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devocional

Deuteronomio: 21-22

El valor de la vida

En Deuteronomio 21-22 vemos que Jesús dio a la vida su máximo valor al permitir que le quitaran la suya, para transformarnos en personas que actúan con dignidad y valor.

¿Qué está pasando?

Moisés sigue explicando los Diez Mandamientos al pueblo de Israel antes de que entre en la tierra prometida. En esta sección quizá se concentre con especial fuerza en el sexto mandamiento: no mates.

Y es que el asesinato desprecia la vida humana. Así que, cuando Moisés se dispone a explicar este mandamiento, termina hablando de todas las maneras en que Dios quiere que respetemos la vida y la dignidad de los demás.

Habla de cómo expiar los asesinatos sin resolver, de cómo se debe tratar con justicia a las mujeres cautivas (Deuteronomio 21:14), de cómo proteger a un hijo de un padre indebido y de cómo proteger a un padre de un hijo rebelde. Las leyes siguen abarcando asuntos como cuidar y devolver las pertenencias de tu prójimo cuando las encuentres, y el severo castigo para los hombres acusados de violación (Deuteronomio 22:26).

Pero aquí también aparecen cuestiones pequeñas sobre el respeto a la vida. La gente debe asegurarse de poner una baranda alrededor de la azotea de su casa, para que nadie se caiga y se lastime (Deuteronomio 22:8). Incluso las aves están protegidas. Un israelita puede tomar los huevos de un ave, pero no también a la madre (Deuteronomio 22:6). En cierto sentido, el respeto por la vida y la justicia se extiende al reino animal.

Dos rasgos clave aparecen a lo largo de estos mandamientos. El primero es el deseo de Dios de que haya imparcialidad, equidad y justicia. Él dio a las mujeres, los niños y los extranjeros protecciones y derechos desconocidos para otras sociedades del mundo antiguo.

El segundo rasgo es la determinación de Dios de mantener puros a Israel y su tierra. Una y otra vez se repite la frase «extirpa el mal de en medio de ti» cuando se habla de por qué Israel debe obedecer estos mandamientos y sus castigos (Deuteronomio 22:22b).

El pecado debe ser castigado. La culpa de sangre debe ser cubierta. El mal debe ser expulsado.

Y esto es porque Dios está haciendo su morada con este pueblo. Y si ellos no extirpan el mal de en medio de ellos, Dios lo hará.

¿Dónde está el evangelio?

La buena noticia de Jesús es que, cuando él viene y hace su morada con nosotros, sí extirpa de nosotros todo mal y toda culpa (1 Juan 1:9). No espera a que nos limpiemos nosotros mismos, sino que viene y lo hace por nosotros.

El valor que Dios le da a la vida humana, del que habla este pasaje, se ve al menos de dos maneras poderosas en el evangelio.  

Primero, Dios se hizo vida humana. Segundo, aquel que prohíbe el asesinato y lucha por la preservación de la vida se dejó asesinar y no preservó su propia vida.

Pero, precisamente porque lo hizo, ahora puede venir y habitar en nosotros por medio del Espíritu Santo y obrar, día tras día, para hacernos de verdad personas que se tratan unas a otras con el respeto que él tiene por la vida humana.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que se preocupa profundamente por la dignidad y el valor de la vida. Y para que veas a Jesús como aquel que entregó libremente su vida para limpiar la nuestra de todo mal.

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