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devocional

Salmo 15

¿Quién puede vivir con Dios?

En el Salmo 15 vemos a Jesús como el único que está calificado para entrar en la presencia de Dios.

¿Qué está pasando?

Este salmo comienza con una pregunta sobre quién puede habitar con Dios (Salmo 15:1). El resto del salmo es la respuesta que David da a su propia pregunta.

Las personas que pueden entrar en la presencia de Dios son justas (Salmo 15:2a), honestas (Salmo 15:2b),  de lengua limpia (Salmo 15:3a), amorosas (Salmo 15:3b) y compasivas (Salmo 15:3c). Odian el mal (Salmo 15:4a) y temen a Dios (Salmo 15:4b). Las personas que experimentan la presencia de Dios tienen integridad (Salmo 15:4c), son generosas (Salmo 15:5a) y protegen al inocente (Salmo 15:5b).

En resumen, las personas que pueden acercarse a Dios son las que lo sirven de verdad. Dios busca personas que guarden su ley, reflejen su carácter y busquen la santidad. 

Esta oración probablemente se elevaba cuando los israelitas hacían peregrinaciones al templo durante ciertos días santos (Deuteronomio 16:16). Por eso David habla de hospedarse en la tienda de Dios y de habitar en su santo monte (Salmo 15:1). Y mientras avanzan en su travesía, este salmo anima a los peregrinos a recordar que solo quienes sirven a Dios de todo corazón tienen acceso a él. 

La esperanza es que este cántico los lleve al arrepentimiento. Si hay maldad en ellos, pueden corregirla antes de llegar al templo y hacer expiación por ella mediante un sacrificio una vez que lleguen.   

El último versículo del salmo dice que quienes conservan las características descritas antes nunca serán movidos (Salmo 15:5c). Es un recordatorio implícito de que quienes lo sirven de verdad nunca serán movidos de la tierra de Israel, mientras que quienes no obedecen su ley serán removidos (Levítico 26:5,33). 

¿Dónde está el evangelio?

Este salmo presenta una pregunta que toda persona en la Tierra debería hacerse: ¿viviré con Dios para siempre? Estar en la presencia de Dios no es solo una experiencia espiritual, sino la mejor realidad posible en la que podemos vivir. El salmo siguiente dice que Dios nos llenará «de alegría» en su «presencia» y «de dicha eterna» a su «derecha» (Salmo 16:11, NVI). 

Así que, como los peregrinos que escucharon este salmo por primera vez, nosotros también deberíamos usarlo para reflexionar sobre el estado de nuestro propio corazón. ¿Andamos de manera irreprochable, hablamos con verdad, nos abstenemos del chisme y de los insultos, odiamos el mal y amamos bien? ¿Cumplimos los requisitos que se presentan en el Salmo 15, los cuales nos permitirían acercarnos a Dios? 

Pues bien, el salmo que antecede a este nos da la respuesta: «No hay uno solo que haga lo bueno» (Salmo 14:1). Como dice el Apóstol Pablo, no hemos alcanzado el glorioso carácter de Dios y no merecemos estar cerca de él (Romanos 3:23). 

Pero allí también está nuestra esperanza. Cuando vemos cuánto nos quedamos cortos y se lo confesamos a Dios, Jesús se ofrece a darnos su perfección y los requisitos que él sí cumplió.

Jesús es el Señor en el tabernáculo. Él es el Dios que habita en el santo monte del Cielo. Él cumplió perfectamente los diez requisitos de este salmo. Jesús tiene la autoridad para determinar quién adora en su presencia. 

Pero Jesús, quien una vez estuvo perfectamente en la presencia de Dios, la dejó. A su vez, la presencia de Dios lo abandonó. Fue echado fuera de la ciudad, lejos del santo monte, para morir en una cruz (Hebreos 13:12). Pero murió en nuestro lugar. Jesús usó su autoridad para asumir la responsabilidad por las maneras en que nos quedamos cortos. Al hacerlo, quitó el castigo que separa a pecadores como nosotros de la presencia de Dios (Efesios 2:13). 

Cualquiera que confíe en Jesús será tratado como si fuera Jesús (2 Corintios 5:21). Igual que Jesús, resucitaremos de entre los muertos, y un día la última línea del Salmo 15 será verdad para nosotros. Habitaremos con Dios para siempre (Apocalipsis 21:3). 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuya presencia es nuestro mayor tesoro. Y que veas a Jesús como aquel que nos lleva a la presencia de Dios.

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