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devocional

Hechos 24-26

Los juicios de Pablo

En Hechos 24-26 vemos que Jesús es el mejor juez, quien traerá justicia perfecta al mundo, al mismo tiempo que da a quienes creen en él una libertad que no merecen.

¿Qué está pasando?

Después de motines, golpizas y complots para asesinarlo, la vida de Pablo parece calmarse bajo un arresto domiciliario relativamente cómodo en la residencia del gobernador (Hechos 23:35). 

Lucas describe cómo más de dos años de procesos judiciales y maniobras políticas deciden el destino de Pablo. Después de que los líderes judíos lo acusan de ser cabecilla de una secta religiosa que profana el templo y quebranta la ley del Antiguo Testamento, Pablo presenta tres argumentos en su defensa (Hechos 24:5-6).

Primero, Pablo les recuerda a las autoridades que no pueden hallar ninguna evidencia que confirme las afirmaciones de su acusador de que él profanó el templo (Hechos 24:18). Lucas registra lo mismo antes en Hechos (Hechos 21:27). 

La segunda defensa de Pablo tiene que ver con su observancia de la ley. Lejos de ser culpable de quebrantar la ley, Pablo fue fariseo y guardaba la ley con gran vigor (Hechos 26:5). Al seguir ahora a Jesús, Pablo en realidad está guardando la ley, porque todo el Antiguo Testamento señala a Jesús como el Mesías prometido (Hechos 26:22-23). 

La tercera y última defensa de Pablo es más bien una concesión (Hechos 24:21). Dice que hay una sola cosa cierta que él afirmó y que molestó a los judíos: su creencia en la resurrección final de los muertos (Hechos 24:15). Ese será el día en que Dios resucite tanto a los buenos como a los malos, a los justos y a los injustos, para pronunciar sobre todos ellos su palabra final de bendición o de juicio. 

Aunque los judíos no logran presentar un caso creíble contra Pablo, las autoridades romanas locales demuestran ser jueces ineptos y egoístas. Nadie parece capaz de decidir qué hacer con Pablo ni con su mensaje acerca de Jesús. 

Finalmente, después de dos años de estar retenido como preso político, Pablo apela al César (Hechos 25:11). Como es ciudadano romano, las autoridades no tienen otra opción que enviarlo a Roma, el mismo lugar donde Dios le dijo a Pablo que debía proclamar el nombre de Jesús (Hechos 23:11). 

¿Dónde está el evangelio?

La apelación central de Pablo a la resurrección final tanto de los justos como de los injustos es clave para entender este pasaje y el evangelio que Pablo predica. 

Muchos judíos creían que en la resurrección final Dios juzgará a toda persona que haya vivido (Hechos 24:15a). El juicio de Dios debe verse en conflicto directo con las falsas acusaciones, el torpe sistema judicial y el interés político personal. 

Cuando Jesús vuelva, juzgará a todos perfectamente y con completa justicia (2 Timoteo 4:1). Ninguna corrupción burocrática, ninguna tergiversación calumniosa, ninguna torpeza judicial, ningún prejuicio ni interés propio comprometerá la exactitud del veredicto de Jesús sobre cada persona. 

La buena noticia es que se hará justicia. Lo malo será corregido. 

Pablo fue juzgado e interrogado aunque era inocente. Necesitaba que alguien viniera y lo declarara no culpable de los cargos presentados contra él. Lo mismo les sucede a los creyentes cada día. Nuestro enemigo quiere condenar a los que creemos en Jesús, aun cuando somos inocentes. Quiere que nos sintamos culpables aunque no lo somos (Romanos 8:1). 

Pero cuando nos aferramos a la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús, somos declarados inocentes, porque estamos llenos de la luz de Cristo (Hechos 26:23). Nuestra única esperanza es hacer lo que Pablo les ruega a los gobernantes en este pasaje: creer en Jesús (Hechos 26:27). Ante el tribunal de Cristo no habrá una corte de apelaciones superior (2 Corintios 5:10). Nuestra apelación estará en Cristo solamente. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que somete al mundo entero a su justicia perfecta. Y que veas a Jesús como aquel que nos libra de la justicia que merecemos para darnos la gracia que no merecemos. 

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