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devocional

2 Corintios 8-9

La gracia de dar

En 2 Corintios 8-9 vemos que Jesús se hizo pobre para enriquecernos, y ahora nos invita a unirnos a su generosidad sin límites al dar de nosotros mismos y de nuestros recursos a los necesitados.

¿Qué está pasando?

El Apóstol Pablo ha estado preparando a los corintios para su próxima visita. Les recuerda la promesa que hicieron de dar apoyo económico a algunas iglesias perseguidas de Judea, que se beneficiarían enormemente de la generosidad de los acomodados corintios (2 Corintios 8:10-11; 9:1-5). Sin embargo, ese apoyo nunca se entregó. Con el fin de reavivar el entusiasmo inicial de los corintios por dar y de asegurarse de que tengan una ofrenda lista cuando él llegue, Pablo no solo les recuerda su promesa, sino que además les explica cómo la generosidad termina beneficiándolos a ellos mismos. 

Pablo comienza destacando la generosidad de las iglesias de Macedonia (2 Corintios 8:1). Aunque eran pobres y sufrían una severa persecución, dieron con alegría y en abundancia (2 Corintios 8:2-3). A pesar de su propia pobreza, estos mendigos rogaron por la oportunidad de contribuir al fondo de ayuda (2 Corintios 8:4). Pablo señala que primero se entregaron por completo a Dios. Esa disposición convirtió a una de las comunidades más pobres en la más generosa a la hora de dar (2 Corintios 8:5). Pablo hace un llamado a los ricos corintios a imitar a los pobres macedonios, mostrando su compromiso con Dios mediante una disposición semejante a ser generosos (2 Corintios 8:6-8). Y aún más importante, deben imitar a Jesús, quien renunció a las riquezas del Cielo y se hizo pobre para entregarse generosamente a los corintios y así enriquecerlos (2 Corintios 8:9). Puesto que ellos son los que han recibido la generosidad de Dios, ahora tienen la oportunidad de ser también canales de esa generosidad.

Pablo continúa explicando que la meta de la generosidad es asegurar que todos tengan lo suficiente (2 Corintios 8:13-14). Les advierte contra la avaricia recordándoles cómo Dios proveyó milagrosamente maná para Israel en el desierto (2 Corintios 8:15). Algunos acumulaban maná con avidez, mientras otros no recogían lo suficiente. Y, sin embargo, misteriosamente, Dios se encargó de que todos tuvieran la misma cantidad (Éxodo 16:18). De igual manera, Dios puede usar la generosidad de los corintios para recrear este milagro, asegurando que todos tengan lo suficiente.

Luego Pablo aplica cierta presión social. Les dice que Tito y otros líderes respetados de la iglesia han oído del compromiso de los corintios de dar, y que vienen pronto a recoger su ofrenda (2 Corintios 8:16-24; 9:3). Si los cristianos corintios no cumplen su promesa cuando Tito y los demás lleguen, quedarán públicamente en vergüenza, sobre todo después de que Macedonia dio con tanta generosidad (2 Corintios 9:1-2, 4-5).

Para animarlos aún más a la generosidad, Pablo compara el dar con un agricultor que siembra semilla. Los agricultores vacían con entusiasmo sus bolsillos y esparcen la semilla por todo el campo, sabiendo que más semillas «perdidas» significan más cosecha ganada (2 Corintios 9:6). Siguiendo este mismo patrón, los corintios también deben dar generosamente de lo que tienen, confiando en que Dios les proveerá lo que necesitan mientras esparcen sus ofrendas a otros (2 Corintios 9:7-8). Pablo cita el Salmo 112 para recordarles que Dios, con toda su riqueza, da generosamente a los pobres del mundo. Quienes se unen a Dios en proveer para los necesitados comparten su gozo de recoger una cosecha de gratitud y alabanza (2 Corintios 9:9-10; Salmo 112:5-9). Y así como los agricultores «pierden» semilla para ganar pan, si los corintios se unen a la obra de Dios, su generosidad no solo llenará los estómagos de hermanos y hermanas hambrientos, sino que también llenará sus bocas de gratitud a Dios y los cielos de oraciones por los corintios (2 Corintios 9:11-15). Así como un agricultor no sufre pérdida alguna por ser generoso con las semillas, los corintios tienen todo por ganar al participar en el don de la generosidad de Dios.

¿Dónde está el evangelio?

Pablo quiere que los corintios vean y sigan los ejemplos de generosidad que tienen a su alrededor. Menciona la generosidad entusiasta de sus hermanos y hermanas macedonios. Superaron toda expectativa al entregarse plenamente a Dios y luego dar en abundancia a las iglesias necesitadas (2 Corintios 8:1-5). La razón por la que pudieron hacerlo fue que habían experimentado la generosidad sin límites de Dios en Jesús.

Jesús es el Dios rico y generoso que hizo el universo. Cada joya de cada corona, cada calle de cada pueblo, cada hombre, cada tierra, cada costa, catedral y galaxia fueron hechos por él y para él (Juan 1:3; Colosenses 1:15-17). Y él no solo creó todas las cosas, sino que también las sostiene con amor. Da generosamente a sus criaturas lo que necesitan para vivir; ya sea semilla para los agricultores o maná en el desierto para su pueblo. Y más misterioso que cualquier otro regalo es que Jesús, el Dios rico del universo, se entrega a sí mismo a los pobres. 

En su generosidad sin límites, Jesús se hizo pobre para enriquecer a muchos en él. Nacido en la pobreza, Jesús sembró generosamente en los pobres y necesitados. Dio comida al hambriento, amistad al marginado, sanidad al enfermo, perdón al pecador e incluso vida al muerto. Y en el acto de generosidad más grande de todos, Jesús se entregó a sí mismo. Sembró su vida en la tierra, muriendo para unirse a la humanidad en la pobreza de la tumba. Pero al perder su vida, Jesús ganó una cosecha de resurrección para todos. Ahora, el Jesús resucitado viene a mendigos pobres como nosotros para hacernos coherederos con él de la vida eterna.

Esta es la generosidad que cautivó los corazones de los pobres macedonios, tanto que darían todo por ser parte de ella. Pablo extiende la invitación a los corintios y a nosotros: unirnos a la generosidad sin límites de Jesús. Podemos entregarnos por completo a Jesús, sabiendo que al tenerlo a él lo ganamos todo. Jesús nos invita a la misma obra de sembrar generosamente en los pobres y necesitados que están a nuestro alrededor, para que podamos recoger una cosecha de alabanza y gratitud en el Cielo. Podemos gastar con alegría nuestra propia vida y nuestras posesiones, sabiendo que estamos invirtiendo en que más y más personas experimenten la generosidad y la vida de Jesús.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es generoso con su riqueza. Y que puedas ver a Jesús como aquel que dio su propia vida por nosotros para que pudiéramos participar de sus riquezas.

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