¿Qué está pasando?
David era el rey ungido de Israel, pero en el Salmo 142 lo persiguen como a un forajido. Su perseguidor no es otro que Saúl, el rey de Israel en ese momento. Saúl ha condenado a David a muerte, y sus hombres lo han obligado a esconderse en lo profundo de una cueva, donde está desesperado y solo (1 Samuel 22:1-2). Sin embargo, desde ese calabozo oscuro, David hace una oración digna de un rey. Mientras Saúl, movido por los celos y el miedo, persigue a David para conservar su propio reinado, David ora de una manera que confirma su reinado. Como Rey verdadero de Israel, confía en que Dios lo librará aun cuando su vida parece perdida, y espera que Dios escuche sus oraciones y lo levante hasta su trono.
Perseguido como un criminal y atrapado en una cueva que parece una prisión, David clama a Dios pidiendo que lo rescate. Sin guardarse nada, derrama todos sus temores y oraciones ante el Dios que conoce su angustia (Salmo 142:1-2). Le cuenta a Dios de las trampas que sus enemigos le han puesto, de cómo casi ha perdido toda esperanza, y de cómo no hay nadie a su lado que lo proteja o se preocupe por él (Salmo 142:3-4). Si Dios no lo rescata de Saúl a tiempo, la cueva en la que se esconde podría convertirse fácilmente en su sepulcro.
David recuerda que, aunque su vida no se parece en nada al reinado que Dios le prometió, todavía tiene a Dios de su lado. Aun si toda esperanza y todos sus aliados parecen haberse desvanecido, Dios lo escucha y es su mayor defensor. Así que David encomienda su vida amenazada al Dios que prometió hacerlo rey (Salmo 142:5). Le pide a Dios que lo rescate pronto de los enemigos que lo superan en número, y que lo libere de la prisión de la cueva (Salmo 142:6-7). Como Dios prometió hacerlo rey, la bondad de Dios hacia David demostrará su bondad hacia su pueblo. Cuando Dios rescate a David de sus enemigos y de la muerte, David y su pueblo alabarán a Dios por su gran liberación y por haber sido bueno con ellos (Salmo 142:7).
¿Dónde está el evangelio?
Dios fue fiel a su promesa a David. No solo lo sacó de su cueva, sino que también lo hizo rey de Israel y lo rodeó de personas que alababan a Dios y celebraban su bondad hacia él. Dios le prometió a David un reinado eterno: que uno de sus hijos se sentaría en un trono para siempre (2 Samuel 7:12-13, 29). Este Hijo sería el medio por el cual Dios finalmente rescataría a David de todos sus enemigos y aseguraría su reinado para siempre. David alabó a Dios porque este Hijo sería el rescate definitivo de la prisión más profunda y de la cueva más oscura: la muerte misma (Salmo 16:10). Este Hijo y Rey prometido a David es Jesús.
Jesús es el Rey verdadero que confió en que Dios lo rescataría, aunque su vida estuvo llena de enemigos que lo perseguían. La noche antes de su muerte, sus enemigos le pusieron una trampa y venían a capturarlo (Juan 18:2-3). Jesús derramó su corazón ante Dios, pidiéndole que lo rescatara (Mateo 26:39-42). Pero aun cuando toda esperanza de escape parecía perdida y su vida parecía perdida también, Jesús se encomendó a Dios. Sus perseguidores lo capturaron como a un criminal y lo llevaron ante los que querían su muerte. Pilato y los líderes judíos de Israel, que querían conservar su autoridad, condenaron a Jesús a muerte (Mateo 27:18, 24). Sus hombres arrastraron a Jesús fuera de la ciudad y lo crucificaron. Aunque Jesús era el Rey verdadero de su pueblo, colgó de una cruz, desesperado y sin ningún aliado que lo protegiera. Pero incluso en la cruz, Jesús oró como un Rey verdadero, encomendando su vida al Dios que le había prometido el trono de David (Lucas 23:46). Y Jesús sabía que, como a David, Dios lo rescataría de una cueva. Así que, confiando en Dios, Jesús inclinó la cabeza, puso su vida en las manos de Dios, y su cuerpo sin vida fue bajado de la cruz y colocado en una cueva (Lucas 23:53). Y conforme a la oración de Jesús como rey, Dios lo rescató de sus enemigos y aun de la muerte misma. Jesús resucitó de su sepulcro como el Rey eterno, no solo de Israel, sino del mundo (Hechos 2:24-36). La bondad de Dios hacia el Rey Jesús es prueba de su bondad hacia nosotros. Puesto que Jesús fue resucitado de su tumba, podemos saber que un día nosotros seremos resucitados de las nuestras (1 Corintios 15:20-24).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que rescata a su rey y lo lleva al trono prometido. Y que veas a Jesús como aquel que resucitó de la cueva del sepulcro para que pudiéramos ser salvados de los enemigos que ponen en peligro nuestra vida, incluso de la muerte misma.

