¿Qué está pasando?
Igual que los Salmos 37—39, el Salmo 40 es otro clamor por liberación de las consecuencias del pecado (Salmo 40:13). David nunca menciona qué hizo para recibir la disciplina de Dios, solo que su sufrimiento es abrumador (Salmo 40:12) y que Dios siempre ha sido fiel para salvarlo.
David describe su desobediencia pasada como estar atrapado en un pozo cenagoso. En contraste, la salvación de Dios lo levanta y le da un terreno firme donde pisar (Salmo 40:2). David sabe que quienes confían en el SEÑOR siempre serán salvados (Salmo 40:4). El pasado de Israel está tan lleno de historias de la liberación de Dios que la gente se agotaría intentando contarlas todas (Salmo 40:5).
A través de sus sufrimientos y de la disciplina, David ha aprendido que ofrecer sacrificios vacíos nunca es lo que Dios quiere (Salmo 40:6). Dios quiere oídos «perforados» o abiertos, con corazones atentos que aman hacer lo que Dios desea (Salmo 40:8). Quizá David esté siendo disciplinado por el pecado de la hipocresía. De cualquier modo, David ahora alaba a Dios por su justicia al disciplinarlo, y por su amor al salvarlo (Salmo 40:10). En el Salmo 39 David guardaba silencio por causa de su pecado (Salmo 39:1), pero ahora alza la voz con alabanza (Salmo 40:9).
Sabiendo todo esto, David pide misericordia de nuevo (Salmo 40:11). Le pide a Dios que lo libre de los enemigos que Dios envió como castigo por su pecado (Salmo 40:14). Y también le pide a Dios que salve a todos los que buscan y esperan a Dios y su salvación (Salmo 40:16).
¿Dónde está el evangelio?
El profeta Isaías advirtió que si Israel se volvía a otras naciones y a otros dioses, sería llevado al exilio (Isaías 31:1). En este salmo, David ofrece la misma advertencia en forma de promesa (Salmo 40:4). Todo aquel que no mire a gobernantes soberbios ni se vuelva a dioses falsos será bendecido. Sus enemigos quedarán avergonzados (Salmo 40:14). Pero Israel no escuchó a David ni a Isaías. Y, como David, Israel cayó en formas hipócritas de adoración (Isaías 1:13).
Isaías esperaba el día en que un nuevo Rey del linaje de David reinaría en Israel, y los ojos, los oídos y los corazones cerrados de su pueblo serían por fin perforados y abiertos (Isaías 32:3-4).
Ese Rey es Jesús, quien cumple la profecía de Isaías y de David. Incluso cuando estamos ciegos y sordos, confiando más en nosotros mismos que en Dios, Jesús abre nuestros ojos y oídos para amar a Dios y amar su ley (Salmo 40:6a, 8). Por eso Jesús sana a un hombre sordo en el Evangelio de Marcos (Marcos 7:37) y termina muchas de sus parábolas con la frase: «El que tenga oídos, que oiga» (Mateo 13:9).
Es la manera en que Jesús revela que necesitamos su ayuda para ver y oír. Los oídos cerrados son la consecuencia de nuestra falta de confianza en Dios. Los ojos cerrados son el castigo por la hipocresía religiosa y el pecado descarado. Pero Jesús viene a abrir nuestros oídos, abrir nuestros ojos, transformar nuestro corazón y bendecir a quienes confían en él (Mateo 13:16).
Cuando dejamos de confiar en nosotros mismos, en otros o en ídolos, el Apóstol Pablo dice que los ojos de nuestro corazón serán abiertos (Efesios 1:18). Veremos nuestra esperanza y el poder de Dios para salvar cuando estemos rodeados de enemigos o atrapados en un pozo lodoso de nuestro pecado (Efesios 1:19). Y como el ciego, nuestros ojos serán abiertos a la verdad de que Dios nos ve (a ti y a mí) como una herencia (como un tesoro) por la que vale la pena morir para recibirla (Efesios 1:18).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que nos levanta del pozo. Y que veas a Jesús como aquel que abre nuestros oídos y nuestros corazones para esperar en la salvación y el poder de Dios.

