¿Qué está pasando?
La iglesia que Pablo plantó en Corinto ha sido infiltrada por falsos maestros. Con el fin de derribar la autoridad de Pablo, ellos se jactan de sus propias credenciales físicas y espirituales. Argumentan que el sufrimiento y las dificultades de Pablo prueban que su ministerio es ilegítimo. En cambio, estos maestros se jactan de sus elogiosas cartas de recomendación, que los avalan como maestros legítimos ante Corinto. Lo preocupante es que comercian con una versión de seguir a Dios que excluye el sufrimiento y excluye a Jesús. Pablo pasa a la ofensiva contra estos maestros para mostrar que su ministerio viene de Dios y que su autoridad humilde es legítima.
Primero, Pablo interpreta el sufrimiento vivido en sus viajes misioneros a la luz de la muerte y la resurrección de Jesús. La travesía de Jesús hacia la cruz no condujo finalmente a la muerte, sino a la vida de resurrección. De la misma manera, Jesús está llevando a Pablo por una travesía que parece muerte, pero que esparce vida por dondequiera que va (2 Corintios 2:12-16). Pablo está mostrando que, si los falsos maestros —o los corintios mismos— no ven cómo su sufrimiento conduce a la vida, es que no han entendido el sentido del sufrimiento de Jesús. Como Jesús, Pablo emprende una travesía hacia la muerte por los corintios. Los ministros enviados por Dios sufren como Jesús. Los ministros que no son enviados por Dios comercian con un ministerio diferente (2 Corintios 2:17).
Pablo continúa su ofensiva contrastando su ministerio con el de los falsos maestros. Las cartas de recomendación de ellos avalan sus ministerios con base en sus impresionantes habilidades oratorias y su linaje (2 Corintios 3:1). Los falsos maestros se jactan de cartas escritas en papel por hombres. Pero Pablo se jacta de cartas escritas en los corazones por el Espíritu Santo (2 Corintios 3:2-3). El impresionante ministerio de los falsos maestros no ha transformado a los corintios. Pero el Espíritu Santo, por medio del ministerio de Pablo, sí lo ha hecho (2 Corintios 3:4-5). Los corintios mismos son la prueba viviente de que el ministerio de Pablo viene de Dios.
Entonces Pablo recurre a un relato de Éxodo en el que unas letras escritas fueron incapaces de transformar a las personas (2 Corintios 3:8-11). En el Sinaí, la gloria de Dios apareció y le dio a Moisés la letra de la ley. Pero fue la gloria de Dios, no la letra, la que transformó a Moisés. Esto se hizo evidente en el rostro resplandeciente de Moisés, quien contempló a Dios, y en los corazones inalterados del pueblo que recibió las letras (2 Corintios 3:7). El pueblo llegó incluso a cubrir con un velo el rostro resplandeciente de Moisés, haciendo imposible su transformación (2 Corintios 3:13). Con el tiempo, la gloria que transformó el rostro de Moisés se desvaneció, e Israel murió con sus corazones sin transformar. Porque el velo entre la gloria de Dios y los corazones humanos permaneció, el glorioso ministerio de Moisés terminó produciendo muerte (2 Corintios 3:14). Pablo dice que Jesús está usando su ministerio para quitar el velo (2 Corintios 3:16). El Espíritu ha librado a los corintios del velo para que puedan contemplar a Jesús como Moisés contempló a Dios (2 Corintios 3:17-18). La transformación no viene por medio de letras, sino por medio de un encuentro con Dios en Cristo. El punto de Pablo es este: sigue únicamente un ministerio que no ponga nada entre ti y Jesús.
¿Dónde está el evangelio?
Quienes se jactan de sí mismos en lugar de jactarse de Jesús demuestran que todavía tienen corazones endurecidos y sin transformar (2 Corintios 4:3-4). Los maestros que comercian con una versión de seguir a Dios que excluye el sufrimiento y a Jesús están velando el verdadero evangelio que transforma a las personas. Desvían la atención de la gloria de Dios hacia la «gloria» de sus cartas de recomendación. Pero, al final, ese velo lo pone allí nuestro enemigo, el Satán. Pablo lo señala como aquel que ciega nuestra mente y endurece nuestro corazón contra la verdad de la vida que solo se encuentra en Jesús (2 Corintios 4:4).
Los maestros que impiden que la gente vea a Dios en Jesús están enseñando un evangelio falso. El ministerio de Pablo es lo contrario. Él desvía la atención de sí mismo hacia Jesús (2 Corintios 4:1-2,5). No se jacta de una carta de recomendación externa para acreditar su ministerio. Al contrario, lleva el ministerio de Jesús en su propio cuerpo sufriente, como un tesoro de oro dentro de una vasija de barro (2 Corintios 4:7).
Solo la gloria de Jesús, y no la gloria de ningún líder, puede cambiarnos. Así como Moisés fue transformado cuando contempló la gloria de Dios, nosotros ahora contemplamos el rostro de Dios en Jesús. Cuando nos volvemos a Jesús por medio del Espíritu Santo, somos librados del velo que impedía que nuestros corazones endurecidos lo contemplaran y fueran cambiados.
A menudo acudimos a las letras de la Biblia para que transformen nuestro corazón. Aunque la Biblia es gloriosa y transformadora, sobre ella yace un velo. Pero cuando el Espíritu Santo quita el velo y nos muestra el rostro de Jesús en toda la Escritura, somos transformados. No es la vasija la que nos cambia, sino el tesoro que contiene. Así que pídele al Espíritu Santo que use las letras de la Escritura para revelarte la gloria de Jesús. Y al contemplarlo, serás transformado de un grado de su gloria a otro.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que nos transforma mediante su presencia. Y que veas a Jesús como aquel que nos revela la gloria de Dios para que podamos ser transformados.

