¿Qué está pasando?
Israel está bajo ataque y el compositor, Asaf, le pide a Dios que rescate a su nación débil de sus enemigos fuertes (Salmo 83:1). Los enemigos de Israel no solo son fuertes, también son feroces. Son como animales que gruñen, bufan y escarban la tierra (Salmo 83:2). Durante años han tramado este momento. Han reunido un eje de reyes y naciones para borrar por fin a Israel del mapa (Salmo 83:3-5). Una nueva coalición de los enemigos históricos de Israel, que se remonta hasta el comienzo de la Biblia, se ha unido contra ellos (Salmo 83:6-8). Y para Asaf, esto no es solo otra batalla geopolítica; representa una batalla espiritual. Las fuerzas imparables de la Muerte y el Mal marchan hacia Israel. Las probabilidades de que Israel sobreviva son mínimas, pero el compositor sabe que las probabilidades no son obstáculo para Dios. A lo largo de su historia, Dios siempre ha usado a los débiles para derribar a los fuertes.
Él recuerda cuando el general cananeo Sísara oprimía a Israel bajo las ruedas de sus 900 carros de hierro (Jueces 4:1-3), y cómo Dios levantó a una mujer llamada Jael, quien con una estaca de tienda y un tazón de leche le aplastó el cráneo a Sísara y puso fin a su régimen (Salmo 83:9-10). Asaf también recuerda cómo los innumerables ejércitos de Madián cayeron ante Gedeón, el líder renuente de Israel (Salmo 83:11-12; Jueces 7:1-8:21), y cómo Gedeón obligó a Madián a rendirse y libró a Israel de su crueldad, armado con nada más que unas trompetas y unos frágiles cántaros.
Dios es un Dios que humilla a los fuertes usando a los débiles. Así que Asaf le pide a Dios que convierta a las naciones fortificadas en zarzas que ruedan, que haga a los ejércitos poderosos como leña seca frente al fuego, y que deje al descubierto a los reyes soberbios como simples barquitos atrapados en un huracán (Salmo 83:13-15). El compositor no solo quiere que sus enemigos sean derrotados; quiere que sean avergonzados y humillados. Quiere que su poder sea derribado por lo que menos esperan. Quiere que sean avergonzados para que sepan que Dios reina sobre toda la tierra (Salmo 83:16-18).
¿Dónde está el evangelio?
El pueblo de Dios siempre estará bajo ataque. Jesús prometió que así sería (Juan 15:19-20). Pero la buena noticia es que, aunque nuestros enemigos parezcan demasiado poderosos para ser derribados, Dios promete humillar a los fuertes venciéndolos con debilidad. Mientras la tierra, a lo largo de todos los tiempos, ha reunido sus hordas y ha armado sus ejércitos, Dios envió a un niño para derrotarlos. A diferencia de los ejércitos de este mundo, Dios se desarmó de su poder cósmico y se hizo un hombre llamado Jesús que nació para morir (Filipenses 2:7).
Como Jael con su humilde estaca de tienda y Gedeón con sus frágiles cántaros, Dios usó la muerte de Jesús para humillar a un imperio —no a Canaán, ni a Madián, ni a Roma— sino a las amenazas espirituales de la Muerte y el Mal, que siempre han oprimido y matado cruelmente al pueblo de Dios. Jesús humilló a la muerte no evitándola, sino absorbiendo toda la furia que la muerte y el sepulcro pudieron reunir, para luego resucitar de su tumba. Dios desarmó al imperio supremo no con una demostración explosiva de poder geopolítico, sino como un carpintero judío sin poder alguno. En Jesús, la muerte y quienes la empuñan no solo son derrotados: son humillados (Colosenses 2:12).
El mundo y todo lo que Dios ha planeado para él pertenecen a los humildes, a los quebrantados y a los pobres (Mateo 5:3-10). La muerte de Jesús ha asegurado esta verdad para siempre. Ha amanecido una nueva era de vida eterna y victoriosa, y los poderes de nuestro mundo no pueden hacer nada para detenerla (Gálatas 1:3-5). Y si Dios no se avergonzó de hacerse niño, tampoco se avergonzará de incluir en su Reino venidero a personas débiles y humildes como nosotros.
Compruébalo tú mismo
Así que oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que reina sobre toda la tierra. Y que veas a Jesús como aquel que murió para avergonzar a los fuertes e incluir a los débiles en su Reino.

