¿Qué está pasando?
El Salmo 32 nos anima a confesar nuestros pecados para que podamos experimentar el perdón de Dios. David dice que las personas perdonadas son «dichosas» (Salmo 32:1). Cuando no le escondemos nada a Dios, él no toma en cuenta nuestros pecados (Salmo 32:2).
David habla desde su propia experiencia. Cuando intentó esconderle sus fracasos a Dios, sintió que se moría por dentro (Salmo 32:3). Como el calor pesado y húmedo del verano, la culpa no confesada de David le quitó las fuerzas (Salmo 32:4). Pero cuando reconoció lo que había hecho, Dios lo perdonó de inmediato (Salmo 32:5b).
A partir de su experiencia, David se dirige a sus lectores y nos dice que no hay nada que temer al mostrarle a Dios las partes más oscuras de nosotros mismos (Salmo 32:6a). Si venimos con el corazón abierto, Dios no se aprovechará de nuestra vulnerabilidad. Al contrario, nos protege de las olas de culpa que experimentamos (Salmo 32:6b). Y no nos protegerá solo con palabras, sino con cánticos. Dios cantará sobre nosotros cánticos de liberación y libertad hasta que estemos convencidos de su perdón (Salmo 32:7).
Como rey, David instruye a su pueblo a seguir su ejemplo (Salmo 32:8). No quiere que sigan siendo tercos como una mula (Salmo 32:9). Quiere que confiesen sus pecados y se acerquen al Dios que los rodea tanto con cánticos de libertad como con su gran amor (Salmo 32:10).
David termina animando a su pueblo a alegrarse y a cantarle al Dios que responde a sus pecados confesados con gran amor, quitando la culpa y con cánticos de liberación (Salmo 32:11).
¿Dónde está el evangelio?
A menudo es difícil poner nombre a lo malo que hemos hecho. Confesar nuestros pecados, sobre todo a las personas a quienes hemos herido, nos pone en una posición extremadamente vulnerable. Estamos admitiendo nuestra responsabilidad por su dolor, y dándoles a quienes hemos hecho mal el derecho de apartarnos de sus vidas, castigarnos o perdonarnos. Esa vulnerabilidad e incertidumbre pueden ser tan fuertes que nos impidan admitir alguna vez que hicimos algo malo o que hemos pecado. Pero guardarnos nuestras transgresiones tiene su propio precio: un sentido aplastante de culpa o, cuando menos, mucha energía mental gastada en tratar de olvidarlas o justificarlas.
Pero, como promete el salmo, no hay ninguna incertidumbre en cuanto a cómo responderá Dios ante ti. Él está dispuesto a perdonarte y a quitarte el peso de tu culpa. El Apóstol Juan nos dice que cuando confesamos nuestros pecados, Jesús es fiel para perdonar y quitar cualquier sensación persistente de culpa o suciedad (1 Juan 1:9). El autor de Hebreos incluso describe la cruz de Jesús como el medio por el cual él «llevó» o quitó la pesada carga de nuestra culpa y nuestro pecado (Hebreos 9:28).
La confesión nos hace vulnerables y puede sentirse como la muerte. Pero fue precisamente cuando Jesús se hizo vulnerable hasta la muerte que nuestro perdón y nuestra vida quedaron asegurados.
En Jesús no hay razón para resistirnos a que las partes oscuras de nuestro corazón salgan a su luz (Juan 3:21). La cruz de Jesús no es solo una buena noticia; es nuestro cántico gozoso de su gran amor y de la liberación de nuestro pecado y nuestra culpa.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que perdona nuestros pecados. Y que veas la cruz de Jesús como el cántico de Dios que prueba que no hay nada que él no esté dispuesto a hacer para quitar tu culpa y perdonar tu pecado.

