¿Qué está pasando?
Mientras el templo de Israel seguía en pie en Jerusalén, era la prueba de que Dios estaba presente con su pueblo y se comunicaba con él. Pero Israel descuidó su templo. Así que Dios envió a los babilonios para derribar las murallas de Jerusalén y destruir el templo que ellos habían desechado (2 Reyes 25:8–17). El salmista Asaf recuerda a los soldados destrozando a hachazos los adornos tallados de madera del templo (Salmo 74:6), y cómo los profetas, que tenían la responsabilidad de comunicar el mensaje de parte de Dios, habían huido o habían sido asesinados (Salmo 74:9). Todo medio de comunicación con Dios quedó cortado por causa de los fracasos de Israel (Salmo 74:1). Sin embargo, Asaf le ruega a Dios que responda al ataque de Babilonia y que se acuerde de su pueblo (Salmo 74:1, 10–11).
Mientras Asaf espera la respuesta de Dios, recuerda las maneras en que Dios ha usado su poder para salvar a su pueblo (Salmo 74:12). Cuando el pueblo de Dios estaba acorralado por los egipcios, Dios partió el mar, rescató a su pueblo y ahogó a todo un ejército (Salmo 74:13; Éxodo 14:26–30). Cuando su pueblo tuvo sed, Dios hizo brotar un manantial de la roca (Salmo 74:15a). Y cuando el pueblo de Dios necesitó pasar a salvo, él convirtió el río Jordán en un camino (Salmo 74:15b). Asaf sabe que Dios es lo bastante poderoso para salvar otra vez a su pueblo.
Además, incluso cuando el descuido del mundo hacia Dios provocó un diluvio, Dios no rechazó a su pueblo. Dios se acordó de Noé y lo rescató. Después del diluvio, Dios también le aseguró que, mientras la Tierra existiera, el verano y el invierno nunca terminarían (Génesis 8:22). Por eso Asaf recibe como buena noticia que el día y la noche, la oscuridad y la luz, el verano y el invierno todavía perduren (Salmo 74:16-17). Dios no ha desechado sus promesas más antiguas. En el pasado Dios ha estado deseoso de usar su poder que parte el mar, que abre ríos y que trae el día, lo cual significa que ahora no abandonará a su pueblo en manos de Babilonia (Salmo 74:19-20).
Por último, Asaf le pide a Dios que recuerde que el ataque de Babilonia contra el templo es también un ataque contra Dios y contra su reputación (Salmo 74:18, 22). Mientras Babilonia gobierne, parecerá que sus ejércitos, sus promesas y sus palabras son más poderosos que Dios (Salmo 74:23). Por causa tanto de las promesas de Dios como de la reputación de Dios, Asaf le pide a Dios que ponga fin al reinado de Babilonia y que reconstruya pronto su templo.
¿Dónde está el evangelio?
Para los días de Jesús, el templo que Babilonia había destruido ya estaba reconstruido. Pero cuando los discípulos de Jesús admiran las enormes piedras del templo reconstruido, Jesús advierte que el templo de su época también será destruido pronto (Mateo 24:2–4). Los discípulos quedan confundidos. Las oraciones de Asaf han sido respondidas. Babilonia ha sido destruida. Dios ha reconstruido su templo. Si el templo de Dios es destruido otra vez, eso significa que la presencia de Dios y su comunicación con su pueblo también terminarán otra vez. Pero entonces Jesús dice que él es el verdadero templo de Dios (Juan 2:20–22). Jesús es el modo en que Dios estará presente con su pueblo y se comunicará con él.
Pero Jesús también dice que él, como el nuevo templo de Dios hecho cuerpo, será destruido. En su propio cuerpo repetirá la destrucción del templo por parte de Babilonia. El primer templo fue destruido por causa del fracaso de Israel. De igual manera, el cuerpo de Jesús sería destruido por causa de los pecados de su pueblo. En la cruz Jesús experimentaría el silencio divino y el rechazo de Dios (Mateo 27:46). Y por un tiempo los enemigos de Dios parecieron más poderosos que las promesas de Dios. Pero Jesús resucitó de entre los muertos. A diferencia del templo, él nunca volvería a ser destruido. La reputación de Dios está segura; él es más poderoso tanto que el peso de los pecados de Israel como que la muerte misma. Y como Jesús nunca volverá a morir, la presencia de Dios y nuestra comunicación con Dios tampoco pueden morir jamás. En Jesús, el poder de Dios que parte el mar, que abre ríos y que trae el día está siempre disponible para salvar a su pueblo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que se acuerda de su pueblo y lo rescata. Y que puedas ver a Jesús como el templo resucitado que asegura la presencia de Dios y nuestra comunicación con él.

