¿Qué está pasando?
El libro de Hechos es la continuación de El Evangelio de Lucas, escrito por el mismo autor. Lucas retoma el relato donde lo había dejado y describe cómo Jesús pasa 40 días con sus discípulos hablándoles del Reino de Dios (Hechos 1:3).
Recuerda que Israel había sido un reino dividido durante siglos. Todavía esperaban que Dios cumpliera las promesas que había hecho acerca de su reino.
Todo este tema del Reino lleva a los discípulos a preguntar si Israel está a punto de ser restaurado como un reino terrenal (Hechos 1:6). Pero Jesús responde que no les corresponde a ellos saber cuándo será restaurado el Reino (Hechos 1:7). Los discípulos tendrían que esperar en Jerusalén esa restauración.
La venida del Espíritu Santo será ese momento. Entonces los discípulos serán transformados en testigos de Jesús y de este nuevo Reino en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8).
Este versículo forma un índice de todo el libro, pues traza la expansión del Evangelio. También promete que Jesús enviará al Espíritu Santo para cumplir las promesas de Dios de restaurar su Reino y salvar a su pueblo.
Eso es exactamente lo que sucede en Hechos capítulo 2, el día de Pentecostés. En Jerusalén hay judíos y conversos al judaísmo procedentes de todas las naciones bajo el cielo, y todos hablan idiomas distintos (Hechos 2:5). Esto nos recuerda a la Torre de Babel en Génesis (Génesis 11:1). Allí todas las naciones se unieron para intentar construir su propio reino, pero fueron dispersadas por toda la tierra con idiomas diferentes (Génesis 11:9).
De repente, el Espíritu Santo viene sobre los apóstoles y les da poder para declarar milagrosamente las maravillas de Dios en varios idiomas a la vez (Hechos 2:11). Pedro predica acerca de Jesús como el Rey verdadero de Israel (Hechos 2:30). Jesús no se sienta en un trono terrenal sobre un reino terrenal, sino que está cumpliendo todas las promesas del Antiguo Testamento al traer un nuevo Reino que él gobierna desde su trono celestial (Hechos 2:33).
Cuando las multitudes escuchan la buena noticia acerca de Jesús, quien murió en una cruz y ha resucitado de entre los muertos, saben que él es el descendiente prometido del rey David que inaugurará el Reino de Dios restaurado (Hechos 2:36). Y ahora, con la venida del Espíritu Santo en poder, nadie puede negar que estos son los últimos días de los que habían hablado todos los profetas (Hechos 2:17).
Ante esta noticia, miles de judíos se arrepienten, son bautizados en el nombre de Jesús y también reciben el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38).
¿Dónde está el Evangelio?
La muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús encendieron una revolución que está conquistando todas las naciones, todos los gobiernos y cualquier otra forma de poder (Hechos 2:34).
Esto es una buena noticia porque, como Israel, nosotros vivimos en un reino dividido. El reino de nuestro mundo se ha levantado como enemigo del Reino de Dios. Pero si renunciamos a nuestra lealtad al reino de la tierra y juramos lealtad al Rey Jesús, nos uniremos al Reino de Dios (Hechos 2:21).
Dos cosas suceden cuando nos unimos al Reino de Dios: nuestros pecados son perdonados y recibimos el Espíritu Santo (Hechos 2:38). Nos convertimos en puestos de avanzada del Reino de Dios.
Babel trajo reinos y tronos de separación y confusión. El trono celestial del Reino de Dios trae unión y paz.
Nuestras nuevas posiciones en el Reino de Dios ahora nos impulsan a ir al mundo entero y llevar unidad donde había división. El Reino de Dios está tomando lo que estaba fragmentado y lo está haciendo uno.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es fiel a cada promesa que hace. Y que puedas ver a Jesús como el Rey definitivo prometido, quien invita a todas las naciones a entrar en su Reino.

