¿Qué está pasando?
El Salmo 29 es un canto sobre el poder de Dios por encima de todos los demás dioses y seres poderosos (Salmo 29:1). Cada versículo (excepto uno) incluye el nombre personal de Dios: Yahweh. Y en la mayoría de los versículos aparece dos veces. El efecto poético no te deja ninguna duda de que Yahweh no solo es el centro del salmo, ¡sino de todo! Este Dios glorioso merece ser adorado (Salmo 29:2).
David dirige entonces la mayor parte de sus palabras a comparar a Dios y su voz con una tormenta poderosa (Salmo 29:3). La voz de Dios es como un huracán que derriba los árboles (Salmo 29:5). Su voz es tan poderosa que hasta la montaña más alta del Líbano se estremece cuando oye su trueno y ve su relámpago (Salmo 29:6-7).
En total, David usa la frase «la voz del SEÑOR» siete veces. Es una alusión sutil al papel que desempeñó la voz de Dios en la creación (Salmo 29:3; Génesis 1:2-3). Pero, más importante aún, comunica que no hay nada en toda la Tierra que no tiemble y se postre ante el sonido de la voz de su creador.
Por eso todo el que la oye grita alabanzas a Dios (Salmo 29:9). También por eso David se refiere a él como el Rey incluso sobre las aguas del diluvio (Salmo 29:10). La referencia a un diluvio debería recordarnos cómo Dios advirtió a Noé acerca de otro diluvio aterrador (Génesis 7:4). Pero, de manera más significativa, nos recuerda que la voz de Dios también protegió y bendijo a Noé y a su familia, y finalmente les dio paz.
Por eso David termina su salmo con confianza en la manera en que Dios usa su poder. Dios usa su voz para fortalecer y bendecir a su pueblo con paz (Salmo 29:11).
¿Dónde está el evangelio?
David habla a menudo de Dios como el que tiene el control de las tormentas. En parte, eso se debe a que Israel muchas veces adoraba equivocadamente al dios Baal, el dios cananeo de las tormentas. Salmos como este le recordaban a Israel que Yahweh gobernaba las tormentas, y Baal no. Las fuerzas de la naturaleza, aparentemente imparables, pueden ser calmadas con la simple voz del SEÑOR.
Es significativo que Jesús también calme una tormenta con su voz (Lucas 8:24). En cada relato del Evangelio que lo registra, Jesús «reprende» la tormenta como si fuera un dios demoníaco que oprime a su pueblo (Marcos 4:39). Jesús hace lo que hizo la divina voz del SEÑOR durante el diluvio de Noé: trae paz y bendición donde antes había caos y temor (Salmo 29:11).
Por eso los discípulos quedan aterrados cuando se preguntan entre ellos en la barca: «¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las olas le obedecen!» (Marcos 4:41). Solo hay un ser que puede calmar las tormentas: el Dios aterradoramente poderoso.
Jesús es el Dios que calma las tormentas. Pero Jesús no calma huracanes ni aplana las olas por diversión. Su poder sobre las tormentas nos señala la verdad de que él es el Dios que llama a la vida a nuestros corazones muertos (Efesios 2:1, 4-5). Más impresionante que calmar una tormenta o caminar sobre el agua es el milagro de levantar a un pecador de las profundidades de la muerte y sentarlo a su derecha (Efesios 2:6). Así como Israel le gritaba «gloria» a Dios por haberlo salvado en la tormenta, nosotros alabamos a Jesús por la voz que nos salva de una tumba de agua (Salmo 29:9).
Jesús es el Rey de las tormentas. ¡Así que póstrate ante él y alégrate! No hay tempestad que su voz no calme, ni sepulcro que él no pueda vaciar.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuya voz cubre las aguas. Y que veas a Jesús como el que calma nuestras tormentas y nos bendice con paz.

