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devocional

Salmo 64

Escóndeme de las conspiraciones de los impíos

En el Salmo 64 vemos que Jesús volvió la mayor conspiración del enemigo contra sí misma. Su muerte parecía una derrota, pero se convirtió en el momento de mayor victoria.

¿Qué está pasando?

La vida del rey David está en peligro, así que le lleva a Dios sus pensamientos angustiados (Salmo 64:1). Un grupo de conspiradores ocultos traman su caída (Salmo 64:2). Sus indirectas son como espadas. Sus insinuaciones son como flechas (Salmo 64:3). El anonimato envalentona a sus críticos, y es como si lo emboscaran por todos lados (Salmo 64:4). 

Los conspiradores de David se jactan de lo bien escondidos, secretos y eficaces que son sus planes (Salmo 64:5). Como villanos melodramáticos, se felicitan unos a otros por su plan «perfecto» (Salmo 64:6a). David reflexiona en que no solo sus enemigos actuales, sino todos los seres humanos son capaces de este tipo de crueldad, especialmente cuando están en el anonimato o son solo una persona más en una multitud enfurecida (Salmo 64:6b).

Pero David sabe que Dios es un mejor conspirador. En solo un versículo y medio, todas las mentiras de los enemigos quedan al descubierto. De repente, ellos son emboscados por sus propias flechas (Salmo 64:7). Y sus propias mentiras se volverán contra ellos y los arruinarán (Salmo 64:8a). La brevedad de las contramedidas de Dios demuestra lo ineptas que en realidad son sus mentiras. 

David sabe que, al final, toda la humanidad responderá con asombro ante el Dios que invierte las tornas, deshace las conspiraciones y embosca al que embosca (Salmo 64:9). David también sabe que todo el que le lleve a Dios sus pensamientos angustiados celebrará su victoria definitiva sobre las conspiraciones de sus enemigos (Salmo 64:10). 

¿Dónde está el evangelio?

Dios rescató a Jesús de sus muchos conspiradores, tal como lo hizo con su antepasado David (Mateo 12:14). Jesús afirmó con frecuencia que tenía autoridad para reestructurar el templo, el centro de la religión judía (Marcos 11:16-17). Enfurecida, la élite religiosa conspiró en el anonimato para destruir y desacreditar a Jesús, y así preservar su poder religioso (Marcos 11:18, 28). Trágicamente, los enemigos de Jesús eran expertos en los Salmos. Habrían conocido la advertencia de David sobre cómo las turbas y el anonimato engendran crueldad y, al final, derrota. Pero ignoraron las Escrituras que se suponía que debían enseñar y, en su lugar, lanzaron indirectas e insinuaciones contra Jesús, el Hijo de David (Juan 8:41). 

Su plan «perfecto» puso a uno de los propios discípulos de Jesús en contra de él. Incitaron a una multitud a exigir la muerte de Jesús, lo cual les permitía negar cualquier responsabilidad (Lucas 23:21). Su plan era tan perfecto que mataron a Jesús, justo como se lo habían propuesto.

Pero así como las tramas de los conspiradores de David quedaron deshechas en un versículo y medio, las conspiraciones de los fariseos quedaron deshechas con siete palabras: «No está aquí, pues ha resucitado» (Mateo 28:6). Las flechas y las acusaciones que lanzaron solo los condenaron a ellos mismos y dejaron al descubierto su hipocresía (Mateo 23:13). La misma muerte que tramaron para preservar su poder fue la que lo deshizo (Colosenses 2:15). Cuando Jesús resucitó de entre los muertos se convirtió en un nuevo templo, desmantelando toda la estructura de poder de los fariseos (Juan 2:19). 

La resurrección de Jesús invirtió las tornas, deshizo las conspiraciones y emboscó a sus emboscadores. Eso significa que todos los que le llevemos a Jesús nuestros pensamientos angustiados estaremos protegidos. Ninguna acusación puede robarnos la victoria, porque nuestro Rey triunfa sobre todas las mentiras, incluso sobre las que nos matan.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que deshace las conspiraciones. Y que veas la resurrección de Jesús como prueba de la victoria final para todos los que le llevan sus angustias.

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