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devocional

Salmo 13

¿Hasta cuándo, SEÑOR?

En el Salmo 13 vemos que ni nuestras circunstancias ni nuestros enemigos definen los términos ni el alcance del amor de Dios. Pero la muerte y la resurrección de Jesús sí lo hacen.

¿Qué está pasando?

Este salmo de David trata sobre la experiencia del ocultamiento de Dios: esos momentos en que la vida es tan difícil que Dios parece estar ausente.

David pregunta hasta cuándo Dios lo olvidará y le esconderá su rostro (Salmo 13:1). Su corazón está lleno de tristeza porque sus enemigos lo oprimen (Salmo 13:2). Esos opresores incluso celebran las cosas malas que le suceden (Salmo 13:4).

Cuando las cosas se ponen así de mal, es común que pensemos que Dios nos ha abandonado. Como David, la manera más natural de procesar nuestra experiencia es cuestionar a Dios: «¿Dónde estás? ¿Por qué no actúas? ¿Por qué permites que esto ocurra?».

Pero si Dios permanece en silencio, como David, lo único que podemos hacer es pedirle a Dios que actúe a nuestro favor (Salmo 13:3).

A pesar de su experiencia, sus emociones y sus suposiciones, David se aferra a la verdad de quién es Dios. El salmo termina con una confesión de confianza. David dice que confía en el gran amor de Dios (Salmo 13:5). La palabra que se traduce como «gran amor» no describe las emociones de Dios, sino su leal compromiso de pacto con Israel y con David.

Dios le hizo promesas a su pueblo en el pasado, y David se aferra a esas promesas cuando todo lo demás se derrumba. Recuerda cómo Dios lo ha tratado con generosidad a él y a su pueblo, y eso lo lleva a cantar alabanzas a Dios en medio de la tristeza (Salmo 13:6).

¿Dónde está la buena noticia?

Jesús mismo también experimentaría ese ocultamiento que vivió David.

Jesús fue asesinado en una cruz por sus enemigos, aunque no hizo nada para merecerlo. En su momento más oscuro, Jesús oró las palabras del Salmo 22:1: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Esto no era una declaración de que Dios lo había abandonado, sino un clamor fiel arraigado en las Escrituras. Igual que David en el Salmo 13, Jesús ponía nombre a su angustia mientras al mismo tiempo se encomendaba al amor de pacto de Dios.

El Salmo 22 no termina en desesperación, sino en la confianza de que Dios escucha, libra y será alabado entre las naciones (Salmo 22:24-27). Al citar su primera línea, Jesús declaraba públicamente que, incluso en medio del sufrimiento, confiaba en que Dios lo reivindicaría.

Y Dios lo hizo. Al tercer día, Jesús resucitó de entre los muertos. Su resurrección es la prueba de que Dios nunca lo abandonó, y de que tampoco nos abandonará a nosotros.

Esta es una buena noticia. Aun cuando las circunstancias nos tienten a creer que Dios está callado o ausente, la cruz y la resurrección nos muestran que Dios siempre es fiel. Jesús soportó la noche más oscura del sufrimiento confiando en Dios, y nosotros también podemos hacerlo. Nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor leal que Dios nos tiene (Romanos 8:38-39).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que es leal y fiel, incluso en las peores circunstancias. Y que puedas ver a Jesús como aquel que confió en Dios en medio del sufrimiento y fue reivindicado en la resurrección, para que nosotros participemos de su vida.

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