¿Qué está pasando?
El Salmo 138 termina con David pidiéndole a Dios que no lo abandone (Salmo 138:8). Pero en el Salmo 139, David celebra que, lejos de que Dios abandone a su criatura, David no puede escapar de su Creador. Explora las incalculables maneras en que Dios lo conoce, está con él y lo hizo.
David se maravilla del conocimiento exhaustivo que Dios tiene de él (Salmo 139:1). Más íntimo que cualquier amigo, Dios conoce cada movimiento y cada costumbre de David. Dios nota cada vez que se sienta, se levanta o se acuesta en la cama. Dios examina las palabras de David antes de que las pronuncie, y descifra sus pensamientos antes de que se le ocurran (Salmo 139:2-4). Dios percibe a David desde todos los ángulos, y David apenas puede soportar su conocimiento parcial del conocimiento completo que Dios tiene de él (Salmo 139:5-6).
David no puede escapar de este Dios que lo conoce tan a fondo. Podría correr a cualquier punto cardinal y aun así no lograría poner distancia entre él y el Dios que está con él adondequiera que vaya (Salmo 139:7). Podría subir a las alturas del Cielo solo para encontrar a Dios esperándolo. Podría cambiar de rumbo y descender al sepulcro solo para descubrir que Dios ya había llegado allí antes que él (Salmo 139:8). Podría viajar de oriente a occidente, solo para descubrir la mano de Dios sosteniéndolo y guiando sus pasos (Salmo 139:9-10). Incluso si David pudiera viajar atrás en el tiempo, hasta la densa oscuridad anterior a la creación, ni esa penumbra lograría esconderlo. Dios lo vería con la claridad del día aun en aquella noche primigenia (Salmo 139:11-12).
Después de todo, fue Dios quien lo creó en densa oscuridad. En las aguas secretas del vientre, Dios formó íntimamente el ser de David. Incluso en aquel lugar escondido, las manos de Dios lo hicieron con el máximo amor y atención (Salmo 139:13-14). Además, Dios conocía a David antes de que fuera siquiera un pensamiento para sus padres. Si alguna vez David estuvo fuera de la vista y fuera de la memoria, habría sido entonces. Pero Dios también lo vio y lo sostuvo en aquel pasado secreto. Dios conoce igualmente el futuro escondido de David. Había escrito cada día que David llegaría a vivir, antes de que él viviera el primero (Salmo 139:15-16). Los pensamientos y el cuidado de Dios por David son inmensurables. Podría quedarse dormido intentando contar las maneras en que Dios lo ama y lo conoce. Y Dios estaría allí cuando despertara de nuevo (Salmo 139:17-18).
La respuesta de David a Dios concluye con su deseo de no tener nada que ver con la gente malvada y todo que ver con Dios. Le duele y odia que la gente rechace y calumnie a un Dios cuyo conocimiento es incalculable y cuya presencia es tan íntima para sus criaturas (Salmo 139:19-20). Porque David ama a Dios, odia lo que odia a Dios (Salmo 139:21-22). Con el corazón abierto, se ofrece al Dios que ama para que examine cualquier cosa en él que en secreto pudiera querer odiar al Dios que lo ama. No quiere que nada se interponga entre él y el Dios que siempre cuidará de él (Salmo 139:23-24).
¿Dónde está el evangelio?
Como nuestro Creador, Dios nos conoce plenamente. Como nuestro amigo, Dios quiere que lo conozcamos plenamente. Por eso envió a Jesús. En Jesús contemplamos el rostro del Dios que nos conoce, que está con nosotros y que nos hizo.
Jesús estaba con Dios en el principio. Por medio de él, la noche primigenia vio la luz del día, y por medio de él fue hecho cada rincón del universo (Juan 1:1-3). Él conoce exhaustivamente su creación y a cada una de sus criaturas humanas. Y Jesús, nuestro Creador divino, se hizo nuestro amigo humano (Juan 1:14). Entró en nuestra experiencia humana y nos mostró el amor, el conocimiento y la cercanía de Dios. Tal como reflexionó David en el Salmo 139, Jesús conocía los pensamientos de las personas antes de que pronunciaran una palabra, y respondía las preguntas de sus discípulos antes de que las hicieran (Marcos 2:6-8; Juan 16:19,30). Con amor les habló a hombres y mujeres de su pasado escondido, y les reveló a amigos como Pedro que conocía su futuro escondido (Juan 1:48; 4:17-18; Marcos 14:27-30).
Nada puede separarnos del amor de Dios en Jesús. El Apóstol Pablo celebra que ningún peligro ni circunstancia, ni siquiera la muerte, puede poner distancia entre nosotros y Dios (Romanos 8:38-39). Jesús no solo entró en el secreto escondido del vientre humano, sino que descendió al sepulcro mismo, para encontrarnos allí y sacarnos de él (Lucas 1:35; Efesios 4:9-10; Romanos 6:8). Y ascendió al Cielo, asegurándoles a sus discípulos que estaría con ellos, incluso mientras fueran a cada punto cardinal, enseñando a otros acerca de él (Mateo 28:19-20; Hechos 1:8-9). Ya sea que vivamos o muramos, pertenecemos a Jesús. Y cuando despertemos al otro lado de la muerte, seguiremos estando con Jesús (Romanos 14:8-9).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que te conoce plenamente y que siempre está contigo. Y que veas a Jesús como aquel que vino para que puedas conocer plenamente a Dios, así como él te conoce.

