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Salmo 110

El sacerdote Rey como Melquisedec

En el Salmo 110 vemos que Jesús es el Hijo prometido de David, quien reina como nuestro eterno sacerdote Rey, como Melquisedec, y conquista el mal por medio de su muerte y resurrección.

¿Qué está pasando?

Los Salmos 108, 109 y 110 forman una trilogía que cuenta la historia de cómo Dios edificará su Reino prometido en la Tierra por medio de David, el rey paradigmático de Israel. El Salmo 108 mostró a David como un rey que confió en que Dios gobernaría sobre las naciones malvadas y traería su reino de paz. El Salmo 109 mostró a David como un sacerdote que intercedía entre Dios y la humanidad para bendecir a su pueblo y maldecir a sus enemigos. Pero la amenaza de que el mal y la maldición abrumaran al pueblo de Dios no ha cesado. Así que el Salmo 110 presenta la solución. Los oficios de rey y de sacerdote se unen en una sola figura que vencerá la maldición malvada de sus enemigos y traerá al mundo la bendición de paz de Dios. 

Dios responde por fin a todas las oraciones reales y las intercesiones sacerdotales de David. Pero su respuesta no se dirige a David, sino al Señor de David (Salmo 110:1a). Por la promesa que Dios le hizo, David sabe que uno de sus descendientes vencerá el mal como rey y traerá paz al mundo como sacerdote (1 Samuel 2:35; 2 Samuel 7:12-16). Es a este sacerdote Rey prometido a quien Dios le habla y a quien David llama su Señor. 

Dios le dice al Señor de David que tome el lugar de mayor honor a su lado hasta que Dios lo haga gobernar sobre todos los enemigos del mal y de la maldición (Salmo 110:1b). Con un acceso tan singular a Dios, a su derecha, este Señor sería un sacerdote como ningún otro, capaz de unir a Dios y a la humanidad. Este Señor sería un rey como ningún otro, que gobernaría sobre todos los enemigos y llevaría la paz de Dios a toda la creación. 

Como Dios lo ha hecho desde el principio, el Señor de David realizará esta obra en alianza con su pueblo. El pueblo de Dios se enlistará voluntariamente al servicio de este rey (Salmo 110:2-3a). Pero estos reclutas no estarán vestidos para la batalla como guerreros, sino vestidos para difundir la paz como sacerdotes santos (Salmo 110:3b). Dios prometió que su pueblo sería una nación de reyes sacerdotales, y el Señor de David obraría por medio de ellos para lograrlo. 

Para mostrar cómo será este Señor, sacerdote Rey, David menciona a una figura singular llamada Melquisedec (Salmo 110:4). Melquisedec era a la vez rey de un reino llamado «paz» y sacerdote de Dios (Génesis 14:18). De manera singular, Melquisedec celebra la victoria en la batalla como sacerdote de paz, no como guerrero de guerra. Él sigue el patrón de cómo debería ser un rey sacerdote. En el principio, Dios les dio a Adán y Eva la tarea de gobernar el mundo como reyes y de extender su territorio como sacerdotes. Y en Melquisedec vemos estos dos oficios en una sola persona. Este es el tipo de Señor que David espera: un sacerdote Rey que gobierna e intercede para siempre. 

Cuando este sacerdote Rey gobierne a la derecha de Dios, derrotará a todo enemigo en el Cielo y en la Tierra, estableciendo su reino de paz en toda la creación (Salmo 110:5-6). Cuando su obra esté terminada, como un rey antiguo que bebe el agua refrescante de la victoria después de una batalla, el Señor de David levantará la cabeza del río y contemplará un mundo refrescado con paz (Salmo 110:7). 

¿Dónde está el evangelio? 

David sabía que uno de sus descendientes sería el Señor que Dios había prometido. Sin embargo, poco después de su reinado, los reyes y los sacerdotes de Israel dejaron de colaborar con Dios para traer bendiciones y, en cambio, trajeron maldiciones al mundo. 

No obstante, la promesa de Dios a David y su propósito para el mundo seguían en pie. Pues el descendiente al que David llamó Señor vino a su pueblo en Jesús. Así como enemigos dentro y fuera de Israel amenazaban al rey David en esta trilogía de Salmos, enemigos terrenales y espirituales rodearon al Rey Jesús. Los sacerdotes y líderes de Israel, así como los reyes de las naciones, conspiraron todos para convertirse en enemigos de Dios cuando arrestaron, acusaron y asesinaron a Jesús (Hechos 2:22-24). El rey que debía gobernar para siempre fue derrotado por sus enemigos, y el sacerdote que debía vivir para siempre murió. 

Pero en un solo acto, Dios gobernaría sobre estos enemigos y colaboraría con la humanidad para traer su reino de paz al mundo. Cuando Dios levantó a Jesús de entre los muertos, lo levantó por encima de todo poder y autoridad que creía poder derrotar al sacerdote Rey escogido de Dios (Hebreos 8:1-2). Como Melquisedec, Jesús reclamó la victoria en la batalla como sacerdote de paz, no como guerrero de guerra. Venció a sus enemigos como rey al ser exaltado por encima de ellos en su resurrección y ascensión. Según el patrón de Melquisedec, Jesús se sentó a la derecha de Dios como el Rey final y eterno del mundo y Sacerdote de Dios para siempre (Hebreos 7:17-21). 

Ahora, nosotros podemos enlistarnos voluntariamente al servicio de nuestro sumo sacerdote y rey eterno. Jesús nos envía, no como guerreros de guerra, sino como sacerdotes de paz. Con su poder real, hacemos retroceder el mal de nuestro mundo y lo llenamos de paz (Apocalipsis 1:5-6). Y cuando Jesús regrese, gobernará sobre todo enemigo y colaborará con nosotros, su reino de sacerdotes, para cubrir finalmente el mundo con su vida. Entonces todos beberemos de las aguas de vida eterna y levantaremos la cabeza para ver a Jesús para siempre (Apocalipsis 22:1). 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que gobierna el mundo por medio de un sacerdote Rey. Y que veas a Jesús como el sacerdote Rey como Melquisedec, quien venció el mal y está trayendo paz. 

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