¿Qué está pasando?
El templo en la montaña de Israel era como un nuevo jardín del Edén, donde la presencia de Dios, que da vida, se encontraba con la humanidad. Como pueblo de Dios, Israel anhela que Dios los haga aptos para habitar en su presencia y recibir su vida. Por eso oran con fervor para ser guardados de toda impiedad que los arrojaría fuera de su montaña, lejos de la vida y hacia la muerte.
Mientras el pueblo de Dios regresa del exilio, lejos de la montaña de Dios, le piden que haga de sus vidas ofrendas aceptables. A pesar de las innumerables advertencias de los profetas, la impiedad de Israel una vez los había arrojado fuera de la montaña, al exilio en tierras de muerte. Ahora saben que la ofrenda más importante es una vida justa (1 Samuel 15:22; Isaías 1:11-17).
El pueblo de Dios quiere que sus vidas encarnen la adoración del templo de Jerusalén. Como sacerdotes, le piden a Dios que reciba sus palabras y sus acciones como el incienso y las ofrendas quemadas que suben ante él cada mañana y cada tarde (Salmo 141:2; Números 28:3-8). Cuando eran presentados por sacerdotes justos, estos dones agradaban a Dios. Pero cuando sacerdotes impíos ofrecían sacrificios, Dios los rechazaba (1 Samuel 2:12-17; Malaquías 2:1-9). Por eso Israel quiere que sus vidas —lo que dicen con su boca y hacen con sus manos— los conduzcan a la vida con Dios en la montaña.
Con ese fin, Israel le pide a Dios que guarde su boca y su corazón (Salmo 141:3). En el templo de Dios, los sacerdotes vigilaban las puertas para evitar que el templo se contaminara (Números 18:3-4; 1 Crónicas 9:17-27). De la misma manera, Israel quiere que Dios impida que la impiedad entre en sus vidas. A diferencia de sus antepasados, que rechazaron las advertencias de los profetas, ahora Israel ruega por corrección y disciplina justas (Salmo 141:5). Israel preferiría recibir golpes de sus hermanos justos antes que comer un banquete lujoso con naciones impías en el exilio (Salmo 141:4). Reciben la corrección con gusto, como el aceite de la unción que consagra a los sacerdotes justos y los aparta para el servicio en el templo de Dios. La rectitud exige disciplina, pero conduce a la vida en la presencia de Dios. Así que Israel ora para que la impiedad sea expulsada de ellos, y así nunca más sean expulsados de la montaña de Dios.
Al final, Israel sabe que su búsqueda de la rectitud valdrá la pena. Mientras ellos permanezcan vivos en el templo-montaña de Dios, los impíos tropezarán y caerán por el borde del precipicio (Salmo 141:6). Al pie de la montaña, lejos de la presencia de Dios, la tierra misma los tragará como una tumba (Salmo 141:7). Las trampas que tienden a otros atraparán, más bien, sus propios pies (Salmo 141:9-10). Pero el pueblo de Israel levanta sus ojos a Dios, suplicando no ser abandonado a la muerte, no quedar como una vasija vacía, sin su presencia (Salmo 141:8). Al contrario, anhelan ser llenados como Dios llenó una vez el templo (Éxodo 40:34-35; 1 Reyes 8:10-11). Cuando Dios haga justo a su pueblo, escaparán de la muerte de los impíos y entrarán para siempre en la vida de Dios en la montaña (Salmo 141:10).
¿Dónde está el evangelio?
El templo era una imagen del jardín del Edén, el lugar donde Dios dio vida a su pueblo, donde vivían libres de impiedad y de muerte. Pero Adán y Eva no cuidaron el jardín-templo y fueron desterrados del jardín. Buscando permanecer cerca de la presencia de Dios, que da vida, sus hijos, Caín y Abel, ofrecieron sacrificios. La ofrenda de Abel fue aceptada por causa de su vida justa, pero la de Caín fue rechazada por causa de su impiedad (Génesis 4:7; 1 Juan 3:12). En lugar de recibir la corrección de Dios, que da vida, Caín asesinó a su hermano y fue desterrado lejos del Edén (Génesis 4:1-16). Esta es la historia que, en este salmo, Israel ora por no repetir. Y esta es la historia que Jesús vino a enderezar, para que la humanidad pueda compartir la vida con Dios una vez más.
Jesús vino como el profeta justo y como la presencia misma de Dios por la que Israel oraba. Vino a expulsar su impiedad y a consagrarlos como un sacerdocio justo cuyas vidas llegarían a ser ofrendas aceptables. Trajo corrección al templo, un lugar destinado a dar vida, pero ahora contaminado por la impiedad (Lucas 19:45-48; 20:45-21:6). Pero los guardianes del templo-montaña rechazaron su corrección y conspiraron para asesinarlo, como Caín asesinó a Abel (Lucas 20:9-19).
Jesús cumplió la historia de Abel: Abel ofreció un sacrificio aceptable acompañado de una vida justa, pero Jesús ofreció un sacrificio perfectamente aceptable acompañado de una vida perfectamente justa. Aun mientras sufría en manos de sus asesinos, Jesús oró para no ser abandonado a la muerte. Y Dios escuchó su oración. Jesús resucitó de la tumba, venciendo toda impiedad, restaurando la presencia de Dios con su pueblo y ascendiendo al templo celestial (Efesios 1:19-20; Hebreos 4:14). Desde allí, Dios derrama su Espíritu, llenando a su pueblo como una vez llenó el templo. El Espíritu Santo nos corrige, capacitándonos para vivir vidas justas y haciéndonos ofrendas aceptables (Romanos 12:1-2). No tenemos por qué temer su corrección; podemos recibirla como el aceite de la unción que nos aparta para la vida con Dios (Hebreos 12:5-7).
Al final, Jesús destruirá toda impiedad y toda muerte (Apocalipsis 21:4-5). Entonces levantará a su pueblo y nos llevará a una nueva Montaña, un nuevo jardín del Edén, donde viviremos con él en rectitud para siempre.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que nos guarda de la impiedad. Y que puedas ver a Jesús como aquel que ha hecho la ofrenda aceptable de su vida para que podamos unirnos a él en su rectitud y vivir con él para siempre.

