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devocional

2 Corintios 4:8-6:10

Sufrimiento temporal, gloria eterna

En 2 Corintios 4:8-6:10 vemos que Jesús reconcilió al mundo con Dios mediante su sufrimiento y su muerte, y ahora nos envía como sus embajadores para continuar su ministerio de reconciliación.

¿Qué está sucediendo?

El sufrimiento visible de Pablo hace que los cristianos de Corinto duden de la legitimidad espiritual invisible de su ministerio. Los maestros rivales aumentan esa duda, señalando las humillaciones y las cicatrices de Pablo, que están a la vista de todos. Pero para Pablo, su sufrimiento exterior demuestra la legitimidad interior de su ministerio. Él sigue a Jesús, el Dios crucificado y sin embargo glorificado, cuya apariencia humillada y llena de cicatrices ocultaba la gloria invisible de su ministerio (2 Corintios 4:8-9). Pablo lleva ahora en su propio cuerpo lleno de cicatrices las marcas visibles del ministerio invisible de Jesús. Por eso les recuerda a los corintios que no se fijen en lo que se ve y es temporal, sino en lo que no se ve y es eterno.

Contrario a lo que afirman los maestros rivales, las dificultades de Pablo no lo descalifican para el ministerio. Son prueba de que el ministerio de Jesús está vivo en él. Como Jesús, Pablo es “entregado a la muerte” para que otros vivan (2 Corintios 4:10-12). Y así como el sufrimiento de Jesús trajo vida a Pablo, el sufrimiento de Pablo está llevando la vida de Jesús a los corintios. 

Pablo les recuerda a los corintios el Salmo 116, un cántico que celebra que Dios da salvación a sus siervos incluso en medio del sufrimiento y la muerte. Con esa misma confianza, Pablo está convencido de que Dios lo resucitará de entre los muertos así como resucitó a Jesús. Pablo sufre voluntariamente dificultades visibles, porque a través de ellas, él y los corintios experimentarán una gloria futura que todavía no se ve (2 Corintios 4:13-15).

Pablo no minimiza sus sufrimientos visibles, pero los ve tal como son: temporales. Aunque gime bajo las presiones y las dificultades de la persecución, sabe que forman parte de un mundo viejo que está pasando. Pablo compara su cuerpo débil con una tienda de campaña que se desploma, y su gloria invisible con un hogar permanente que Dios ya le tiene preparado (2 Corintios 5:1-5). Su atención no está puesta en lo que se ve y es temporal, sino, por fe, en lo que no se ve y es eterno. Lo invisible —el reinado de Jesús, la vida de resurrección, la gloria eterna— está irrumpiendo ahora y será revelado plenamente cuando Jesús aparezca (2 Corintios 4:16-18). 

Por eso Pablo vive para agradar a Jesús, el Señor invisible ante quien todos comparecerán (2 Corintios 5:9-10). Y por eso no juzga a los demás según las apariencias. El Jesús visible —golpeado y crucificado— estaba trayendo vida y salvación invisibles. Pablo admite que él mismo alguna vez vio a Jesús según meros criterios humanos (2 Corintios 5:16). Para él, Jesús en la cruz parecía débil y derrotado. Y por eso lo persiguió a él y a su pueblo. Pero ahora ve a Jesús y su cruz tal como son: victoria y vida para todos. Así que Pablo ya no ve a nadie con ojos meramente externos. Porque en Jesús, la nueva creación está irrumpiendo en un mundo que muere y sufre (2 Corintios 5:17).

El mensaje de la nueva creación y de la vida con Dios fue prometido hace mucho tiempo. Pablo hace referencia a Isaías 49, donde el Siervo de Dios, a pesar de muchas pruebas y sufrimientos, salva a personas de todas las naciones del sufrimiento y el deterioro del mundo (2 Corintios 6:1-2; Isaías 49:1-26). Ahora, en Jesús, el Siervo de Dios ha venido y ha reconciliado a las personas con Dios (2 Corintios 5:18,21). La muerte que nos mantenía alejados de Dios es ahora un camino hacia él. Pablo se ve a sí mismo inmerso en esa misma misión. Dios sigue reconciliando al mundo, y Pablo, como Jesús antes de él, sufre para hacer visible esa reconciliación (2 Corintios 5:19-20; 6:3-4). Su sufrimiento no es un obstáculo para la reconciliación: es el camino hacia ella (2 Corintios 6:1-2). Sus cicatrices lo señalan como un verdadero embajador  de Jesús, que trae vida eterna invisible a un mundo visiblemente, pero temporalmente, quebrantado (2 Corintios 6:5-10).

¿Dónde está el evangelio?

A menudo nos sentimos tentados a medir a los ministros espirituales y nuestra propia vida por las apariencias agradables. Suponemos que lo exitoso, lo indoloro o lo impresionante debe ser legítimo. Pero Jesús invierte esa lógica. El mundo juzgó a Jesús por lo que se veía: pobreza, debilidad, muerte. Pero el Jesús lleno de cicatrices y sufriente era el Siervo escogido de Dios, que reconciliaba al mundo por medio de una cruz.

La resurrección de Jesús demuestra que no es la vida lo temporal, sino la muerte. La muerte y todo el sufrimiento y el dolor que conducen a ella están pasando. Jesús murió no porque fracasara, sino porque estaba reconciliando al mundo con Dios. Como el siervo sufriente, Jesús fue rechazado por personas que descartaron su ministerio como ilegítimo (Isaías 52:13-15; 53:3). Lo dejaron humillado, lleno de cicatrices y crucificado. Pero mediante ese sufrimiento, Jesús dio muerte a la muerte. Con un celo por la reconciliación que parece escandaloso, Jesús perdonó precisamente a quienes no pudieron ver más allá de su debilidad exterior. Es más, comisionó a personas que lo perseguían, como Pablo, para su propio ministerio de reconciliación. Jesús se hace colaborador de los débiles y los que sufren para llevar la vida y la gloria invisibles de Dios a todas las personas del mundo (2 Corintios 5:19-20). En Jesús, la muerte y el sufrimiento fueron temporales, pero su vida de resurrección es eterna (Apocalipsis 1:18).

Ahora Jesús envía su Espíritu a nuestro interior, como un anticipo invisible de nuestra vida futura con Dios (2 Corintios 5:5; Efesios 1:13-14). En el Espíritu comienza la nueva creación. Nuestra vida quizá siga llevando las marcas de la debilidad y el sufrimiento, pero, como en Pablo, esas cicatrices muestran que Jesús está obrando vida en nosotros. Ya no juzgamos nuestras circunstancias por los sufrimientos visibles. En cambio, procuramos agradar a Jesús, nuestro Señor por ahora invisible, quien mediante su Espíritu nos transforma interiormente y nos prepara para una gloria futura con él (1 Pedro 1:6-9).

Así que, como Jesús y como Pablo, vivimos como ministros de la reconciliación. Podemos entregar nuestra vida confiando en que, aunque la muerte obre en contra de nosotros, la vida puede obrar a través de nosotros. Viene el día en que Jesús aparecerá. Y cuando lo haga, lo que hemos percibido por fe estará a plena vista (1 Juan 3:2). Lo que no se veía —la gloria, la vida eterna y Jesús mismo— se verá plenamente y será nuestro para siempre. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que saca gloria eterna de un sufrimiento temporal. Y que puedas ver a Jesús como aquel que nos ha reconciliado con Dios y nos introduce en la nueva creación y en la vida eterna.

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