¿Qué está pasando?
Moisés ya ha relatado el viaje de Israel hasta la frontera de la tierra prometida. Ahora cuenta la historia de cuando Dios habló al pueblo en el monte Sinaí (4:11).
Después de recordarle a Israel su desobediencia registrada en Números, Moisés le recuerda al pueblo la fidelidad de Dios registrada en Éxodo. Les recuerda que Dios los salvó de Egipto, los sustentó en el desierto y estableció un pacto con ellos en el monte Sinaí.
En un momento de este pasaje, Dios lanza un desafío al pueblo: que busquen a lo largo y ancho de las galaxias algún otro dios que haya hecho algo comparable a lo que él ha hecho (4:32). Lo que Dios quiere decir es que hizo todo esto para mostrarle a Israel y al mundo que no hay más Dios que él y que él es capaz de hacer más de lo que jamás podríamos imaginar.
Pero Moisés no solo menciona el hecho de que Dios se manifestó y habló desde el monte Sinaí. Repite lo que Dios dijo. Por segunda vez en la Torá nos encontramos con los famosos Diez Mandamientos (5:7).
Pero ¿por qué repetirlos aquí?
Por la cantidad de tiempo que se dedica al tema, queda claro que a Dios le preocupa sobre todo que Israel caiga en el pecado que practicaban los habitantes de la tierra. Por encima de todo, a Dios le preocupa su adoración a los ídolos (4:16). Por eso quiso recordarle a Israel el firme vínculo que existe entre recordar lo que Dios ha hecho y obedecer lo que él ha dicho (4:34). Si Israel recuerda a Dios y sus obras, obedecerá sus mandamientos y se mantendrá lejos de los ídolos.
¿Dónde está el evangelio?
El autor de Hebreos se apoya mucho en estos dos capítulos cuando también ruega a los cristianos que perseveren. Pero todo se eleva y se intensifica en Jesús y en su evangelio.
Así como Dios soportó el pecado y la rebelión de su pueblo en el desierto, Jesús soportó la rebelión de su pueblo hasta el punto de derramar su propia sangre (Heb. 12:3). Dios no se manifestó en una nube de fuego sin forma para llevarnos a una tierra que se puede tocar. Vino como un ser humano real para llevarnos al hogar real de Dios, donde innumerables huestes celestiales cantan sus alabanzas (Heb. 12:18-22).
Puesto que sus acciones son mucho más asombrosas, la obediencia es mucho más apremiante. Porque el que nos advierte no es un hombre llamado Moisés que vive en la Tierra; es el hombre exaltado, Jesús, que reina en su trono en el Cielo (Heb. 12:25).
Pero junto con esta advertencia más severa, tenemos una historia más hermosa que recordar. Al recordar la historia del evangelio, nuestro corazón se llena de tanto amor por él que obedecer sus mandamientos se convierte en nuestro mayor gozo.
¿Qué Dios hay como Jesús, que ha hecho tanto por nosotros? No hay ninguno aparte de él.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que se muestra más grande que cualquier otra cosa en el universo y que así se gana nuestro amor y nuestra devoción. Y que puedas ver que Jesús, en su muerte, sepultura y resurrección, hizo cosas aún más grandes que las que experimentó el pueblo de Israel.

