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devocional

Zacarías 5-6

La purificación de la tierra

En Zacarías 5-6 vemos que Jesús es el sacerdote-rey coronado que purifica a su pueblo de todo mal y toda avaricia por medio de su sacrificio, y que un día limpiará la Tierra de todo pecado.

¿Qué está pasando?

En una serie de cuatro visiones, Dios le dice al profeta Zacarías cómo piensa purificar a su pueblo y su tierra de su mal y su avaricia.

Primero, Zacarías ve un enorme rollo cubierto de maldiciones contra los mentirosos y los ladrones (Zacarías 5:1, 3). El rollo vuela sobre la tierra, localiza las casas de quienes han abusado del mercado para su propio beneficio y destruye sus hogares. Dios le dice a Zacarías que la avaricia no escapa a su atención y que purificará su tierra de esta clase de injusticia  (Zacarías 5:4). 

La segunda visión de Zacarías es de una canasta que se usaba para pesar el grano y que tiene dentro a una mujer llamada «Injusticia» (Zacarías 5:6-8). Luego la canasta es llevada fuera de Israel, hacia Babilonia. Allí el pueblo le construye un templo y la adora (Zacarías 5:9-11). La canasta de medir llena de injusticia es otra manera de describir las prácticas comerciales indebidas dentro de Israel. La visión promete que Dios purificará su tierra de la avaricia y se asegurará de que las medidas falsas ya no exploten a los pobres. 

Tercero, Zacarías ve cuatro carros de guerra que salen de entre dos montañas de bronce (Zacarías 6:1). Las montañas de bronce se parecen a las columnas que estaban a la entrada del templo de Dios (1 Reyes 7:21). Los conductores de los carros representan la guerra que Dios piensa librar contra la injusticia y la avaricia (Zacarías 6:5-6). Comenzando con su propio pueblo, Dios se propone enviar su ejército y purificar al mundo de todo su mal (Zacarías 6:8).

Después de estas tres profecías sobre la purificación, Dios invita a Zacarías a participar en una de ellas. Manda hacer una corona de oro y plata y la coloca sobre la cabeza de Josué, el sacerdote (Zacarías 6:11). Zacarías proclama: «¡Aquí tienen al hombre!», quien representa al Rey definitivo de Dios (Zacarías 6:12-13). Luego Zacarías toma la corona de Josué para que sea colocada en el templo (Zacarías 6:14). Allí permanece como un recordatorio de que Dios quitará el mal y la avaricia de la tierra cuando un sacerdote que pronto vendrá sea entronizado como rey. 

¿Dónde está el evangelio?

El sacerdote venidero de Zacarías, el que sería coronado Rey, es Jesús. Jesús es quien puede purificar por completo a su pueblo de su avaricia y su mal. 

Cerca del final de su vida, Jesús llega a Jerusalén y descubre que las prácticas comerciales indebidas que una vez fueron enviadas a Babilonia ahora eran adoradas en el templo de Israel. La casa de oración de Dios se había convertido en un templo que adoraba el dinero (Marcos 11:17). Como el rollo que dejaba al descubierto a los avaros y a los fraudulentos, Jesús reprendió a los sacerdotes que administraban el templo y comenzó a derribar la casa que le habían construido a Dios (Marcos 11:15-17). Prometió que reconstruiría un templo mejor en solo tres días (Juan 2:19-21). Y en efecto, unas décadas después el templo fue destruido por completo. Pero Jesús no hablaba solamente de un edificio; también se refería a su propio cuerpo (Juan 2:21). Sí, derribó una institución que se aprovechaba del pueblo de Dios, pero también proveyó un nuevo templo que purificaría a su pueblo de todo mal, toda avaricia y todo pecado. Pero primero, Jesús tenía que ser coronado Rey. 

Enojados por las declaraciones de Jesús, los líderes religiosos lo condenaron a morir en una cruz. Coronado de espinas en son de burla, Jesús fue llevado ante el gobernador Pilato para sellar su destino (Juan 19:2). Pero en lugar de condenar a Jesús, Pilato, igual que Zacarías, anuncia: «¡Aquí tienen al hombre!» (Juan 19:5). Sin proponérselo, Pilato declara que Jesús es el sacerdote y rey que puede purificar a su pueblo. Así que, con la autoridad de un sacerdote, Jesús se ofrece a sí mismo en su cruz como sacrificio para purificar a su pueblo de su pecado. Luego, tres días después, tras resucitar de entre los muertos, Jesús se sienta en su trono y comisiona a sus discípulos para anunciar que su Reino finalmente ha llegado (Marcos 16:19). La avaricia, el mal y el pecado ya no tienen poder sobre el pueblo de Dios, y pronto ya no lo atormentarán más. 

Es evidente que la avaricia, el mal y el pecado todavía existen: no solo como una amenaza para nosotros, sino también dentro de nosotros. Seguimos esperando que el poder del pecado sobre nosotros y sobre nuestras instituciones sea destruido. Y pronto lo será.

Como la corona en el templo, Jesús en su trono nos recuerda que pronto vendrá a purificar a su pueblo y al mundo de todo mal y toda avaricia (Hechos 3:21). Pronto saldrá cabalgando con los ejércitos del Cielo y limpiará la Tierra de los enemigos de Dios, de la avaricia y del pecado (Apocalipsis 19:11,14). Así que, como Zacarías, espera la venida de nuestro sacerdote y Rey Jesús.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que un día purificará al mundo del mal. Y que veas a Jesús como aquel que es tanto sacerdote como Rey de su pueblo.

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