¿Qué está pasando?
El Salmo 19 trata de cómo Dios revela su existencia, su carácter, su voluntad y su plan a toda la humanidad.
David reflexiona primero en la manera en que Dios se revela a sí mismo en el cielo y en las estrellas (Salmo 19:1). Cada milisegundo de su existencia proclama que fueron creadas por un Dios poderoso con sensibilidad para la belleza (Salmo 19:2). Su mensaje acerca de Dios llega a todos los rincones de la tierra (Salmo 19:4a).
Luego David estalla en un canto de gratitud por la ley de Dios (Salmo 19:7). Dios no ha dejado en manos de las estrellas la tarea de revelar quién es él. Asume esa responsabilidad él mismo. Dios habla al mundo de una manera en que las estrellas nunca podrían hacerlo (Salmo 19:3). Con palabras humanas, Dios se revela a sí mismo en su ley.
No es de extrañar que David se alegre por la ley (Salmo 19:8). ¡Es en la ley donde puede encontrarse con Dios! Por eso David dice que la ley es más preciosa que el oro y más dulce que la miel (Salmo 19:10). Es la voz de Dios que se revela a sí mismo.
Hay una razón más por la que David agradece que Dios se revele a sí mismo en la ley. Esta le enseña a vivir como Dios quiere que viva. La ley le ofrece advertencias que lo guardan del daño y mandamientos que conducen a la recompensa (19:11).
Por último, David le pide a Dios perdón por los pecados de su corazón que no alcanza a percibir, y contención frente a los pecados más evidentes contra los que intenta luchar (Salmo 19:12-13a). Su meta es ser irreprochable, como el Dios que se revela a sí mismo a él (Salmo 19:13b).
¿Dónde está el evangelio?
El Nuevo Testamento retoma la idea de que la creación revela a Dios al mundo. La existencia y el poder de Dios se muestran claramente en el cosmos (Romanos 1:20). Pero el hecho de que él se revele a sí mismo significa también que todos en la tierra son responsables de cómo han respondido al Dios que se revela en la naturaleza (Romanos 1:18).
La mayoría de nosotros actuamos como si Dios no existiera. Vivimos vidas sin Dios. Damos por sentado que somos nuestros propios dioses y vivimos como se nos antoja (Romanos 1:22-23). Y en su justicia, Dios nos deja perseguir nuestra propia destrucción (Romanos 1:18).
Como David, necesitamos clamar por perdón por las veces en que no alcanzamos el carácter que Dios ha revelado en la creación y en su ley. Pero esta es la buena noticia: Dios ha respondido a ese clamor de perdón en el acto más grande en que se revela a sí mismo.
Más que la creación y más que la ley, Jesús es la revelación plena y definitiva que Dios hace de sí mismo (Hebreos 1:3). Jesús es Dios mismo hecho carne. Si queremos saber cómo es Dios, no necesitamos mirar más allá de Jesús, quien es “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15). En él “a Dios le agradó habitar con toda su plenitud” (Colosenses 1:19).
Y esta plenitud de la revelación que Dios hace de sí mismo murió en la cruz por nuestros pecados, tanto los secretos como los evidentes. Y gracias a ese sacrificio, nosotros, que tratamos el oro de la revelación de Dios como si no valiera nada y la miel de la ley de Dios como si no tuviera sabor, podemos recibir un perdón que no merecemos.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que, clemente, se revela a sí mismo en la creación y en su ley. Y que veas a Jesús como la revelación plena y definitiva que Dios hace de sí mismo, quien nos muestra en su muerte y resurrección cuán amoroso, misericordioso y hermoso es él.

