¿Qué está pasando?
El rey David y su ejército acababan de sufrir grandes pérdidas en la batalla. Y David cree que esa derrota es prueba de que Dios lo ha rechazado (Salmo 60:1). Así que le ruega a Dios que lo restaure a su fuerza anterior, aunque no lo merezca.
David está temblando. La ira de Dios ha sacudido la tierra, haciéndola estallar y partirse. El ejército de David se tambalea. Están ebrios del vino venenoso servido por la mano de Dios (Salmo 60:2-3). Aturdido por la derrota, David recuerda cómo el temor de Dios le ofreció protección en el pasado (Salmo 60:4). Como un soldado herido, David todavía puede correr hacia el estandarte de su rey en medio de la batalla. Y al refugiarse bajo la bandera de Dios, sabe que su Rey lo salvará. A pesar de su derrota, sabe que Dios lo ama. En la mano derecha de Dios hay liberación para aquellos a quienes ama, y David confía en que Dios no lo rechazará para siempre (Salmo 60:5).
Pronto Dios le dará la victoria de nuevo y repartirá la tierra enemiga entre su propio pueblo (Salmo 60:6). Después de todo, Dios es el monarca que gobierna a Israel y domina todas las naciones (Salmo 60:7-8). David sabe que su única esperanza de victoria contra sus enemigos es que Dios salga otra vez con él a la batalla (Salmo 60:9-10). Se niega a confiar en la ayuda de generales, de la política o de los tratados, y redobla su clamor a Dios pidiéndole auxilio (Salmo 60:11). Solo por medio de Dios serán pisoteados sus enemigos (Salmo 60:12). David sabe que el rechazo de Dios no tiene que ser el final de la historia. Si confía solo en él, la derrota será apenas el preludio de la victoria.
¿Dónde está el evangelio?
A fin de cuentas, Dios no rechaza a quienes ama. Y lo ha demostrado por medio de Jesús, un hijo de David, quien también libró una batalla perdida contra los enemigos de Dios. Como David, Jesús salió a conquistar a los enemigos de Dios. Sus batallas fueron contra todos los poderes del mal: la enfermedad, la desesperación, la esclavitud demoníaca y la muerte misma. Jesús sabía que Dios le había dado todas las naciones para gobernarlas, pero no dependió del poder humano para hacer venir ese Reino (Juan 18:36). Confió en que solo Dios le daría la victoria, pero también sabía que él mismo debía beber primero una copa de vino venenoso de la mano de Dios (Mateo 20:21-22; Juan 18:11).
A Jesús le fue dada una cruz antes de recibir una corona. Experimentó la derrota en manos de sus enemigos. Su cuerpo se estremeció de dolor mientras la tierra temblaba y se sacudía cuando bebió toda la copa del vino de Dios (Mateo 27:48-51). El rechazo de Dios lo aplastó hasta la muerte. Pero Dios libra a quienes ama, incluso de la muerte. Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Y ahora Jesús permanece victorioso sobre la muerte y un día vendrá a pisotear a todos sus enemigos (1 Corintios 15:25-27). Como soldados heridos, podemos correr en busca de protección bajo el estandarte de batalla de Jesús, porque incluso en la derrota la victoria está garantizada. Con Jesús, no hay pérdida que no sea el preludio de la victoria.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que hace surgir la victoria de la derrota. Y que veas a Jesús como aquel que fue rechazado para librar a su pueblo de sus enemigos y garantizar la victoria a quienes ama.

