¿Qué está pasando?
El Salmo 66 invita al mundo entero a alabar a Dios porque él es quien destruye a nuestros enemigos (Salmo 66:1-4). El salmista invita a las naciones a «venir y ver» lo que Dios ha hecho a favor de Israel (Salmo 66:5). Dios derrotó a los amos de esclavos egipcios (Éxodo 6:1). Partió el mar y llevó a su pueblo al otro lado en seco (Salmo 66:6). Peleó por ellos a través del fuego y del agua, y los llevó a su propia tierra (Éxodo 14:24-27; Josué 21:43). La libertad de Israel es una advertencia para las naciones que observan. Las anima a unirse al Reino de Dios en lugar de rebelarse contra él (Salmo 66:7).
Pero Dios no solo los rescató de la esclavitud, también quiso liberar a Israel del pecado: el amo de esclavos que habitaba en su corazón. El pecado los ataba, impidiéndoles ser verdaderamente libres para amar a Dios y amarse unos a otros. Dios los disciplinó con fuego y agua para romper su servidumbre a cualquier poder menor que él mismo (Salmo 66:9, 11-12). Refinó sus corazones como se refina la plata en el crisol (Salmo 66:10). Ahora el pueblo de Dios lo alaba con ofrendas de gratitud (Salmo 66:13-15). La salvación de Dios no es solo global y nacional, también es personal (Salmo 66:16-17).
El salmista clama a Dios en oración, sabiendo que, si Dios detectara en su corazón una rebeldía como la de Egipto, su oración sería rechazada (Salmo 66:18). Pero Dios ha hallado su corazón libre de pecado, así que el salmista estalla en alabanza (Salmo 66:19-20). Dios jamás dejará de responder sus oraciones. El Dios poderoso que libera al mundo de sus enemigos y salva a una nación de la esclavitud ha llegado a su corazón con amor, lo ha librado del pecado y lo escucha cuando ora.
¿Dónde está el evangelio?
Nuestro mundo sigue asolado por enemigos. Las guerras, las hambrunas y las enfermedades devastan tierras y naciones. El Apóstol Pablo dice que toda la creación gime en esclavitud, esperando ser liberada (Romanos 8:20-22). Y ese libertador es Jesús.
Una vez, al comienzo de su ministerio, los discípulos de Jesús le preguntaron a dónde iba. Él les dijo: «Vengan y vean», tal como lo hizo nuestro salmista, porque iba a lograr una salvación aún mayor que la liberación de Egipto. Jesús salió a pelear contra los mayores enemigos de su pueblo: la muerte y el pecado. Luchó a favor de su pueblo esclavizado, liberándolo de opresores físicos como la enfermedad y del pecado —ese Egipto— que había en sus corazones (Mateo 4:23; Marcos 5:12-15). Su muerte en la cruz aplastó el poder del pecado, y su resurrección demostró que la muerte por fin había encontrado quien la venciera (Hechos 2:24; 2 Timoteo 1:10). Así como las aguas se tragaron a Egipto, Jesús se tragará la muerte para siempre (1 Corintios 15:54). Salió caminando de la tumba para guiar a una nación nueva a una tierra donde ningún poder de tinieblas volverá a gobernar jamás sobre su pueblo (Apocalipsis 22:3).
El poder de Jesús es tanto nacional como personal. En la cruz de Jesús, el Reino de la Muerte y el Imperio del Pecado fueron derribados, y el Egipto que hay en nosotros ha sido destruido. Ahora estamos libres de pecado en él (Romanos 5:8). Lo cual significa que Dios jamás dejará de responder nuestras oraciones (Romanos 5:8; 8:32). Siempre tenemos el oído del Dios que destruye a nuestros enemigos, y él está de nuestro lado.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que ha vencido a todos los amos de esclavos, incluido el pecado. Y que veas a Jesús como aquel que, en su amor, salva al mundo, a las naciones y a cada persona.

