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devocional

Hechos 27-28

Pablo navega hacia Roma

En Hechos 27-28 vemos que Jesús y su evangelio avanzan hacia todas las naciones, así como Pablo avanzó hacia Roma.

¿Qué está pasando? 

El libro de Hechos llega a su fin a medida que Pablo se acerca a Roma. Hechos comenzó en el centro de la vida judía, en Jerusalén durante Pentecostés. Ahora termina en el centro de la vida gentil, en la ciudad capital de Roma. Las palabras de Jesús se han cumplido por completo: el evangelio ha sido predicado en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y ahora ha llegado hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). Y mientras Pablo se adentra en el centro del poder gentil, el relato insiste aún más en el corazón de Dios por salvar a las naciones. 

Bajo custodia romana, Pablo se embarca para ser juzgado ante el César en Roma (Hechos 27:1). La travesía es difícil y tumultuosa. Una tormenta amenaza a los 276 pasajeros, pero Pablo recibe un mensaje de Dios: deben permanecer en la nave. La tripulación decide confiar en Pablo, y encallan en la isla de Malta (Hechos 27:20-44).

Al llegar, una serpiente venenosa ataca a Pablo, pero él no muere. La gente cree que es un dios. Tratan bien a Pablo y a sus compañeros, y los proveen de una nave que los lleva a Roma (Hechos 28:10). 

Ya en Roma, Pablo muestra a un gran grupo de judíos cómo Jesús cumple el Antiguo Testamento por medio de su muerte y resurrección. Pero muchos de ellos se niegan a creer (Hechos 28:17, 23-24). 

Esto lleva a Pablo a citar al profeta Isaías, diciendo que oirán pero nunca entenderán, porque han cerrado sus oídos y sus ojos a Dios (Hechos 28:26-27). En lugar de seguir rogando a los judíos, Pablo vuelve otra vez su ministerio hacia los gentiles que sí escucharán (Hechos 28:28). 

Así termina Hechos: con Pablo predicando el evangelio de Jesús a los gentiles en Roma, con toda valentía y sin impedimento alguno (Hechos 28:31). 

¿Dónde está el evangelio? 

Así como los gentiles que iban a bordo de la nave con Pablo simplemente confían en la palabra de Dios, buscan refugio en la nave y son salvados, así también los gentiles de todo el mundo pueden confiar en Jesús, buscar refugio en él y ser salvados (Hechos 27:25). 

El Nuevo Testamento incluso compara a Jesús con una nave que nos mantiene a salvo de la tormenta. Cuando ponemos nuestra fe en Jesús, quedamos protegidos de las tormentas de nuestra culpa y condenación (1 Pedro 3:21). Nos escondemos en Cristo como Noé se escondió en el arca y como Pablo y sus compañeros se escondieron en su nave. 

La milagrosa supervivencia de Pablo tras la mordedura de la serpiente abre una oportunidad para compartir el evangelio con las tribus de Malta. Dios muestra su autoridad por encima de toda otra deidad (Colosenses 2:15). 

Como Pablo, Jesús fue mordido por la serpiente más venenosa de todas. La boca abierta de la tumba llenó sus venas con el veneno de la muerte (Hebreos 2:9). Como los isleños, muchos pensaron que esto significaba que Jesús, su ministerio y sus afirmaciones quedaban desacreditados (Lucas 24:20-21). Pero aunque la muerte le hirió el talón a Jesús, él aplastó su cabeza de serpiente (Génesis 3:15).

Como Pablo, Jesús salió de la tumba sin sufrir daño alguno (Lucas 24:6). Los habitantes de Malta pensaron que Pablo era un dios por haber burlado la muerte, pero Jesús demostró que él es Dios sobre todos los dioses al vencer la muerte para siempre por medio de su resurrección (Hechos 17:31). 

Esta es la buena noticia de Hechos. A pesar de la persecución, el Reino de Dios avanza hacia todas las naciones y todos los pueblos. Aun cuando las oportunidades morían entre los judíos, una nueva vida llega a los gentiles. 

Y esta obra continúa hoy. Tú y yo podemos ser incluidos en el Reino de Dios, no importa dónde estemos, porque Jesús está enviando su buena noticia a todas las naciones. Y también podemos continuar esta buena obra llevando el mensaje de Jesús por toda la tierra con toda valentía (Mateo 28:19). 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que está llevando la luz de su Reino a cada nación de la tierra. Y que veas a Jesús como aquel cuya muerte y resurrección les ganan a todos los que confían en él la entrada a ese Reino. 

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