¿Qué está pasando?
El Salmo 91 celebra que el mal no puede vencer a los que confían en Dios (Salmo 91:1-2). Aunque los peligros amenazan al salmista, él sabe que Dios rescatará a quienes lo aman, protegerá a quienes confían en él y responderá a quienes le piden ayuda (Salmo 91:15-16). Tiene tanta confianza en la protección de Dios que los peligros que lo rodean ya no le parecen amenazas reales. Compara a Dios con escudos y murallas que protegen a las tropas, y con un ave cuyas alas cobijan a sus polluelos (Salmo 91:3-4). El salmista cree que, a fin de cuentas, nada puede amenazar su vida, porque confía en Dios.
Dios es demasiado fuerte para permitir que el mal gane. Dios es un refugio tan seguro que no hay razón para temer, ni siquiera cuando las pandemias y las guerras arrasan y matan a miles (Salmo 91:7-8). Incluso en medio de estas amenazas, el salmista sabe que, con Dios a su lado, puede caminar por las calles sin preocuparse y dormir sin miedo (Salmo 91:5-6). Aun cuando hombres malvados acechen la ciudad y terrores invisibles ronden la noche, ningún mal puede romper las defensas de Dios. Dios es un refugio absolutamente a prueba del mal (Salmo 91:9-10). Sus ángeles patrullan las calles y cuidan la casa del salmista durante la noche (Salmo 91:11-12). Él sabe que, incluso cuando parece que el mal está ganando en su vida, Dios sigue siendo su protector y, al final, lo salvará.
La confianza del salmista no se basa en ilusiones, sino en Dios mismo (Salmo 91:14). Dios prometió estar con él en la angustia y responderle cuando lo llame. Como Dios mismo hizo esta promesa, el salmista lo espera sin preocupación, porque ningún mal puede vencer a los que confían en Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Aunque el pueblo de Dios siempre estará en peligro de una manera u otra, el salmista está convencido de que Dios protegerá a quienes confían en él. Dios es demasiado bueno y demasiado fuerte para permitir que el mal gane. Además, Dios prometió estar con su pueblo en la angustia y responderle cuando pidiera ayuda (Salmo 50:15), pero Dios cumplió definitivamente su promesa de protección cuando se hizo humano en la persona de Jesús.
Jesús pasó su vida dando sanidad a los que estaban amenazados por enfermedades y protegiendo a los que eran atacados por poderes demoníacos. Cuando Jesús habló del peligro que venía, anheló ser como una gallina que protege a sus polluelos (Mateo 23:37). Jesús es el protector del Salmo 91.
Pero, como todos sabemos, muchas personas buenas que confían en Dios sufren a manos de personas impías. Jesús no fue la excepción. Fue arrestado, torturado y asesinado por hombres malvados y violentos. Y durante tres días pareció como si el mal hubiera atravesado las defensas de Dios. Pero esa misma noche en que fue arrestado, Jesús les dijo a sus seguidores más cercanos que no tenían por qué tener miedo. Él vencería a todos los poderes de este mundo (Juan 16:33). Y tres días después, Jesús hizo exactamente eso. Jesús resucitó de entre los muertos. En ese momento desarmó para siempre a la muerte y a los que intentan empuñar su poder (Colosenses 2:15). Los que confían en que Jesús los protegerá pueden tener una paz que no se altera por los peligros que los rodeen (Juan 14:27). Gracias a su resurrección, el mal nunca vence a los que confían en Jesús. Aun si enfrentamos la muerte todo el día, seremos vencedores, porque ni siquiera la muerte puede separarnos del amor de Dios ni de su poder salvador en Jesús (Romanos 8:36-38). Jesús es el refugio que está a prueba de la muerte y a prueba del mal, y todo el que hace de Jesús su abrigo está seguro.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que promete estar contigo y proteger a quienes confían en él. Y que puedas ver a Jesús como aquel que nos cobija y nos rescata de todo mal.

