¿Qué está pasando?
Pedro comienza su carta con una buena noticia. Sus lectores gentiles, que antes estaban fuera del pueblo de Dios, ahora han sido escogidos por Dios (1 Pedro 1:1). Estos extranjeros son adoptados y nacidos de nuevo en la familia de Dios (1 Pedro 1:3). Pero esta salvación, garantizada por Jesús y sus sufrimientos, todavía no ha llegado plenamente. Por ahora, el pueblo escogido de Dios debe esperar en el exilio (1 Pedro 1:5). Así que Pedro le dice a su pueblo que se prepare.
Como Israel cuando se preparaba para salir de Egipto y entrar en su nuevo hogar, estos creyentes necesitan «ceñirse los lomos» mientras marchan hacia su nuevo país (1 Pedro 1:13a; Éxodo 11:12). Para Pedro, esto significa tanto comportarse de cierta manera como aferrarse a una esperanza centrada en Jesús. El pueblo de Dios deja de lado las pasiones y preferencias de su antiguo reino, y se reviste de la santidad que exige el Reino de Dios (1 Pedro 1:15). Prepararse también significa que el pueblo de Dios ponga toda su esperanza en toda la buena noticia que Jesús hará realidad (1 Pedro 1:13). Confiar en el Rey Jesús y actuar como ciudadanos del Reino de Dios: así nos preparamos para entrar en nuestro nuevo país.
Pero la vida del extranjero es también una vida de temor (1 Pedro 1:17). No el temor de ser perseguido o de ser diferente (aunque eso es una realidad), sino un temor que nace de saber lo que cuesta la ciudadanía en el Reino de Dios. El pueblo de Dios no es rescatado con algo trivial como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Jesús (1 Pedro 1:18-19). Israel salió de Egipto solo después de pasar bajo los postes de las puertas pintados con sangre (Éxodo 12:7). Y en el camino a su nuevo hogar, tanto judíos como gentiles deben pasar bajo la sombra de una cruz ensangrentada. Los ciudadanos del Reino de Dios son llamados a amar sacrificialmente como su Salvador, y a desechar la clase de mal que clavó a Jesús en la cruz (1 Pedro 1:22; 2:1). Todos los creyentes deben dejar atrás sus antiguas conductas por temor a deshonrar lo que Dios ha hecho por ellos, y aguardar con anhelo una esperanza distinta.
Dios ha sabido «desde siempre» que moriría para rescatar a su pueblo (1 Pedro 1:20). En Jesús sabemos que Dios ha doblado la línea del tiempo de la eternidad y ha sacrificado su cuerpo en beneficio de su pueblo. Esa es nuestra esperanza. Por eso tememos. Por eso debemos actuar como ciudadanos del Reino de Dios mientras esperamos su regreso.
¿Dónde está el evangelio?
Esperar en el exilio como extranjero es difícil. Ser marginado y perseguido por tu lealtad a Jesús, mucho más. Pero Pedro continúa diciendo que hemos nacido de nuevo por la Palabra de Dios, que es inmortal e incorruptible (1 Pedro 1:23). Cita al profeta Isaías, quien dijo que la Palabra de Dios sobreviviría a la nación más poderosa de su tiempo: Babilonia (1 Pedro 1:24). ¡Y en Jesús así ha sido! Ni Babilonia ni Roma pudieron impedir que Dios cumpliera su Palabra. Desde la eternidad pasada, Dios ha escogido a un pueblo para salvarlo al escoger a su Hijo, la Palabra hecha carne, como Rey (Juan 1:14).
Ningún país puede detener a Dios. Y la resurrección de Jesús nos ha repatriado a un Reino donde la muerte está muerta. Por la Palabra y el Hijo de Dios, somos incorruptibles e inmortales. Y esa esperanza de ser incluidos en un Reino eterno debería motivarnos a actuar como si ese Reino ya hubiera llegado.
Con un cambio de metáfora muy abrupto, Pedro nos dice que actuemos como bebés que anhelan la leche (1 Pedro 2:2). La leche es lo que hace madurar a un niño. Y Pedro dice que la manera en que los hijos de Dios maduran en su ciudadanía es anhelando continuamente la buena noticia de lo que Jesús ha hecho por nosotros. Jesús es como una madre que amamanta: se entrega continuamente por el bien de sus hijos. Y como niños, crecemos cuando volvemos, una y otra vez, a aquel que salva y provee.
A menudo pensamos que la manera de dejar atrás nuestras antiguas conductas, de decirle no a nuestro pecado y de esperar nuestra resurrección venidera es arrugando la cara de esfuerzo, haciendo más y esforzándonos más. Pero Pedro dice que madurar como hijo de Dios es tan sencillo como beber, comer y confiar en lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesús.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que nos ha escogido para ser su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que nos salva y nos hace santos.

