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devocional

Hebreos 12:4-13:25

Soportar la disciplina

En Hebreos 12:4-13:25 vemos que Jesús soportó el sufrimiento para asegurar nuestra santidad y nuestra herencia, y ahora nos invita a una vida en la que el sufrimiento conduce a habitar con Dios para siempre.

¿Qué está pasando?

El capítulo anterior de Hebreos celebró el linaje de israelitas fieles que sufrieron, quienes miraron más allá del dolor pasajero hacia una herencia duradera. Estas personas llevaban las cicatrices de la perseverancia como prueba de que pertenecían a la familia de Dios (Hebreos 11:35-38). Ahora, en los capítulos finales de la carta, el autor anima a sus lectores perseguidos con una verdad más profunda: el sufrimiento no solo los señala como parte de la familia de Dios, sino que los transforma en sus hijos santos, listos para heredar su reino inconmovible.

El autor les dice a sus lectores que soporten las dificultades como disciplina, porque son un acto de amor de su Padre celestial (Hebreos 12:7). La corrección de un padre preparaba a su hijo para la madurez y la responsabilidad. De la misma manera, la disciplina de Dios no es castigo por hacer lo malo, sino entrenamiento para la santidad (Hebreos 12:8-10). El camino del sufrimiento es doloroso y difícil, pero el destino vale la pena. Al perseverar llegamos a ser hijos de Dios que comparten su santidad y su herencia (Hebreos 12:11-14).

Luego el autor comparte la historia de Esaú, tomada de Génesis, como una advertencia seria. Cuando Esaú tuvo hambre, cambió sus derechos de hijo mayor —su herencia legítima como primogénito— por un plato de guisado (Hebreos 12:15-17). No estuvo dispuesto a soportar ni un poco de hambre para recibir su enorme herencia. El autor de Hebreos usa la historia de Esaú para suplicar: no sacrifiques el gozo eterno por un alivio pasajero. Una herencia santa espera a quienes soportan el sufrimiento y la disciplina. 

Esta herencia santa es la vida en la presencia de Dios. Pero esta vida en la presencia de Dios es mejor que cualquier cosa que los lectores judíos del autor hubieran experimentado antes. Para demostrarlo, él trae a colación el relato de la presencia de Dios descendiendo sobre el Monte Sinaí en Éxodo. Allí, Israel fue llevado a un monte temible que se estremecía con la voz de Dios. Allí, el pueblo de Dios temblaba de terror en su presencia (Hebreos 12:18-21). Pero esa no es la herencia santa de la presencia de Dios para quienes perseveran en seguir a Jesús. Nuestra herencia es un lugar de adoración gozosa. No es el Monte Sinaí, sino el Monte Sión. Es la ciudad celestial, llena de ángeles y de personas santas que alaban a Jesús y disfrutan de su gloria (Hebreos 12:22-23). Es un reino inconmovible, a diferencia de los gozos pasajeros de este mundo, destinados a derrumbarse. Sobre todo, nuestra herencia santa es Dios mismo. Él será la recompensa de nuestra perseverancia (Hebreos 13:5).

El llamado es claro. No entregues tu herencia santa por un plato de sopa. Al contrario, persevera con fuerza y sigue corriendo hacia la ciudad eterna, como lo hicieron antes todos tus antepasados en la fe (Hebreos 12:12-13). El sufrimiento y las dificultades no son obstáculos para nuestra herencia santa, sino la manera en que Dios nos hace semejantes a él y nos prepara para alcanzar nuestra herencia santa.

¿Dónde está el evangelio?

Jesús es la prueba de que soportar el sufrimiento conduce a la gloria y a una herencia eterna. A diferencia de Esaú, Jesús se negó a cambiar la promesa de Dios por placeres pasajeros. En cambio, aceptó la disciplina y el plan de su Padre para su vida. Soportó la cruz. Y ahora Jesús está sentado a la derecha de Dios, habiendo heredado todas las cosas (Hebreos 12:2-3). Su sufrimiento no fue en vano; abrió el camino para su exaltación. De la misma manera, nuestro sufrimiento no se desperdicia. Es la disciplina amorosa de Dios que nos prepara para participar de nuestra herencia de santidad y gozo.

En nuestra búsqueda de esta santidad, el autor de Hebreos nos dice que vayamos a Jesús «fuera del campamento». Allí es donde Jesús sufrió: fuera de las murallas de la ciudad, rechazado por los hombres, pero aceptado por Dios (Hebreos 13:13). Es allí, en nuestro sufrimiento, donde nos encontramos con Jesús en el suyo. Porque no solo la disciplina de nuestro Padre nos prepara para nuestra herencia, sino que principalmente es la sangre de Jesús la que nos limpia de nuestros pecados y nos prepara para entrar con él en nuestra herencia. Además, cuando vemos a Jesús sufriendo fuera de las murallas de la ciudad, sabemos que no estamos solos en nuestro sufrimiento. Podemos estar contentos, sabiendo que tenemos lo que más necesitamos y deseamos: la presencia de Dios con nosotros (Hebreos 13:5,6).

Sorprendentemente, este es un privilegio al que los sumos sacerdotes del Antiguo Testamento nunca pudieron acceder. Ellos servían en el lugar santísimo, el epicentro de la presencia de Dios en la Tierra. Sin embargo, en Jesús se nos ofrece una experiencia más íntima de su presencia. Puede que a los sacerdotes se les haya permitido ofrecer sacrificios y comer de ellos en los recintos del templo (Hebreos 13:10-11). Pero ahora, por medio de Jesús, vamos a un lugar aún más santo: el lugar de su sacrificio, del cual podemos comer. Experimentamos una comunión con Jesús que los sacerdotes nunca conocieron. En nuestro propio sufrimiento podemos unirnos a Jesús fuera de las murallas de la ciudad y estar con él, perseverando por nuestra herencia. Jesús no está lejano en nuestras pruebas. Está con nosotros en ellas, formándonos a su santa semejanza y garantizando nuestra herencia.

Como dice el autor de Hebreos, Dios está sacudiendo los cielos y la Tierra para dejar al descubierto lo que es pasajero y dejar en pie lo que es eterno. El mundo se derrumbará, pero nuestra herencia está segura (Hebreos 13:14). Jesús soportó la sacudida definitiva —la muerte en la cruz— para establecer un reino inconmovible (Hebreos 13:20-21). Y ahora nos invita a una vida en la que el sufrimiento conduce a la santidad y nos prepara para habitar con Dios para siempre.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que disciplina con amor a sus hijos. Y que veas a Jesús como aquel que soportó el sufrimiento para asegurar tu santidad y tu herencia.

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