¿Qué está pasando?
El salmista quiere hacer una peregrinación al templo de Jerusalén, pero, para su gran dolor, no puede. Para él, el templo es su bella novia, y desearía no tener que pasar ni un momento más lejos de sus atrios y de la presencia de Dios (Salmo 84:1-2). Siente celos de todos los gorriones que entran y salen del atrio del templo. Ellos pueden hacer sus nidos justo al lado del altar donde los sacerdotes ofrecen sacrificios y obtienen el perdón de Dios. Él desearía ser como ellos y experimentar una vez más las bendiciones de estar tan cerca de Dios (Salmo 84:3-4).
El salmista también desearía poder unirse a los que en este momento van en peregrinación a Jerusalén. Ya ha hecho esa travesía antes y sabe que, incluso mientras viajan, la presencia de Dios se encuentra con los peregrinos en el camino. Cuanto más lejos están de casa, más fuerzas les da Dios, haciendo que los caminos secos y peligrosos sean tan fáciles de andar como los senderos de un jardín frondoso y bien regado (Salmo 84:6-7). Pero, al no poder acompañar a sus compatriotas y ver por sí mismo la casa de Dios, le ruega a Dios que proteja al rey, el gobernante que Dios designó para proteger el templo hasta que otros peregrinos como él puedan hacer la travesía (Salmo 84:8-9).
Después de mucho tiempo separado del templo, el salmista sabe que los pocos días que ha pasado en la presencia de Dios son mejores que los miles que ha soportado fuera de ella (Salmo 84:10). De hecho, ¡estar cerca de Dios aunque sea un instante es mejor que mil de cualquier otra cosa! Si pudiera, se contentaría con solo estar de pie cerca del templo de Dios como un siervo, porque Dios es como el sol. Todo el que se acerca recibe calor, bendición y vida (Salmo 84:11). Pero el salmista también sabe que todo aquel que anhela estar con Dios será bendecido por él, a pesar de la distancia.
¿Dónde está el evangelio?
Como el salmista, muchos de nosotros nos sentimos lejos de Dios y nos preguntamos si alguna vez volveremos a experimentar su perdón y su bendición. Por fortuna, Dios respondió al anhelo del salmista, no permitiendo que él y otros peregrinos por fin viajaran al templo, sino enviando a Jesús. Él es el templo definitivo de Dios para ellos. En Jesús, los profundos anhelos del salmista por la presencia, la fuerza y el perdón de Dios encuentran respuesta; no por el celo de un peregrino por el templo ni por su travesía hacia él, sino por el celo de Dios por su pueblo y su travesía hacia él (Juan 6:38).
Jesús nos dijo que él era el templo definitivo de su pueblo (Juan 2:19-21). No porque fuera a convertirse en un edificio, sino porque, en su propio cuerpo, iba a asegurar para siempre lo que el templo y sus sacrificios siempre habían tenido el propósito de dar: a saber, el acceso a la presencia de Dios mediante el perdón que Dios concede a su pueblo. Llegamos a la presencia de Dios no viajando a Jerusalén, sino simplemente pidiéndole al templo de Dios —el Espíritu de Jesús— que venga a nosotros.
El salmista también le pidió a Dios que protegiera al rey para que este pudiera proteger el templo hasta que él llegara allí. Y Jesús es el Rey que protege el templo de Dios para beneficio de peregrinos como nosotros (Hebreos 1:3-4). Jesús el Rey protege el templo muriendo como nuestro sacrificio definitivo. En su muerte en la cruz no solo asegura un perdón y una bendición que la muerte de animales en el templo nunca pudo igualar, sino que además hace que esas bendiciones sean permanentes y eternas (Hebreos 10:4). Pero el Rey Jesús no dejó que el templo de su cuerpo permaneciera muerto: lo resucitó para nunca más morir. Jesús el Rey ha vencido al enemigo definitivo, y su templo jamás volverá a ser amenazado. Eso significa que la presencia de Dios, su bendición y su perdón siempre estarán listos y esperando a quienes quieran recibirlos.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que quiere estar con su pueblo y bendecirlo. Y que puedas ver a Jesús como el Rey y el templo de Dios, quien asegura su presencia y su bendición para siempre.

