¿Qué está pasando?
Jesús comienza a mostrar su autoridad en una sinagoga cuando expulsa a un espíritu impuro. El espíritu mismo declara que Jesús es el Santo de Dios (Marcos 1:24). Todos quedan asombrados: Jesús habla y actúa con una autoridad sin igual.
Pronto, toda la ciudad se reúne ante Jesús para recibir sanidad (Marcos 1:33–34). Entre ellos hay un leproso que, según la ley/ leyes debería haberse quedado fuera de la ciudad. Sin embargo, en lugar de contaminarse al tocarlo, Jesús lo sana al instante. Irónicamente, el hombre vuelve a la vida comunitaria mientras que el propio Jesús es expulsado a un "lugar solitario" (Marcos 1:45).
De vuelta en Cafarnaún, Jesús sana a un paralítico. Pero antes de hacerlo, declara: "Tus pecados te son perdonados" (Marcos 2:5). Los líderes religiosos lo acusan de blasfemia, porque solo Dios puede perdonar los pecados. Sin embargo, Jesús demuestra su autoridad tanto al perdonar como al sanar (Marcos 2:10–12).
Por último, Jesús llama a Leví, un recaudador de impuestos, para que lo siga. Cuando los líderes religiosos lo condenan por comer con los marginados, Jesús responde: "No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2:17).
¿Dónde está el Evangelio?
Estas tres historias nos muestran que Jesús, como el Hijo de Dios, tiene la autoridad de liberar a las personas de todo lo que las ata: el pecado, la enfermedad y el mal.
En el caso del leproso, Jesús llega hasta la impureza y lo cura con un toque. Para el paralítico, Jesús le demuestra que su autoridad va más allá de la sanidad física: se extiende al perdón de los pecados. Para Levi, Jesús da la bienvenida a un paria a su círculo, lo que demuestra que nadie está demasiado lejos para ser restaurado.
Este es el cumplimiento de Isaías 53, donde el siervo de Dios entra en nuestras enfermedades e iniquidades y se las lleva. Jesús no evita nuestros quebrantamientos; los asume para sanarlos. Él lleva nuestras enfermedades, borra nuestras iniquidades y nos devuelve a la vida con Dios.
La buena noticia es que la autoridad de Jesús no se limita a un momento ni a un lugar. Todavía habla sobre el perdón, sana los quebrantamientos y da la bienvenida a los pecadores a su familia.
Compruébalo por ti mismo
Ruego para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que tiene autoridad sobre el pecado, la enfermedad y el mal. Y que veas a Jesús como aquel que se lleva tu iniquidad y te sana con su presencia.

