¿Qué está pasando?
Israel debía salvar a las naciones, no depender de ellas para su salvación. Dios había llamado a Jerusalén, la capital de Israel, a ser una ciudad en lo alto de un monte que invitara a todas las naciones del mundo a venir y vivir en la luz y la protección de Dios (Isaías 2:1-5). Pero cuando el reino de Asiria comenzó a devorar naciones enteras en su conquista militar, Jerusalén, aunque era una cumbre imponente, no levantó la mirada hacia Dios en busca de ayuda. En cambio, miró hacia abajo, hacia las llanuras de Babilonia y las costas de Tiro. El profeta Isaías les recuerda a los habitantes de Jerusalén cuál es su propósito y que solo Dios puede salvarlos. Profetiza que el poder militar de Babilonia caerá y que la economía de Tiro se derrumbará. Y entre estas dos potencias, Isaías se dirige a la ciudad de Jerusalén, cuya confianza mal puesta la ha convertido de un monte de salvación en un valle de destrucción.
El poderío militar de Babilonia y el comercio marítimo de Tiro están condenados a caer y son incapaces de salvar al pueblo de Dios. De hecho, esas naciones no pueden salvarse ni a sí mismas. Dios le muestra a Isaías la visión de un ejército poderoso que marcha contra Babilonia y que rápidamente la reducirá a escombros (Isaías 21:1-9). Después de la caída de Babilonia, esos veloces atacantes destruyen también a todos sus aliados (Isaías 21:11-17). El mensaje es claro: las naciones en las que Israel confiaba están condenadas a derrumbarse. Isaías profetiza entonces la caída de Tiro (Isaías 23:1-5). Advierte a Jerusalén que tampoco la riqueza de Tiro podrá salvarla. Al igual que el fin repentino que sobrevino a Babilonia y a sus aliados, las flotas de Tiro pronto se hundirán y su economía colapsará (Isaías 23:6-14). Dios es la única esperanza de Jerusalén. Jerusalén debe buscar la salvación en Dios y no en naciones condenadas que no pueden salvarse a sí mismas ni a sus aliados.
En medio de la denuncia contra las potencias condenadas de la tierra y del mar, Isaías denuncia a Jerusalén por rechazar su llamado. La ciudad del monte, la ciudad de la luz y la salvación de Dios, se ha convertido en un valle de oscuridad y destrucción, igual que las naciones a las que debía salvar. En lugar de llamar a las naciones a la luz de Dios, se habían unido a las naciones en su oscuridad. La ironía es enorme: el monte de Jerusalén se ha vuelto un valle. Sus líderes confían en naciones arruinadas y en murallas derruidas antes que en la protección del Dios todopoderoso (Isaías 22:8-11). En un día de desastre, celebran un día de banquete (Isaías 22:1-7). Afirman que pueden ver, pero su vista no es mejor que la de alguien atrapado en un pozo. El mayordomo de Jerusalén está tan ciego como aquellos a quienes debía guiar. Ha dado el mandato de que se excave su futura tumba real, sin darse cuenta de que será llevado al exilio mucho antes de poder usarla (Isaías 22:15-16). Isaías advierte que este mal mayordomo arrastrará consigo a toda la ciudad. Será reemplazado por un mayordomo mejor, que cargará con el peso de levantar a Jerusalén de nuevo a la altura de su llamado (Isaías 22:17-25). Como una estaca o un clavo bien afirmado, de este líder colgará el llamado restaurado de Jerusalén y la esperanza del pueblo de Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Jesús cumplió todo aquello que los líderes de Jerusalén no lograron ser. Él es la luz del mundo, que brilla en la oscuridad más profunda (Juan 8:12). En su ministerio, Jesús no solo encarnó el llamado de Israel de llevar luz a las naciones, sino que lo amplió. Ministró a la gente de Tiro, cuya riqueza no podía salvarla (Mateo 15:21-28; Lucas 6:17-18). Sanó tanto a gentiles como a judíos, proclamando que el reino de Dios es para todas las naciones. Cuando Jesús llamó a sus seguidores a ser una ciudad en lo alto de un monte, les dio el mismo llamado que Jerusalén había abandonado: confiar en Dios y ser un faro de salvación para el mundo (Mateo 5:14; Juan 14:1). Mientras Israel miraba a los ejércitos de Babilonia y a las flotas de Tiro, Jesús le dijo a su pueblo que lo mirara a él.
Pero Jesús hizo más que enseñar y sanar: cumplió la visión de Isaías al derrotar a los poderes que amenazan con devorarnos a todos. Las amenazas del pecado, la muerte y un mundo quebrantado se ciernen sobre cada ser humano como los ejércitos imparables de Asiria. Pero Jesús salió a batallar contra estos enemigos. Llevó luz al valle más oscuro de todos, donde no podía existir ninguna visión: la tumba misma. Y cuando los poderes del pecado y de la muerte creyeron haberlo vencido, Jesús salió del sepulcro y ascendió al trono más alto (Hechos 2:24). Él es el Rey fiel, la estaca firme, aquel de quien podemos colgar todas nuestras esperanzas (Isaías 22:23). Jesús no es como los poderes condenados de la fuerza militar, la estabilidad económica o la muerte. Él es más fuerte y más confiable, y nunca fallará. No solo nos restaura a la cima del monte; nos sostiene allí para siempre.
Jesús nos invita a ser esa ciudad en lo alto de un monte para la que él nos creó. En él somos hechos la luz del mundo, apartados para llamar a otros a salir de sus valles de oscuridad y destrucción, tal como Jesús nos ha llamado a salir de los nuestros (Colosenses 1:12-14). Esta es la visión que Jesús traza para su pueblo: confiar en él, y no en los poderes de este mundo. Comparte su luz y el poder de su resurrección en un mundo que los necesita desesperadamente.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es digno de confianza. Y que veas a Jesús como la luz del mundo, quien venció la oscuridad de la muerte y llevó a su pueblo a su reino de luz.

