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devocional

Apocalipsis 21-22

La nueva creación

En Apocalipsis 21-22 vemos que Jesús ha unido el Cielo y la Tierra para que seamos unidos a él como una esposa se une a su esposo y como una ciudad recibe a su Rey, habitando con Dios para siempre.

¿Qué está pasando?

Juan acaba de ver al Rey Jesús preparar el universo para la re-creación. Él ha derrotado a los poderes que llevaron a su mundo a la des-creación, y ahora rehará el mundo, liberándolo de todo lo que quiera deshacerlo otra vez. A lo largo de Apocalipsis, Juan ha visto a santos asesinados en la Tierra reinando en el Cielo con Jesús. Pero ahora, en la aparición final de Jesús, ve que el reinado de Jesús desde el Cielo llega a la Tierra con sus santos. En esta visión, Juan ve cuadros e imágenes tomados de la Biblia hebrea, todos cobrando vida a su alrededor. Estas imágenes no describen cómo se ve la nueva creación, sino cómo es.  

Juan ve lo que no habrá en el reino de la nueva creación. Nota que ya no hay mar. El mar era el ámbito del caos que Dios ordenó por primera vez al principio de la creación (Génesis 1:1-10). Ahora ya no se puede hallar ningún agente de caos y de muerte. En esta nueva creación no habrá nadie que asesine, mienta, abuse o nos aparte de Dios. Su nueva creación estará libre de todo acto impío que daña a las personas y a su mundo (Apocalipsis 21:8; 22:15). Nadie se lamentará ni llorará, porque no se permitirá entrar a ninguna cosa impura que traiga muerte para hacerles daño (Apocalipsis 21:4). Por eso Juan ve que las puertas de esta nueva creación están siempre abiertas: porque no hay amenaza de mal ni de oscuridad de la cual protegerse (Apocalipsis 21:25). Lo único que entrará en la nueva creación son las naciones que han jurado lealtad al Rey Jesús (Apocalipsis 21:26). 

Juan ve cómo será la nueva creación. Ve la nueva creación como una ciudad que parece una novia, y como una novia que parece una ciudad (Apocalipsis 21:2, 9-10). La ciudad señala al tan esperado Reino donde Dios habitará y reinará con su pueblo. La novia señala a la tan esperada Boda donde Dios se unirá para siempre con su amada. La ciudad es una novia porque está formada por personas. La novia es una ciudad porque es el lugar donde habitamos con Dios. Las puertas y los cimientos de la ciudad llevan los nombres de las doce tribus de Israel y de los doce apóstoles de la iglesia (Apocalipsis 21:12-14). Mientras tanto, la novia lleva el nombre de Dios (Apocalipsis 22:4). La ciudad de Dios está marcada con los nombres de las personas, y las personas de la ciudad están marcadas con el nombre de Dios (Apocalipsis 22:4). Este es el cumplimiento de las joyas que llevaba el sumo sacerdote de Israel, las cuales estaban marcadas con los nombres de las tribus de Israel (Éxodo 28:9-21). Esas joyas entraban a la presencia de Dios una vez al año. Ahora las joyas adornan la ciudad misma de la presencia eterna y sin fin de Dios (Apocalipsis 21:19-21). Asombrosamente, la ciudad se describe como un cubo perfecto, reflejando la forma cúbica del lugar santísimo en el templo de Israel, que albergaba la presencia y el trono de Dios (Apocalipsis 21:15-16; 1 Reyes 6:20). En la nueva creación, la ciudad-novia de Dios cumple el papel de los sacerdotes y del templo de Israel al convertirse en el lugar santísimo en el que él habita. 

El centro de la visión de Juan es Jesús mismo, que viene a habitar con su novia eterna en su ciudad eterna. Jesús convierte a su novia en un hogar y luego hace su hogar con su novia (Apocalipsis 21:3). La presencia resplandeciente y gloriosa de Dios, que se vio cuando llenó el templo de Israel, ahora llena a su ciudad-novia (Apocalipsis 21:11, 23). La gloria de Dios en Jesús habitará con su pueblo y en su pueblo como su ciudad para siempre. Y todos los que habiten allí contemplarán lo que toda la creación ha anhelado ver: el rostro de Dios revelado en el rostro humano y glorificado de Jesús (Apocalipsis 22:4).  

¿Dónde está el evangelio?

El final de la Biblia cumple su comienzo. La historia de las Escrituras empieza con la humanidad en un jardín con Dios (Génesis 1-2). Allí, en Edén, el Cielo y la Tierra se superponían. Pero en aquel Edén había día y había noche, lo cual representaba la oscuridad que todavía debía ser hecha retroceder. La humanidad llegó a ser como esa oscuridad y fue expulsada fuera del alcance de la vida eterna con Dios, representada en el árbol de la vida (Génesis 3:22). Pero ahora, en el nuevo Jardín, no hay noche, solo la luz eterna de Dios. Todas las naciones pueden ahora acercarse al árbol de la vida porque han llegado a ser luz como Dios. Y esto es porque la luz del Cielo entró en la oscuridad de la Tierra. Esta luz del Cielo, que ninguna oscuridad puede hacer retroceder, es Jesús (Juan 1:4-5; 8:12).

La unión del Cielo y la Tierra fue lograda por Jesús. Como Dios, trajo el Cielo a la Tierra para que, como hombre, pudiera llevar la Tierra al Cielo. En la encarnación de Jesús, Dios trajo el Cielo a la humanidad. En la ascensión de Jesús, Dios llevó a la humanidad al Cielo. Jesús es Rey tanto del Cielo como de la Tierra. Todas las cosas en el Cielo y en la Tierra son suyas. Esto es especialmente cierto de su novia, la iglesia. Cuando venga su Reino de nueva creación, seremos unidos a él como una esposa se une a su esposo y como una ciudad recibe a su Rey. En Jesús, el jardín del Edén se convierte en una ciudad perfecta de vida donde la novia y su novio reinan juntos para siempre. 

El libro de Apocalipsis fue escrito para animar a la iglesia perseguida a soportar la hostilidad de las naciones y a deshacerse de todas sus impurezas. Esto es así porque se están preparando para un día de boda y necesitan estar listos (Efesios 5:25-27). Juan ha mostrado que la muerte de los santos no les impide experimentar a Jesús, sino que es el medio para unirse a él en su reinado. Para animar a sus santos perseguidos y perseverantes, Jesús dice que viene pronto. El tan esperado Rey y el tan esperado Esposo regresa para reinar en su ciudad y vivir con su novia (Efesios 5:31-32). La esperanza de este reino lleno de vida y vencedor de la muerte es lo que la iglesia perseguida necesitaba escuchar. También es lo que nosotros necesitamos hoy. Debemos poner nuestra esperanza en la ciudad que Dios nos está preparando para gobernar y en la novia que él nos está preparando para ser (Hebreos 11:16, 35-38). Que hagamos, entonces, todo esfuerzo por perseverar, sabiendo que todos los que lo hagan se unirán a esta ciudad y serán parte de esta novia (Hebreos 12:1-3). Que estemos tan listos para ese día que digamos, junto con el Espíritu y con todos los que han perseverado antes: «Ven, Rey Jesús». 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que se propone vivir con nosotros para siempre. Y que veas a Jesús, quien promete venir pronto. 

Amén. Ven, Señor Jesús.

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