¿Qué está pasando?
En el libro de Éxodo, Dios le dice a su pueblo que, si lo obedece, será su posesión preciada y un reino de sacerdotes apartado para bendecir al mundo (Éxodo 19:5-6). Pedro retoma ese antiguo llamado de Dios y lo aplica no solo a Israel, sino a todo el que tiene fe en Jesús. Y Pedro añade que no solo somos sacerdotes reales y posesión preciada, sino también piedras vivas que construyen un nuevo templo (1 Pedro 2:4-5a). En Israel, el templo era un edificio donde la gente ofrecía sacrificios y se encontraba con Dios. Pero ahora el templo es una realidad espiritual en la que hemos sido apartados, como Israel, como nuevos sacerdotes, para sacrificar nuestras vidas y nuestras acciones para bendición de otros (1 Pedro 2:5b).
Este nuevo templo global y en crecimiento comenzó con Jesús. Él es la piedra angular. Sin su sacrificio y su ejemplo, el nuevo plan de Dios de bendecir al mundo por medio de su pueblo se derrumba (1 Pedro 2:6). Pedro dice que somos «piedras vivas» que forman un nuevo lugar de encuentro con Dios, el cual transmite bendición conforme vivimos vidas santas.
Pero este templo vivo que estamos edificando con Dios se construye a través del rechazo (1 Pedro 2:7). Jesús fue nuestro templo, sacerdote y sacrificio, todo en uno, y por eso lo mataron (1 Pedro 2:8). Como nuevos templos escogidos y sacerdotes reales de Jesús, chocaremos con los sistemas religiosos de nuestro tiempo. Como posesión preciada de Dios, llamados a la luz, las tinieblas nos odiarán por anunciárselo a todos (1 Pedro 2:9). Así que ser escogidos por Dios significa ser exiliados y extranjeros (1 Pedro 2:11a). Ser los preciados de Dios significa ser rechazados por el mundo, como lo fue nuestra piedra angular.
Pero así debe ser. Los ciudadanos de un Reino santo resisten las pasiones y los deseos de nuestras antiguas naciones terrenales (1 Pedro 2:11). Y aunque eso traerá persecución e incluso muerte, Jesús nos muestra que vivir como nativos del Reino de Dios, y no como ciudadanos del nuestro, produce vida de entre los muertos (1 Pedro 2:12).
Pedro da entonces tres ejemplos de cómo esta realidad espiritual se vive en la práctica. Sus ejemplos son un ciudadano cristiano confrontado por la autoridad romana, un esclavo cristiano en conflicto con su amo incrédulo y una esposa creyente distanciada de su esposo pagano. Como sacerdotes, ciudadanos y templos del Reino de Dios, son exiliados y extranjeros en su nación, su trabajo y sus matrimonios. Pedro sabe que cada uno sufrirá burla, sufrimiento y distanciamiento. Pero Pedro tiene la esperanza de que las vidas sacrificiales del nuevo pueblo escogido de Dios bendecirán al mundo.
¿Dónde está el evangelio?
El sufrimiento y el rechazo de Jesús condujeron a su resurrección y a nuestra salvación. El exilio de Jesús como nuestro Templo, Sacerdote e Hijo preciado de Dios significa que el mundo entero es bendecido. Pedro sabe que los matrimonios resucitarán (1 Pedro 3:1), que los amos se arrepentirán ante sus esclavos y que los gobiernos se inclinarán cuando los exiliados escogidos de Dios se nieguen a actuar como ciudadanos del mundo y, en cambio, sigan el ejemplo de Jesús.
Aunque Jesús vivió como súbdito de Roma y murió por la acusación de los fariseos, resucitó de entre los muertos porque vivió en obediencia a Dios, y así silenció el poder de Roma y las mentiras de los fariseos (1 Pedro 2:15). Y cuando Jesús sufrió y fue golpeado como un esclavo, ¡no odió a sus perseguidores, sino que ofreció perdón como un sacerdote (1 Pedro 2:22-23)! Por su fidelidad y su sacrificio, los esclavos son hechos justos y sanados de sus cicatrices (1 Pedro 2:24). Y así como Jesús murió para salvar y purificar a su novia, las esposas creyentes pueden ganar a sus esposos con su amabilidad y respeto (1 Pedro 3:1).
Jesús es nuestro ejemplo (1 Pedro 2:21). Jesús nos muestra que cuando el pueblo de Dios se comporta sacrificialmente como exiliados escogidos, sacerdotes reales y pueblo preciado, el mundo es bendecido, nuestros perseguidores son transformados y nosotros nos levantaremos de nuestra humillación.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que nos ha hecho su templo vivo. Y que veas el sufrimiento y la resurrección de Jesús como una esperanza viva, capaz de transformarnos no solo a nosotros, sino también a quienes nos rodean.

