¿Qué está pasando?
El autor de Hebreos les dice a sus lectores que son inmaduros (Hebreos 5:11-12). Puesto que han sido salvados por Jesús, deberían parecerse más a Jesús. Pero a pesar de toda la enseñanza que han recibido, no se parecen más a Dios que cuando lo conocieron por primera vez (Hebreos 5:13-14). El autor quiere avanzar más allá de las verdades fundamentales acerca de Dios —el perdón, la fe y la resurrección— hacia asuntos más maduros (Hebreos 6:1-3). Pero primero advierte a sus lectores sobre el peligro de negarse a crecer y madurar.
Les dice que es imposible que quienes no están llegando a ser como Jesús, después de haber experimentado su bondad, su poder y su gracia, lleguen a ser como él de alguna otra manera (Hebreos 6:4-5). La muerte y la resurrección de Jesús son el único y el mejor medio para cambiar a las personas. Si eso no te cambia, nada lo hará. Exigirle a Dios algo más que su Hijo crucificado es deshonrar el regalo más grande que jamás se haya ofrecido: Jesús y su sacrificio (Hebreos 6:6). Pero, dicho en positivo, es imposible que quienes han recibido a Jesús no lleguen a ser como él. No hay garantía mayor de que maduraremos que el hecho de que Dios nos haya dado a Jesús.
El autor usa una metáfora agrícola para ilustrar este punto. Imagina al mejor agricultor del mundo cuidando una parcela de tierra. La fertiliza, siembra semillas y la riega bien. Esa tierra debería dar fruto (Hebreos 6:7). Pero si, bajo todo ese mismo cuidado, la tierra no da su cosecha, incluso el mejor agricultor sabe que el único recurso es quemarla (Hebreos 6:7-8).
Sin embargo, el autor no piensa que sus lectores sean realmente culpables de este tipo de inmadurez obstinada (Hebreos 6:9). Sabe que han mostrado señales de crecimiento en el pasado. Y ha visto de primera mano su amor por Dios y por los demás (Hebreos 6:10). Esta advertencia no busca hacerlos desesperar, sino animarlos a perseverar y a mantenerse firmes en su esfuerzo por madurar y llegar a ser santos como Jesús (Hebreos 6:11).
Para animar a sus lectores a confiar en que Dios los hará madurar a la semejanza de Cristo, el autor les recuerda a Abraham, a quien les dice que imiten (Hebreos 6:12). Dios le dijo a Abraham que haría madurar su linaje hasta convertirlo en una descendencia que bendeciría al mundo con la semejanza de Dios. Aunque por años su tierra parecía estéril, Abraham confió en que Dios la llevaría a la madurez y a dar fruto (Hebreos 6:13-15). Para confirmarlo, Dios le dio a Abraham una promesa doble. Primero, es Dios quien hizo la promesa, y Dios no puede mentir. Segundo, aunque no puede mentir, Dios juró por sí mismo que su promesa se cumpliría. Abraham maduró perseverando en su confianza en la promesa inmutable de Dios (Hebreos 6:16-18). Los hebreos también, como herederos de Abraham, madurarán de la misma manera: aferrándose a la promesa inquebrantable de que Dios nos hará semejantes a él (Hebreos 6:19-20).
¿Dónde está el evangelio?
A menudo, cuando leemos pasajes como este, nos asustan. Nos preguntamos si hemos madurado lo suficiente para recibir las bendiciones de Dios, o nos inquieta pensar si nos hemos negado obstinadamente a madurar demasiadas veces y ahora estamos más allá de la gracia de Dios. Pero es en estos momentos cuando debemos escuchar las palabras de Hebreos. Tenemos una esperanza firme, segura e inamovible (Hebreos 6:19). Esta esperanza no es una ilusión ni consiste en ignorar nuestros intentos fallidos de madurar. Nuestra esperanza está anclada en las promesas, los propósitos y las obras de Jesús.
Como muestra el autor de Hebreos, no hay garantía mayor de que Dios te hará madurar a la imagen de Jesús que Jesús mismo. Dios lo prometió con un juramento inquebrantable a Abraham. Lo firmó con sangre en la cruz. Y Jesús ha llevado esa promesa hasta el trono de Dios en el Cielo (Hebreos 6:20). Sabemos que maduraremos a la imagen de Jesús por el lugar donde él está ahora mismo. Él está con Dios, y nosotros también lo estaremos.
Así que, con todas las bendiciones del Cielo garantizadas, somos invitados a madurar. Podemos apoyarnos en la promesa de Dios de hacernos cada vez más semejantes a él en su rectitud, su bondad, su santidad y su gracia. El mejor agricultor del mundo está cuidando el campo de tu vida. Jesús está regando, sembrando y recogiendo una cosecha en ti. Lo que Jesús siembra en ti es a sí mismo. Por eso es imposible que él no crezca también en ti.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que hace promesas inquebrantables. Y que puedas ver a Jesús como aquel que garantiza esa promesa con su vida.

