¿Qué está pasando?
Este es el fondo de la espiral de depravación de Israel. Solo hacen lo que les parece bien ante sus propios ojos.
Esto se vuelve brutalmente evidente en un relato complejo, lleno de violencia sexual. Comienza cuando un levita busca y encuentra a su concubina fugitiva en la casa de su padre (Jueces 19:1-2). De regreso a casa, los dos escogen la ciudad israelita de Guibeá, supuestamente más segura, en lugar de la ciudad extranjera de Jebús (Jueces 19:12). Pero es una mala elección. Los hombres de la ciudad golpean la puerta y exigen que saquen al levita para violarlo (Jueces 19:23).
De manera impensable, el esposo sacrifica a su mujer para protegerse a sí mismo (Jueces 19:24). Los hombres de la ciudad la violan hasta la mañana (Jueces 19:25). Ella muere por el trauma (Jueces 19:28). El levita corta el cuerpo de su mujer en 12 pedazos y los envía a los ancianos de las 12 tribus para incitar la guerra contra Guibeá (Jueces 19:29).
Indignadas, 11 de las tribus de Israel reúnen 400,000 soldados y marchan contra la ciudad (Jueces 20:2). Pero la tribu de Benjamín decide defender la inmoralidad de Guibeá (Jueces 20:14). Por primera vez desde el libro de Josué, Israel parece unido en su deseo de destruir la inmoralidad en la tierra de Canaán (Jueces 19:13). Sin embargo, irónicamente, para lograrlo Israel debe destruir a uno de sus propios clanes. El enemigo de Dios ya no está afuera, sino dentro de Israel.
En una serie de tres batallas, ambos bandos sufren grandes pérdidas. La cantidad de muertos demuestra que el juicio de Dios no es solo contra Benjamín, sino contra todos los hombres de Israel. Seiscientos hombres de Benjamín escapan, pero no queda con vida ninguna mujer ni ningún niño (Jueces 20:48). Luego las tribus vencedoras aseguran la erradicación de Benjamín y establecen una ley que prohíbe que cualquier padre dé a sus hijas en matrimonio a Benjamín (Jueces 21:7).
Pero los hombres de Israel se dan cuenta de que esto es una decisión corta de miras. Israel no puede existir sin sus 12 tribus (Jueces 21:3). Su solución es un vacío legal. Técnicamente, nadie “dará” a sus hijas vírgenes a Benjamín; en cambio, ellos las “tomarán” por la fuerza (Jueces 21:12, 23). Israel recurre a la misma conducta que inició la guerra: explotar y violar a 600 mujeres para que los hombres puedan salvar las apariencias.
¿Dónde está el evangelio?
Israel ha rechazado el reinado de Dios y se ha coronado a sí mismo como mejor legislador (Jueces 21:25). Pero sus decretos son confusos y contradictorios. No queda claro si Dios está a favor o en contra de Israel. Y la violencia constante contra las mujeres es una prueba espantosa de los fracasos de Israel en general, pero de los fracasos de sus hombres en particular.
Israel necesita un líder que no haga lo que le parece mejor ante sus propios ojos. E Israel necesita un esposo que no sacrifique a su novia para salvar su propio pellejo. Ese esposo y ese líder es Jesús.
El levita arrojó a su novia a la turba y no hizo nada mientras abusaban de su sexualidad y mutilaban su cuerpo. Pero en lugar de sacrificar a su novia para salvarse a sí mismo, Jesús se sacrifica a sí mismo para salvar a su novia. Jesús fue arrojado a las multitudes. Se jugaron su ropa a la suerte. Estuvo desnudo. Su cuerpo fue desnudado y maltratado para el placer de los que miraban.
Jesús es el único hombre digno de dirigir al pueblo de Dios. Jesús protege a su esposa, a diferencia del levita y, finalmente, de todo Israel, que no lo hicieron. Jesús es el único que hace lo que es recto ante los ojos de Dios (Juan 5:19). El Apóstol Pablo nos dice que, cuando Jesús murió como nuestro esposo, lo hizo para hacernos santos y limpios por su Espíritu (Efesios 5:25).
La guerra civil de Israel fue un intento de limpiar la inmoralidad de Guibeá, pero la inmoralidad de Guibeá también estaba en ellos. Las otras 11 tribus eran igualmente capaces de violación y asesinato. Si querían purgar a Israel del pecado, también tenían que matarse a sí mismos.
Pero Jesús, el verdadero israelita, murió para que todo su pueblo fuera purgado de su pecado. Y él reemplaza nuestros corazones violentos y lujuriosos con su propio Espíritu. Su muerte no es solo sacrificial; reemplaza nuestra autodestrucción con su propio Espíritu poderoso, amoroso y santo. Gracias a Jesús somos un nuevo Israel. No un reino de lujuria y violencia, sino uno fortalecido por un amor y una misericordia que se sacrifican a sí mismos.
Compruébalo tú mismo
Oro para que veas al Dios que es Rey. Y que veas a Jesús como nuestro esposo amoroso, que se sacrifica a sí mismo para dar vida a su novia.

