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devocional

Deuteronomio: 19-20

Ojo por ojo

En Deuteronomio 19-20 vemos que Jesús cumple ambos lados de la justicia en nuestro lugar. Él recibe el castigo de ojo por ojo que exige nuestro quebrantamiento de la ley y nos transforma en cumplidores de la ley capaces de ejercer justicia en nuestro mundo.

¿Qué está pasando?

Moisés ya ha tratado los primeros cinco mandamientos y ahora comienza a desglosar los últimos cinco: el asesinato, el adulterio, el robo, la mentira y la codicia.

En cuanto al asesinato, ¿qué debe hacer Israel cuando alguien muere de forma accidental? Se hace una distinción entre el asesinato premeditado y la muerte accidental (Deuteronomio 19:4). Para quien asesina, la pena es la muerte. Pero para quien está involucrado en una muerte accidental, se provee una ciudad de refugio donde puede huir y estar a salvo.

¿Y qué pasa con la mentira? Si un mentiroso es descubierto en el tribunal tratando de que alguien sea castigado por algo que no hizo, entonces el mentiroso mismo es sentenciado al castigo que quería imponerle al otro (Deuteronomio 19:19). Ojo por ojo, diente por diente.

Luego están el robo y la codicia, que se abordan en las normas sobre el botín de guerra. Los ejércitos deben destinar todo a la destrucción cuando toman ciudades en la tierra prometida (Deuteronomio 20:16). Pero sí pueden tomar botín de las ciudades que están fuera de la tierra prometida. Israel debe mostrar dominio propio y no codiciar ni robar lo que Dios ha destinado a la destrucción.

En estos mandamientos vemos que a Dios le importa proteger al inocente y castigar al culpable. Estas dos cosas no se oponen entre sí, sino que son dos caras de la misma moneda. Esa moneda es la justicia. Pero ni nosotros ni nuestras sociedades hemos protegido al inocente ni castigado el mal de manera perfecta.

¿Dónde está el evangelio?

Por eso el evangelio es una buena noticia tan desconcertante. Jesús es a la vez el justo y el que justifica (Romanos 3:26). En él, Dios no se encoge de hombros ante el asesinato, la mentira o la avaricia, sino que saca el mal a la luz, lo juzga y luego abre un camino para hacer justos a los culpables. En la cruz, Dios «condenó al pecado en la naturaleza humana» (Romanos 8:3). El veredicto cae sobre nuestro pecado, y en la muerte de Jesús esa vieja humanidad violenta, mentirosa y codiciosa llega por fin a su merecido final (Romanos 6:6).

Al mismo tiempo, esa muerte es nuestro rescate. Por la fe somos unidos a Jesús, de modo que su historia se vuelve la nuestra. Nuestra culpa y la sangre que hemos derramado son llevadas a su muerte, y su inocencia y su vida nos son devueltas como un regalo. La lógica del ojo por ojo cae sobre el viejo yo que es crucificado con Cristo, y lo que se levanta de la tumba es una nueva creación que de verdad puede amar a Dios y al prójimo (Romanos 6:4). La justicia no queda abandonada: pasa por la muerte y la resurrección y sale del otro lado como misericordia.

Jesús es también nuestra ciudad de refugio. Cuando corremos a él, incluso con las manos manchadas de sangre, la sentencia sobre nosotros es «ninguna condenación» (Romanos 8:1). Él es aquel de quien se mintió en el tribunal y, sin embargo, no abrió su boca, sino que se encomendó al Padre, que juzga con justicia (Mateo 26:59; 1 Pedro 2:23). Él es aquel que tenía todo el derecho de destinar el mundo entero a la destrucción y, en cambio, dejó que el odio del mundo cayera sobre él para que el mundo fuera salvo (Juan 3:16-17). En su cruz es juzgado el mundo que se opone a Dios (Juan 12:31), y en su resurrección comienza un mundo nuevo.

Ahora que hemos sido hechos justos en Jesús, tenemos por fin la gracia necesaria para vivir una vida que sí obedece estos últimos cinco mandamientos. Por el amor que Cristo nos ha mostrado, y por su Espíritu que vive en nosotros, podemos llegar a ser personas que protegen la vida, guardan fidelidad a su cónyuge, dicen la verdad, dan con generosidad y se niegan a codiciar. Y a medida que este amor justo y misericordioso de Jesús echa raíces en nosotros, se hace visible a las sociedades en las que vivimos y atrae a otros hacia el Dios que expone el mal y también lo sana (1 Pedro 2:12).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que protege al inocente y juzga al culpable. Y que veas a Jesús como aquel que dio muerte al pecado, colgándolo en la cruz para que yo, en cambio, viva para la rectitud.

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