¿Qué está pasando?
El libro de Jueces tiene dos introducciones. En la primera, a la muerte de Josué le sigue una serie de conquistas y derrotas militares (Jueces 1:19). Las derrotas indican que no todo está como debería estar en Israel. Cuando Josué gobernaba, Israel jamás fue derrotado. Dios peleaba a su lado en cada batalla (Josué 1:13). Su obediencia y su fe hacían que cada enemigo cayera ante la espada de Josué (Josué 23:9).
El hecho de que cada líder tribal después de Josué sufra una derrota militar indica que la fe y la obediencia que caracterizaron el liderazgo de Josué se han desvanecido (Jueces 1:27). En desobediencia, Israel esclaviza a los cananeos en lugar de expulsarlos (Jueces 1:28). Y pronto Israel se unirá a Canaán en sus sacrificios de niños y en su explotación sexual. Así que el Ángel del Señor, que primero se le había aparecido a Josué, ahora les anuncia a los sucesores de Josué que deben esperar juicio (Jueces 2:1).
Cuando el Ángel le habló a Josué, le advirtió que no peleaba del lado de Israel en la batalla, sino del lado de Dios (Josué 5:14). El Ángel reaparece en Jueces porque ya no pelea a favor de Israel, sino contra él (Jueces 2:3).
En la segunda introducción se nos muestra un patrón que se repetirá a lo largo del resto del libro. El líder escogido por Dios morirá (Jueces 2:8). Entonces Israel abandonará a Dios, participará en la inmoralidad de los cananeos y experimentará la ira de Dios en forma de una invasión (Jueces 2:11, 14). Pero el Señor levantará a otro líder para rescatar a Israel de su enemigo y restablecer las leyes de Dios (Jueces 2:18). Este patrón se convierte también en una espiral descendente (Jueces 2:19). El mal de Israel se intensificará con cada generación. Pero, curiosamente, también lo hará la misericordia de Dios.
¿Dónde está el evangelio?
Se nos dice que el patrón de Israel —muerte, luego desobediencia, luego la ira de Dios, luego la misericordia de Dios— tiene el propósito de poner a prueba a Israel (Jueces 2:22). Una y otra vez, Dios le ofrece a Israel la oportunidad de escucharlo y obedecerlo en lugar de ir tras los dioses de los cananeos.
Pero en Jueces, Israel nunca pasa esta prueba y nunca rompe el ciclo. Aunque un buen líder podía guiar a Israel a la fidelidad por un tiempo, la muerte de ese líder también hundía a Israel más profundamente en la espiral.
Y nosotros sabemos cómo es eso. Nuestras vidas y nuestras iglesias experimentan decadencia, muerte, corrupción y escándalo. Tristemente, muchos pastores y líderes no pasan la prueba. Con más frecuencia de la que queremos admitir, sus legados revelan un escándalo y una división más profundos de lo que creíamos posible. Y cada líder cristiano que cae demuestra que seguimos atrapados en el mismo patrón que describe el libro de Jueces.
Pero Jesús es el Juez que rompe el ciclo. Él es el único líder que puede rescatarnos del juicio, restablecer las leyes de Dios y garantizar la misericordia de Dios.
Eso se debe a que Jesús sí pasa la prueba que los líderes de Israel no pudieron pasar, y que nosotros tampoco podemos. Él escuchó y obedeció a Dios, no solo en su vida, sino también en su muerte (Filipenses 2:8). No sucumbió a las fuerzas de la decadencia, la corrupción y el escándalo, por eso Dios lo levantó de entre los muertos (Hechos 13:24). Jesús ahora vive para siempre. Él es el líder eterno cuyo legado es paz, obediencia y justicia, y no violencia, corrupción y abuso.
Como el Ángel que dijo que su lealtad no estaba ni con Canaán ni con Israel, Jesús dijo que su Reino no es de este mundo (Juan 18:36). No se conquista por medio de la violencia ni del poder político, sino por el amor sacrificial de Dios. El libro de Jueces nos hace anhelar un líder, ¡y Jesús es ese líder! Por la fe tenemos ciudadanía en un Reino en el que Israel nunca entró plenamente.
Bajo el gobierno de Jesús, la paz de Dios está garantizada. Mediante los juicios de Jesús, Dios condena el mal y vindica a los que han sufrido abuso. Por medio del Espíritu de Jesús, Dios rompe el ciclo para que su pueblo reine con él para siempre.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que pone a prueba a su pueblo. Y que veas a Jesús como nuestro Juez, quien pasa la prueba de Dios y trae su Reino a todos los que confían en él y lo aman.

