¿Qué está pasando?
Al final de Deuteronomio, Josué sucede a Moisés y Moisés realiza cuatro actos significativos. Escribe la ley, le da a Israel un cántico profético, ora por las doce tribus y luego muere.
Cada siete años, la ley que Moisés escribió debía sacarse y leerse ante todo el pueblo (Deuteronomio 31:11). Serviría como testigo contra ellos por todos sus pecados y, así se esperaba, los llevaría a arrepentirse.
Entonces Dios le da a Moisés un cántico profético para cantar. Todo Israel memorizaría este cántico y se lo enseñaría a sus hijos (Deuteronomio 32:46). Debían cantarlo por generaciones. Pero es un cántico irónico, porque predice la propia desobediencia y el castigo de Israel.
El cántico le enseñaba a Israel por qué sería castigado en el futuro. Puedes imaginar a un niño cantando este cántico después de que Israel fuera exiliado de la tierra, y ver cómo el entendimiento se dibujaba en el rostro de sus padres.
Después del cántico, Moisés eleva una oración de bendición sobre todas las tribus de Israel antes de morir (Deuteronomio 33:1). A pesar de todo el mal que habían hecho y de todo el mal que harían, Moisés los bendice. Dios no los abandonaría.
Moisés comisiona a Josué para que dirija a Israel después de él, y luego sube a un monte en las afueras de la tierra prometida para morir (Deuteronomio 34:1). Dios le permite ver la tierra, pero no le permite entrar en ella por su desobediencia en la roca de Meribá (Números 20:11).
Deuteronomio cierra con una declaración impactante: «Nunca más volvió a surgir en Israel otro profeta como Moisés, con quien el SEÑOR trataba cara a cara» (Deuteronomio 34:10).
¿Dónde está el evangelio?
La buena noticia es que por fin ha venido un profeta aún más grande que Moisés, porque Jesús no solo conoció a Dios cara a cara, sino que es Dios mismo. De hecho, la plenitud de la gloria de Dios se puede ver en el rostro de Jesús y en su evangelio (2 Corintios 4:6).
A diferencia de Moisés, que no pudo entrar en la tierra y muere, Jesús no solo entró en la tierra prometida definitiva del Cielo, sino que también nos gana la entrada a ella con él por medio de su muerte.
La ley que Moisés escribió ha sobrevivido hasta el día de hoy. Cumple su función como testigo contra nosotros y contra nuestro pecado. Pero Jesús ha guardado la ley por nosotros. Por eso, así como Moisés bendijo a Israel en medio de su desobediencia, nosotros recibimos la bendición de Cristo en medio de toda nuestra desobediencia (Romanos 5:8). A pesar de nuestro pecado, Dios nos ha mostrado su favor.
¿No es entonces una gran noticia que ese cántico irónico, que debería darnos la razón detrás de nuestro castigo y exilio, se convierta en un cántico que nunca tendremos que cantar? En su lugar, podemos cantar un cántico nuevo de gratitud a Jesús por rescatarnos del pecado y de la muerte.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que ha preservado la ley y las Escrituras como testigo contra nosotros y contra nuestro pecado. Y para que veas a Jesús como el nuevo y mejor profeta como Moisés, quien nos libra de lo que habría sido nuestra ruina inevitable.

