero Jesús no les debe eso. Como Salomón y Jonás, ninguno de los cuales hizo milagros, su mensaje era suficiente. Los habitantes de Nínive se arrepintieron en polvo y ceniza ante el sermón de ocho palabras de Jonás (Jonás 3:4). La reina de Sabá reconoció el Reino de Dios simplemente al oír la sabiduría de Salomón, y ninguno de los dos necesitó señales sobrenaturales. Jesús está dejando al descubierto que los fariseos y los que buscan señales son peores que Nínive. Había llegado un profeta más grande que Salomón y que Jonás, y ellos dicen que está lleno de demonios (Lucas 11:31).
Jesús dice que la negativa de la multitud a arrepentirse es como tener ojos que no ven. Los ojos sanos ven con claridad (Lucas 11:34). Las personas que ven a Jesús con claridad son liberadas de los poderes de las tinieblas y quedan llenas de luz. Pero las personas que se niegan a arrepentirse —que se niegan a reconocer a Jesús— quedan llenas de unas tinieblas peores que las de la impía Nínive.
Así que Jesús pronuncia seis «ayes» contra la autopromoción de la élite religiosa y su hipócrita descuido de la justicia. No pases por alto la ironía. Jesús está insinuando que su orgullo y su violencia revelan que son ellos los aliados de los poderes de las tinieblas. Si siguen cerrando sus ojos a Jesús, se les hará responsables de la muerte de los profetas de Dios, desde Abel en adelante (Lucas 11:51). Es como si Jesús dijera que todos los asesinatos injustos de la historia culminarán en la muerte del profeta final de Dios: Jesús.
¿Dónde está el evangelio?
Antes de enfrentar a los demonios o a los fariseos, Jesús enseña a sus discípulos a orar (Lucas 11:1). La oración que enseña es sencilla. Pidan y se les dará. No hay palabras complicadas ni rituales. Es tan simple como un hijo que le pide algo de comer a su padre (Lucas 11:11).
Dios, como un buen padre, promete alimentarnos con exactamente lo que necesitamos: el Espíritu Santo (Lucas 11:13). Puede que no siempre sea lo que pedimos, pero es precisamente lo que necesitamos. Es exactamente lo que necesitaba el hombre endemoniado: un Espíritu de libertad que lo liberara de la esclavitud. Es exactamente lo que necesitaban los que buscaban señales: un Espíritu que ilumina para abrir sus ojos ciegos. Es exactamente lo que necesitaban los fariseos: un Espíritu santo que cambiara sus corazones asesinos. El don del Espíritu Santo es la respuesta perfecta a la oración que Jesús enseña a sus discípulos a pedir: «Venga el Reino de Dios y hágase la voluntad de Dios».
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver a Dios como un buen Padre que responde nuestras oraciones. Y que veas a Jesús como aquel que trae el Reino de Dios por el poder del Espíritu Santo.

