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devocional

Salmo 70-71

Tú has sido mi refugio

En los Salmos 70 y 71 vemos que Jesús asumió la debilidad humana: la tristeza, la derrota y la muerte. Pero su resurrección demuestra que las conspiraciones de los enemigos y la vejez no son el final.

¿Qué está pasando?

Juntos, los salmos 70 y 71 son las oraciones de un rey David ya anciano que necesita con urgencia que Dios lo rescate (Salmo 70:1). Cuatro veces en cinco versículos David le pide a Dios que venga pronto, que se apresure y que no se tarde (Salmo 70:1, 5). Los enemigos de David quieren arruinarlo (Salmo 70:2, 71:10). Pero las canas de David y su cuerpo cada vez más débil no aguantan mucho más (Salmo 71:9, 18). Él es pobre y necesitado frente a la juventud y la fuerza de ellos (Salmo 70:5a). Estos advenedizos se alegran de la condición debilitada de David y conspiran para derrocarlo (Salmo 70:3). Por eso David le pide a Dios que avergüence y confunda a sus agresores (Salmo 70:2). 

Los adversarios de David interpretan su vejez y su sufrimiento como señales del juicio de Dios (Salmo 71:7a, 11). Pero David sabe que no es así. Apela a la justicia de Dios y le pide que lo rescate, lo libre y lo salve (Salmo 71:2). Sabe que Dios lo salvará porque ya lo ha hecho antes (Salmo 71:5). Como una partera, Dios estuvo presente en los primeros momentos de su vida y le dio la bienvenida al mundo (Salmo 71:6). Desde su primer aliento, Dios ha sido su refugio (Salmo 71:7b-8). Y antes de dar su último suspiro, sabe que Dios vendrá pronto y dejará al descubierto a sus enemigos como los oportunistas que son (Salmo 71:12-13).

Por su parte, David promete dedicar sus últimos años a alabar al Dios que nunca ha dejado de salvarlo (Salmo 71:14-16). Su voz envejecida se compromete a proclamar a la siguiente generación el poder de Dios para rescatar, librar y salvar (Salmo 71:18). 

Luego David habla a la siguiente generación. Aunque Dios haga que Israel vea los problemas y las calamidades que él ha visto, Dios levantará a Israel desde las profundidades de la tierra (Salmo 71:20-21). David termina estos salmos con una última promesa de adoración al Dios de Israel (Salmo 71:22). Hace una declaración final: los enemigos que lo quieren muerto quedarán al descubierto y confundidos (Salmo 71:24).

¿Dónde está el evangelio?

Como los adversarios de David, algunos podrían interpretar la vejez como una señal del juicio de Dios. Y, en cierto sentido, tienen razón. El lento deterioro de nuestros cuerpos y el lento deterioro de la tierra son ambos la maldición de Dios (Génesis 3:17-19). Todos los días de la humanidad están marcados por problemas, calamidades y desastres naturales. Y cuanto más vivimos, más se encorva nuestra espalda bajo el peso de la justicia de Dios, hasta que somos sepultados en la tierra y los jóvenes toman nuestro lugar. A pesar de esto, David oró para que el poder de Dios lo levantara a él y al pueblo de Dios desde las profundidades de la tierra (Salmo 71:20). David ora para que la maldición termine, y en Jesús ya ha terminado. 

Como todos los demás seres humanos, Jesús vivió una vida de tristeza, calamidad y dolor (Isaías 53:3). Asumió el juicio de Dios y la maldición de la existencia humana, no simplemente porque era humano, sino porque se dejó maldecir y juzgar en favor de los seres humanos (Isaías 53:4-5). Pero cuando su cuerpo fue sepultado en la tierra, el poder de Dios lo levantó de ella, para nunca más ser sepultado (Romanos 6:9). La maldición ahora está rota para todo el que se une a Jesús en su muerte (Romanos 6:8, 10). 

Eso significa que las canas ya no son prueba de que Dios te ha olvidado. La pérdida de fuerzas en la vejez no determina el poder de Dios para actuar a tu favor. Depender del cuidado de otros no es una debilidad a la espera de que alguien se aproveche de ella. Al contrario, la vejez nos recuerda el poder de Dios. Jesús levanta a los que están muriendo. Su poder te trajo a este mundo, y a medida que envejeces te acercas más al poder que será tu partera hacia una nueva vida eterna. Así que confía en Jesús, que murió por tu maldición, y confía en el poder de Dios que levanta a todos de entre los muertos.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es poderoso. Y que veas a Jesús como aquel que rompe la maldición y nos levanta de entre los muertos. 

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