¿Qué está pasando?
David quiere que Dios pelee por él (Salmo 35:1). Necesita que Dios sea como un guerrero que blande sus armas, se lanza a la batalla y grita entre el ruido: "¡Yo soy tu salvación!" (Salmo 35:2-3).
Los enemigos de David son feroces. Han intentado matarlo (Salmo 35:4). Le han tendido trampas elaboradas (Salmo 35:7) y le mintieron y calumniaron despiadadamente en los tribunales (Salmo 35:11). Parece que les gusta torturar a David sin motivo alguno (Salmo 35:19a). Les gusta guiñar con un guiño ante sus ingeniosos insultos (Salmo 35:19b). Lo más desgarrador es que David creía que esas personas eran sus amigos. Pasaba horas orando, días ayunando y noches llorando con ellos (Salmo 35:13-14). Ahora les encanta poder aprovecharse de David en un momento de vulnerabilidad (Salmo 35:15).
Así que David quiere que Dios luche por él. Él quiere que sus enemigos sean barridos como el polvo por la brisa (Salmo 35:5). Quiere que las trampas que le han preparado les caigan sobre ellos (Salmo 35:8). Quiere que Dios sea su abogado y que derrote sus mentiras en los tribunales (Salmo 35:23). David quiere ser vindicado (Salmo 35:24). Quiere que su reputación sea restaurada públicamente, mientras que la de sus enemigos queda expuesta (Salmo 35:26).
David no le pide a Dios que sea un vigilante; le pide a Dios que arregle las cosas. Y cuando Dios expone el mal por lo que es, sabe que toda la comunidad adorará a Dios (Salmo 35:27). Ese día, dará testimonio público de que no hay nadie como su Dios (Salmo 35:10).
¿Dónde está el Evangelio?
No es difícil identificarse con David. Los matones nos humillan, los amigos nos traicionan, se hacen chistes a costa nuestra, y las redes sociales lo publicitan. En nuestros momentos de vergüenza más profunda, a veces la gente nos dice que debemos "amar a nuestros enemigos" (Lucas 6:27). Es cierto y debemos hacerlo, pero David nos muestra que también debemos orar apasionadamente por la justicia de Dios.
No está malo pedirle a Dios que arregle las cosas. No está malo querer que los culpables rindan cuentas. Eso no es venganza, sino que es permitir que Dios vengue a los inocentes (Romanos 12:19). Orar para que nuestros enemigos sean desenmascarados y experimenten la vergüenza que nos han causado injustamente no es devolver el mal con más maldad. Es pedirle a Dios que permita que su perfecta bondad luche contra el mal y gane (Romanos 12:21).
Al final, David oraba por la resurrección de Jesús. El Apóstol Pablo dice que en la cruz Jesús derrotó a todo poder, autoridad y acusación legal del enemigo. La resurrección de Jesús de entre los muertos avergüenza definitivamente las fuerzas de la malicia y la injusticia que gobiernan el mundo (Colosenses 2:15).
Jesús ahora está sentado a la derecha de Dios y nos defiende de las acusaciones de vergüenza que nos hacen nuestros enemigos. Nos llama honrados (Salmo 35:23). Y Jesús nos vindicará públicamente cuando anuncie desde los cielos que está complacido con nosotros, sus siervos buenos y fieles (Mateo 25:23).
Compruébalo por ti mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que derrota a nuestros enemigos. Y que veas a Jesús como aquel que avergüenza toda acusación, poder y persona que se levanta contra quienes confían en él.

