¿Qué está pasando?
Juan acaba de animar a siete iglesias a permanecer fieles a Jesús a pesar de la persecución que sufren (Apocalipsis 2:1-3:22). Para animarlas aún más, Juan comparte una visión de la sala del trono de Dios y del plan de Dios para salvar a su pueblo, juzgar el mal y traer su Reino a la tierra (Apocalipsis 4:1-2).
Sentado en su trono, Dios resplandece como el jaspe y el rubí, piedras preciosas tradicionalmente asociadas con la realeza. Sobre él hay un arco iris que brilla como una esmeralda pulida, símbolo de su autoridad para traer una Nueva Creación, como lo hizo después del diluvio. A su alrededor hay 24 ancianos que llevan coronas de oro, símbolo de aquellos que, siendo fieles a Dios, han vencido la muerte junto con Jesús (Apocalipsis 4:3-4). Y delante de él hay un mar de cristal que simboliza que las fuerzas del caos se someten a su poder (Apocalipsis 4:5-6). Cada detalle comunica que Dios es el Rey del universo y que es muchísimo más poderoso que cualquiera de sus perseguidores (Apocalipsis 4:3-6).
En respuesta, las criaturas tanto de la tierra como del cielo honran y adoran al Rey del universo. Cuatro criaturas ubicadas en cada esquina del trono de Dios se inclinan ante él. Todas tienen seis alas y están llenas de ojos; una tiene rostro de buey, mientras que las otras se parecen a un león, a un águila y a un ser humano. Juntas representan a todos los seres vivientes que proclaman que su Creador es santo, poderoso como nadie y eterno (Apocalipsis 4:6-8). Y cuando las criaturas se inclinan, los 24 ancianos que gobiernan junto a Dios se quitan las coronas, las ponen a los pies de Dios y adoran a su Creador (Apocalipsis 4:9-11).
Mientras estas criaturas adoran a Dios, Juan nota que en la mano derecha de Dios hay un rollo cerrado con siete sellos de cera. Dentro hay un edicto real que anuncia los nombres de todos los fieles que fueron muertos y a quienes Jesús, el Rey, resucitará (Daniel 12:1-4). Pero nadie en el cielo ni en la tierra, ni vivo ni muerto, es digno de abrir el rollo (Apocalipsis 5:1-4). Juan llora, hasta que alguien le dice que un rey acaba de regresar victorioso de la guerra y ha sido hallado digno (Apocalipsis 5:5). Pero cuando mira para ver a este rey conquistador, ve a un Cordero sacrificial que sangra, de pie delante del trono de Dios. El Cordero toma el rollo, se sienta en un trono a la derecha de Dios, y todos los seres del cielo cantan que por fin el rollo puede abrirse y leerse. Con el Cordero sacrificado y, sin embargo, resucitado en el trono, el Reino de Dios puede venir (Apocalipsis 5:6-10).
¿Dónde está el evangelio?
El Cordero sacrificial que sangra es Jesús. Jesús es digno de romper los sellos y anunciar la resurrección de los muertos, porque él es el primero que ha vencido la muerte y ha resucitado de la tumba (Apocalipsis 5:9-10). La muerte sacrificial de Jesús fue la inauguración de un Reino en el que todos los que mueren siéndole fieles resucitarán y reinarán con él, tal como él resucitó y ahora reina. En respuesta, todos los ángeles del cielo rodean a las cuatro criaturas y a los 24 ancianos, y comienzan a cantar que Jesús, el Cordero sacrificado, es digno de ser adorado como el Rey del universo (Apocalipsis 5:11-13). Jesús es Dios, y Dios ha muerto para resucitar a todos los que mueren siéndole fieles.
Como Juan, cuando vemos nuestro mundo con todo su caos, guerra y mal, es fácil llorar. No hay poder en la tierra capaz de corregir todo lo malo que hemos visto ni de traer todo lo que Dios ha prometido que algún día será realidad. Pero hay una visión que puede secar nuestras lágrimas y nuestra desesperanza. Jesús está vivo y reina en el trono de Dios. Porque él vive y reina, podemos cantar incluso entre lágrimas (Juan 16:33). La visión de Juan nos muestra que, aunque muramos, reinamos, porque Jesús, un Cordero que una vez fue sacrificado y que sangra, está entronizado. Él demuestra que los que fueron sacrificados reinan a la derecha de Dios. Y él es lo bastante poderoso y digno para acabar con el mal de nuestro mundo y traer su Reino a la tierra.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es Rey. Y que puedas ver a Jesús, quien es digno de reinar porque su sangre ha comprado gente para su Reino eterno y porque ha resucitado de entre los muertos.

