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devocional

Salmo 47

Dios es Rey sobre todo

En el Salmo 47 vemos que Jesús es el rey aclamado que es, a la vez, descendiente de Abraham y Dios mismo.

¿Qué está pasando?

El Salmo 47 invita al mundo entero a la ceremonia de coronación del Dios de Israel. Se les dice a todas las naciones que aplaudan porque Dios está por ser coronado Rey (Salmo 47:1). Y se le pide a cada país que grite de júbilo porque Dios reina sobre «toda la tierra» (Salmo 47:7), «todas las naciones» (Salmo 47:1) y todos los «reyes» (Salmo 47:9). Pero el Rey de Dios no es un monarca global, sino un rey israelita. 

Dios ha entrado en una relación especial con una nación, Israel, por medio de un hombre llamado Jacob y de su padre Abraham (Salmo 47:4). A través de su familia y de la nación que ellos formarían, todo el mundo sería bendecido (Génesis 12:3). El salmista alaba a Dios porque sabe que, mediante el ascenso del Rey de Israel, todas las naciones serán bendecidas y todas las naciones inevitablemente alabarán a Dios.

La coronación comienza con gritos y con el sonar de las trompetas (Salmo 47:5). En el libro de Samuel se usa esta misma descripción cuando el símbolo de la presencia de Dios, el arca del Pacto, entra por primera vez en Jerusalén (2 Samuel 6:15). Es una manera de señalar que el rey que toma el trono no es un monarca más, ¡sino Dios mismo!  (Salmo 47:7). Dios está tomando el trono que le corresponde, no solo en Israel, sino sobre toda la tierra (Salmo 47:8). 

Y al tomar su trono, los nobles de todo el mundo reconocen la soberanía y la divinidad del Dios-Rey de Israel. Todas las naciones son reunidas y todos los pueblos se convierten en un solo pueblo nuevo, bajo un nombre nuevo: «el pueblo del Dios de Abraham» (Salmo 47:9). La promesa que Dios les hizo a Jacob y a Abraham finalmente se cumple, y el mundo es bendecido cuando Dios toma el trono que le corresponde. 

¿Dónde está el evangelio?

Dios siempre planeó que, por medio de un descendiente de Abraham y de Jacob, un Rey reinaría sobre toda la tierra. Ese descendiente real es Jesús. Él merece ser alabado como el Rey verdadero, porque Jesús es el legítimo heredero del trono de Israel en virtud de la sangre de Jacob y de Abraham que corre por sus venas (Mateo 1:1-2). Pero Jesús también merece ser coronado Rey porque él es la presencia de Dios en la carne (1 Timoteo 3:16). Así como se celebró al arca cuando ocupó su lugar en Jerusalén, Jesús merece aún más aclamación, porque él es Dios mismo (Hebreos 1:2). Jesús es el legítimo Rey tanto de Israel como del mundo. Todas las naciones son llamadas a inclinarse ante él.

Ni siquiera los enemigos de Jesús pudieron escapar de lo inevitable: caer en adoración ante Jesús, el Rey. Sus acusadores lo llaman «Hijo de Dios» para incriminarlo (Mateo 26:63-64). Los reyes de Roma lo declaran inocente de todo delito (Lucas 23:14). Los soldados de las naciones le dan a Jesús una corona, un cetro y un manto de color real mientras se inclinan ante el verdadero «Rey de los judíos» (Mateo 27:28-29). Por fin es levantado, elevado a un trono que resulta tener la forma de una cruz, con su título eterno, «Rey», inscrito sobre él (Mateo 27:37). Y como prueba de la adoración inevitable que las naciones ofrecerán al Rey verdadero de Israel, un guardia romano es uno de los primeros ciudadanos del nuevo Reino de Jesús (Marcos 15:39). El Reino que antes estaba reservado para los hijos de Jacob se abre gratuitamente a todos los que se inclinan ante él (Romanos 10:13). 

Y mediante la coronación de Jesús, que resulta ser una crucifixión, Jesús se sienta en un trono eterno (Efesios 1:19-20). Y lo que alguna vez se dijo como ironía se vuelve realidad. Gente de toda tribu, nación y lengua canta ahora mismo, y cantará para siempre, las alabanzas del Rey que murió para hacer ciudadanos suyos a todos los pueblos (Apocalipsis 7:9). 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que gobierna y reina como Rey. Y que veas a Jesús como digno de tu alabanza, porque ha tomado su trono por encima de toda la tierra.

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